En la última década Turquía ha poblado los medios internacionales por una decreciente ola de popularidad: de la polémica porque un islamista gobernara un país tradicionalmente laico, a la oscura operación Ergenekon en la que se descabezó a la cúpula militar del país por un supuesto plan de golpe de Estado, pasando por el simbolismo de ser un país mediador entre occidente y oriente a la Alianza de Civilizaciones y su prosaica intención de entrar en la Unión Europea.

Hasta, claro, las enormes protestas populares de los últimos años contra el primer ministro Erdogan y su última (y holgada) victoria electoral.

Pero nada de eso ha hecho mella en uno de los proyectos del Ejecutivo, más propio de un megalómano que de un gestor de un país con unos años convulsos: Erdogan ya disfruta del Taj Mahal turco, un espectacular palacio de más de mil habitaciones que deja a la Casa Blanca en un pequeño edificio insignificante.

Ojo a la comparación vía satélite que hace The Washington Post entre ambos complejos

La inversión total asciende a 270 millones de euros en plena crisis, y en un país con un ingreso medio bastante lejano al de los países en crisis en Europa. Para rizar el rizo, se ha construido en un terreno donado al Estado hace casi un siglo, protegido desde hace dos décadas y, por tanto, muchos consideran ilegal la faraónica obra.

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