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La abdicación vista desde la otra orilla


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Rafael Larreina

Diputado de Amaiur. Impulsor de Eusko Alkartasuna desde su fundación, fue diputado vasco durante dos décadas representando a esa formación, en nombre de la cual fue uno de los firmantes del Pacto de Estella.


Escrito el 6 de junio de 2014 a las 10:52 | Clasificado en Amaiur

El déficit inicial de la Constitución hoy se ve agravado por la erosión, el deterioro, del reconocimiento de los derechos individuales a lo largo de estos años de reinado

Durante estos días estoy contemplando, con una cierta distancia y una mezcla de indiferencia e inquietud, todo el proceso de cambio en la jefactura del Estado que se ha puesto en marcha con la abdicación del rey Juan Carlos. Creo que tiene sus ventajas contemplar estos acontecimientos desde esta perspectiva que proporciona la distancia que da estar en la otra orilla: la orilla norte del Ebro que marca el comienzo de mi país, Euskal Herria, y la otra orilla, que marca el espacio republicano en el que, por ejemplo paterno y decisión propia, siempre me he situado.

El primer movimiento que he tenido ha sido el de la indiferencia ante un proceso que pienso no va a cambiar nada, tal como aseveran todas las declaraciones de los máximos representantes del Estado y de sus principales partidos, que estaban construidas alrededor del concepto estabilidad. Estabilidad preocupante cuando el proceso de transición inacabada desde la dictadura franquista -creo que es oportuno y necesario subrayar que era una dictadura- hacia la democracia, que encarna el actual monarca sigue empantanado cuando no en fase regresiva.

En un primer momento algunos subrayábamos que el texto constitucional era muy avanzado en el reconocimiento y defensa de los derechos individuales, mientras que su gran déficit estaba en el no reconocimiento de los derechos colectivos de las naciones históricas. En la actualidad, la negativa a una consulta democrática en Catalunya confirma la persistencia en el error de negar la realidad de estas naciones que quieren decidir su propio futuro.

Pero es que ese gran déficit inicial hoy se ve agravado por la erosión, el deterioro, del reconocimiento de los derechos individuales a lo largo de estos años de reinado: cierres de medios de comunicación en base a acusaciones que, después de más de una década, quedan en nada ante los tribunales; limitaciones al derecho de participación política con restricciones y obstáculos al derecho de manifestación; guerra sucia y terrorismo de Estado; condenas por torturas seguidas de indultos y promociones; torturas, malos tratos y excesos policiales denunciados por informes de organismos internacionales, como son el Relator de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el del Consejo de Europa, o Amnistía Internacional.

Si a esto unimos que, tal como señala el último informe del Consejo de Europa, la actual crisis económica y la corrupción, entre otros factores, están erosionando de forma importante los derechos humanos y el propio Estado de Derecho, poner como ‘leit motiv’ del cambio de jefe de Estado la estabilidad resulta desalentador y mueve a la inquietud.

Alguien podrá decir que el rey reina pero no gobierna, y que por tanto no son achacables a él la actual situación política y socio-económica. Si bien es cierta dicha afirmación, no es menos cierto que encarna esa estabilidad que propugnan los partidos del régimen que son los co-responsables del actual estado de cosas. Por eso tanto entusiasmo en que todo siga igual me genera inquietud y preocupación por una ciudadanía española que no se merece una clase dirigente que le promete que todo va a seguir igual, que es lo mismo que decir que va a empeorar, y que se ve adormecida por el espectáculo del papel ‘couché’ de una marca España que lo único que vende son triunfos deportivos promovidos y financiados en buena parte por las arcas públicas, mientras que son ocultadas las derrotas sociales de estar en los puestos de cabeza en el ránking europeo del desempleo, del paro juvenil, de la pobreza infantil, del fraude fiscal o de la corrupción, que parece ser no son responsabilidad de nadie.

Contemplar este panorama y ver que la prima por ganar el mundial que lucrarán los jugadores de la selección la han fijado en 720.000€ -más que duplicando los 300.000 de alemanes o franceses-, y prever que esos dirigentes de la estabilidad estarán sonrientes tanto en los actos de abdicación y coronación como en los palcos de ese otro espectáculo deportivo, ajenos a la dura realidad de un Estado que va camino de ser un estado fallido política, económica y socialmente, hace que cada vez vea mas lejana la orilla sur del río Ebro.

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