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Globalización, identidad nacional, contrato social


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Carles Campuzano

Nacido en Barcelona en 1964, licenciado en Derecho y diputado de CiU en el Congreso desde 1996. Miembro del consejo ejecutivo nacional de Convergència Democràtica de Catalunya.


Escrito el 19 de enero de 2015 a las 13:35 | Clasificado en CiU

Son exigencias de nuestro tiempo el ser capaces de reconceder identidades nacionales menos exigentes, con menores barreras de entrada, más abiertas a ser compartidas con otros sentimientos nacionales, y vínculos más allá las fronteras, al mismo tiempo que no fomentar las comunidades separadas y facilitemos el vivir juntos

Los macabros asesinatos acontecidos en París hace unos días reabren las discusiones sobre la capacidad de Francia, pero también de Europa en su conjunto, de asumir la creciente diversidad de sus sociedades, fruto de los flujos migratorios de las últimas décadas.

Ciertamente este planteamiento es confuso en la medida que podemos mezclar, de manera poca adecuada, cuestiones distintas, tales como la gestión de las migraciones y el reconocimiento de la diversidad con el terrorismo yihaidista, las crecientes desigualdades sociales o la incorporación del Islam en Europa. El riesgo es evidente, pero ciertamente las características personales de los asesinos y la ideología que sustenta sus actuaciones nos deben de hacer cuestionar algunos parámetros sobre nuestras políticas de reconocimiento de la diversidad y de gestión de los flujos migratorios al mismo tiempo que evitamos retrocesos en materia de libertades fundamentales.

De entrada y en primer lugar, es de nuevo necesario reivindicar el concepto de “glocal”, popularizado por el tristemente fallecido Ulrich Beck. “Fuera de nuestro país” o “dentro de nuestro país” se han convertido, fruto de la globalización económica e internet, en conceptos más difusos y las fronteras nacionales, en la práctica, en ideas inservibles e inútiles en la medida que no pueden ya impedir la circulación de ideas, personas, informaciones, valores… a no ser que sea a coste de mucho sufrimiento e injusticia.

Todo aquello que sucede en los países del sur forma parte ya de nuestra existencia. Las guerras y crisis de Siria, Irak, Afganistán, Libia o Malí son parte de la realidad de nuestras sociedades, más allá de los informativos televisivos o de las páginas de Internacional de la prensa escrita. Y lo son en forma de refugiados que rechazamos o acogemos (pocos), de conflictos y guerras que el terrorismo traslada a nuestras sociedades, de quimeras que atraen a jóvenes europeos. O, al mismo tiempo, el poder y el dinero del petróleo de Arabia Saudí y Qatar, nuestros aliados en el mundo árabe, alimentan el terrorismo y las concepciones del Islam retrógradas y reaccionarias, que pretendemos incompatibles con los valores de la Ilustración y la sociedad abierta.

Frente a esa realidad fluida y porosa, las políticas y las instituciones de los viejos Estados-Naciones insisten en respuestas rígidas y obsoletas, basadas en más controles fronterizos y policiales o en la nefasta de idea de retroceder en la libertad de libre circulación de las personas, que Schengen consagró y que conforma el corazón de los ideales europeístas.

Los derechos y las libertades se ponen en riesgo y la seguridad de los ciudadanos difícilmente se va a garantizar ¿Quiere eso decir que no hay que mejorar sustancialmente las políticas de seguridad frente al terrorismo? Seguro que sí, especialmente en el terreno de la cooperación internacional y en la mejora del funcionamiento de los servicios de Inteligencia. Pero un enfoque “securitario”, basado en pretender blindar las fronteras o cuestionar Schengen, poco va a resolver y mucho va a poner en riesgo.

En segundo lugar, la cuestión de las identidades, tal y como puso de manifiesto hace tiempo ya Manuel Castells, es fundamental en las sociedades de la globalización. La política continua siendo básicamente local y el espacio público donde se ejercen los derechos políticos y se reconocen derechos y asumen deberes, se prospera o se queda excluido, es en el ámbito nacional. Formar parte activa o no de la comunidad política donde se reside es el resultado exitoso de un proceso de integración social y económica de los descendientes de las migraciones vinculado también al sentimiento de pertinencia: la cuestión del sentirse parte de esa comunidad es imprescindible para una democracia fuerte y sólida. Si durante décadas los Estados-Nación han sido fabricas de ciudadanos, parece que hoy esa función esta en crisis.

Diría que esa crisis está muy relacionada en una concepción de la identidad nacional que rehuye la idea de que las naciones europeas son también naciones de inmigrantes, y que mantiene mitos de homogeneidad cultural que nunca han existido tal y como son imaginados. Al mismo tiempo, insistimos en discutir y hablar de migraciones, cuando nos referimos a personas nacidas en las sociedades europeas, hijas también de europeos. No son inmigrantes, sino jóvenes europeos aquellos que nos preocupan.

Ser capaces de reconceder identidades nacionales menos exigentes, con menores barreras de entrada, más abiertas a ser compartidas con otros sentimientos nacionales, y vínculos más allá las fronteras, al mismo tiempo que no fomentar las comunidades separadas y facilitemos el vivir juntos, me parecen exigencias de nuestro tiempo.

Y finalmente, pero no lo menos importante, la ruptura de la promesa del Estado del bienestar y la economía de mercado, en términos de justicia social, equidad y posibilidad de promoción social, es central en esta discusión.

El resentimiento y el odio que el desempleo promueve entre los jóvenes de los barrios populares de nuestras grandes ciudades es un caladero excelente para que los extremistas de cualquier pelaje encuentren allí a sus seguidores. La pobreza infantil, el fracaso escolar, el desempleo juvenil, la ruptura del contrato social que ofrecía reconocimiento, promoción social y prosperidad económica conforman un paisaje aterrador donde los extremismos encuentren argumentos.

Recuperar pues el contrato social que ha sido la masilla que ha permitido a las sociedades europeas prosperar desde la estabilidad democrática debe de formar parte de la estrategia a medio y largo plazo en la lucha contra los fundamentalismos.

No es este un debate al que seamos ajenos ni en Catalunya ni en España. Los retos esta ahí.

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