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Horror humano en Ceuta


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Carles Campuzano

Nacido en Barcelona en 1964, licenciado en Derecho y diputado de CiU en el Congreso desde 1996. Miembro del consejo ejecutivo nacional de Convergència Democràtica de Catalunya.


Escrito el 8 de febrero de 2014 a las 10:18 | Clasificado en CiU

“El incremento del peso electoral de los partidos antiinmigración en toda Europa atemoriza a los partidos con vocación de gobierno ante las próximas elecciones”.

Europa sigue siendo incapaz de abordar el reto del gobierno de los flujos migratorios en coherencia con los valores humanitarios que proclama. Ha sido incapaz en Lampedusa y ahora, en Ceuta. La muerte de nueve jóvenes africanos en la frontera Tarajal, ahogados o aplastados, cuando intentaban alcanzar territorio europeo, es la expresión más cruel de una política de la Unión Europea en el Mediterráneo que está centrada  exclusivamente en el cierre y el control de fronteras y que descarga en los países del Norte de África esa responsabilidad.

El fracaso humano es enorme y obliga a un cambio de planteamiento que tan solo puede producirse con una visión europea compartida con los países de origen y transito de esta inmigración sobre la gestión de la política de inmigración.

Hasta ahora, y al menos desde los acuerdos de Tampere de 1999, la incapacidad política de repensar un sistema de gestión de los flujos migratorios que sea competente para combinar la capacidad de acogida e integración en los mercado de trabajo nacionales y las necesidades humanas de quienes marchan de sus hogares en busca de un futuro mejor ha sido patente. Nada hace pensar que un futuro inmediato eso cambie. Todo lo contrario. El incremento del peso electoral de los partidos antiinmigración en todo el Viejo Continente atemoriza a los partidos con vocación de gobierno ante las próximas elecciones al Parlamento. A los temores y a los miedos asociados a la globalización y sus impactos en las sociedades europeas hoy debemos añadir las inmensas consecuencias de la Gran Recesión, con el consiguiente incremento de la pobreza y la desigualdad, que multiplica el auge del racismo y la xenofobia.

Paradójicamente, por otro lado, Europa afronta el creciente e inevitable envejecimiento de sus sociedades, con todas las consecuencias que ello implica, sabiendo que una estrategia que amortigüe el golpe de este fenómeno, sí o sí, tiene que ver con la inmigración.

De momento, las mejoras respuestas, mientras otra política de gestión de los flujos migratorios no llega, se dan en la escala local.

Hace unos días en Barcelona, desde la Fundación Acsar, presentamos los resultados y los proyectos inmediatos del programa para difundir la estrategia antirumores promovida por el ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat de Catalunya, en otras ciudades europeas.

El programa permite “la identificación de los principales estereotipos negativos y falsos rumores en cada ciudad, la recopilación de información rigurosa que desmienta los falsos rumores detectados, la creación de las redes antirumores en las ciudades, la formación de agentes antirumores, el diseño de estrategias concretas de sensibilización en cada ciudad yla elaboración de materiales para las estrategias de sensibilización”.

Tan solo desde otra mirada ciudadana sobre la realidad de la migración, que sepa resolver conflictos y problemas en la vida cotidiana, crearemos condiciones reales para que la proclama del humanismo, como valor central del proyecto europeo, se traslade a la política de inmigración.

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