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Corrupción, crisis y desarrollo económico


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Joan Coscubiela

Barcelonés, licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. Profesor de Derecho del Trabajo y Seguridad Social en la Facultad de Derecho de ESADE. exsecretario general de CCOO Catalunya. Diputado en el Congreso por ICV-EUiA.


Escrito el 24 de septiembre de 2013 a las 11:18 | Clasificado en IP

“No puede haber desarrollo económico sano, que es algo distinto al crecimiento, si se mantienen las formas de corrupción que ahora han salido a la luz”.

La última novedad en la línea de defensa, contraataque, del PP ante la gravedad de las evidencias de corrupción pasa por decirnos que la prioridad de los ciudadanos es salir de la crisis y del desempleo masivo, y que prestar atención a la corrupción es perder fuerzas y energías y distraerse de lo que interesa a la gente.

Puede parecer una argumentación descarada y, sobre todo, de país con escasa calidad democrática, pero quienes la han puesto en marcha saben que es una coartada que cala en algunos sectores sociales. Los mismos sectores sociales que hicieron la vista gorda ante las evidencias de corrupción y que la “contextualizaron” o convivieron con ella mientras la economía iba viento en popa.

Lo perverso del argumento es que pretende normalizar la corrupción y lo peligroso es que ignora las fuertes relaciones entre corrupción y crisis, y la ausencia de corrupción como condición imprescindible del desarrollo económico.

La corrupción en España no es generalizada, pero es sistémica. Y no es un producto exclusivo de la política, sino de la sociedad en su conjunto. Es fruto de una perversa relación de concubinato entre una parte del empresariado, al que los analistas llaman “concesional” (que, en cristiano, quiere decir “parásito”), y la política que ejerce el gobierno de las instituciones.

En esta relación de concubinato existen algunas de las explicaciones de un modelo económico especulativo, malbaratador de recursos públicos y también privados, orientándolos hacia sectores económicos poco innovadores, de poco futuro, pero de elevadísima rentabilidad.

Las grandes inversiones en infraestructuras sin lógica económica de estas últimas décadas son fruto de este concubinato entre empresarios parásitos y gobernantes locales con ínfulas “faraonicas”. Unos reciben grandes beneficios, otros alimentaban sus egos y sus ingresos oscuros. Y el resultado ha sido una profunda ineficiencia en la utilización de recursos públicos, también en la orientación de las inversiones privadas a crédito, que ahora no se pueden pagar y que nos aplastan como si una pirámide nos hubiera caído encima.

Una de las causas de la crisis tiene mucho que ver con esta relación de concubinato espurio entre economía parásita y política corrupta. De aquellos polvos quedaron estos lodos. Pero no se trata solo de un tema del pasado, es también un aspecto trascendente para el futuro. No puede haber desarrollo económico sano, que es algo distinto al crecimiento, si se mantienen las formas de corrupción que ahora han salido a la luz.

Es curioso. Todo el mundo conoce y cita estudios que, referidos a países en desarrollo, relacionan el grado de crecimiento de un país a su nivel de calidad institucional. Y que ligan la calidad institucional a la existencia o no de corrupción y a las políticas para combatirla.  Son frecuentes los trabajos de investigación que nos hablan de cómo la corrupción impide el desarrollo de los países.

No deja de sorprender que algunos en España consideren que estas reglas de oro de la economía y la política son aplicables a países subsaharianos, pero no a España. Sin atajar la corrupción no es posible salir de la crisis y mucho menos construir un modelo productivo de desarrollo sano, que utilice de manera eficiente los recursos públicos y privados necesarios para la creación de empleo.

Que no nos embauquen, corrupción y desempleo masivo tienen más cosas en común de lo que parece.  Y negarlo es el primer paso para la cronificación del problema.

 

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