Es frecuente que muchas de las iniciativas presentadas en el Congreso por los grupos de la oposición ni tan siquiera puedan someterse a debate por la oposición del PP

Para quienes presentamos las propuestas, el PP ejerce una especie de derecho a veto, no reconocida explicita pero si implícitamente en el reglamento del Congreso.

El PP en cambio se defiende argumentando que ellos no vetan, que solo votan. Y que su mayoría les legitima para votar en contra de que se sometan a la Cámara determinados debates que ellos consideran que no son necesarios, casi siempre vinculados a temas de corrupción o transparencia.

En apariencia el argumento es impecable: si los ciudadanos le han otorgado al PP una mayoría absoluta en la Cámara, esta mayoría al votar puede decidir qué se debate y qué no. Pero no parece que este argumento sea tan evidente en términos democráticos.

Porque en la practica ello conlleva una limitación y en muchos casos un impedimento total al ejercicio de las funciones de control del Ejecutivo que el legislativo tiene encomendadas. Y si estas funciones no se pueden ejercer, la división de poderes se debilita y, con ello, se resquebraja la democracia.

Creo que ha llegado el momento de distinguir entre qué puede decidirse por mayoría y qué no. La mayoría, legítima y obtenida en las urnas, puede determinar la orientación de las políticas. Sin duda. Otra cosa es que la democracia no sea sólo parlamentarismo y requiera otras formas de participación directa de la ciudadanía. Como ya advirtió un gran jurista, Kelsen, allá por el año 1920.

Pero lo que no debería ser objeto de debate en una democracia madura es que las mayorías no debieran poder impedir nunca que los debates se produjeran, y que se produjeran en buenas condiciones.

Aspectos como la comparecencia de los ministros, la creación de comisiones de investigación o el debate de los temas propuestos no deberían estar sometidos sólo al criterio de los votos mayoritarios, sino del respeto a la función de la minorías como componente clave de la democracia.

Esta es una de las reformas necesarias que requiere el funcionamiento del Congreso para que este pueda jugar su función. Pero para ello, PP y PSOE deberían aceptar que mayorías, bipartidismo y rutina no son la Santísima Trinidad del Congreso. Llamadme ingenuo.

Publicado por Joan Coscubiela

Barcelonés, licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. Profesor de Derecho del Trabajo y Seguridad Social en la Facultad de Derecho de ESADE. exsecretario general de CCOO Catalunya. Diputado en el Congreso por ICV-EUiA.

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