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La derrota de la razón progresista


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 29 de octubre de 2012 a las 10:30 | Clasificado en Opinión

Juan Moscoso del Prado, diputado socialista, analiza la situación de los socialistas tras las elecciones en Euskadi y Galicia.

Desde hace ya demasiado tiempo la política española parece el escenario de un campo de batalla en el que la izquierda ha sido derrotada. La dura crisis económica, social y ahora institucional que estamos viviendo está consiguiendo acabar con el largo sueño ilustrado de la izquierda, ese que consiste en el sencillo y al mismo tiempo poderosísimo convencimiento de que desde la política se puede conseguir que las cosas sean distintas. Que la vida sea mejor para todos, más justa y con más igualdad, siendo la igualdad, como decía Luis Gómez Llorente, el principio más específico del socialismo democrático, de la socialdemocracia, la igualdad entendida como “igual libertad” para todos.

Igualdad real, igual libertad efectiva, frente a la libertad entendida como un derecho formal individual sin necesaria consecución práctica como predica el liberalismo. Es la garantía de una vida digna para todos, frente a la formalidad de unos derechos subjetivos para competir en una carrera económica con frecuencia deshumanizada. Es la política que exige un Estado redistribuidor que garantiza derechos sociales, que garantiza esa “igual libertad” para todos más allá de la mera libertad económica que sólo necesita regulación.

Hasta hace bien poco la sociedad confiaba con optimismo en la capacidad de resolución de sus principales problemas desde la razón, y el método con el que contaba era, sin duda alguna, la política. Hoy, los ciudadanos que se consideran progresistas, los que creen en esa idea de igualdad entendida como “igual libertad” para todos y en todos los sentidos, dudan que esos objetivos puedan ser alcanzados desde la política. Nuestra obligación es convencerles de que su sueño ilustrado no se ha frustrado. Convencerles y demostrárselo.

La mayoría seguimos creyendo que es posible porque de hecho existe y ha sucedido en algunas sociedades como las escandinavas, o en muchos países europeos, sí, aunque quizás en otros momentos bajo otras circunstancias económicas y geopolíticas. Con todo, incluso sin ejemplos reales seguiría siendo una aspiración racional perfectamente defendible. El problema por tanto no es del sueño, que sigue ahí esperando, sino de la constatación de que nuestro sistema político actual tal y como es, y tal y como funciona, no permite alcanzarlo. Un sistema político que presenta problemas de suficiente envergadura como para provocar el alejamiento, la desmotivación y la reducción de la esperanza en sus resultados de importantes porcentajes de la población y muy en particular de los ciudadanos progresistas.

En nuestro país, por ejemplo, en el contexto de las derrotas electorales sufridas por el PSOE en 2011 y 2012, desde que estalló la crisis vivimos dominados por una manera de hacer política entregada a la satisfacción de los llamados mercados. Unos mercados que gracias a la desregulación aprobada durante décadas por gobiernos conservadores pero también por los progresistas, han devorado cualquier atisbo de autonomía política de las cada vez más impotentes instituciones políticas de cualquier escala, nacional pero también europea. Unos mercados que imponen desde la hegemonía de la derecha alemana y sin control democrático alguno decisiones económicas que nos llevan en sentido contrario al que quiere la mayoría de la población.

Nosotros mismos

En diciembre del año pasado escribí que las causas de las derrotas de 2011 estaban en nosotros mismos, en el PSOE, y que entre ellas había sido la economía prácticamente en solitario la que nos había llevado donde estábamos y donde sin duda todavía seguimos. También entonces hice, hicimos, autocrítica sobre los errores cometidos durante los años de gobierno desde el convencimiento de que es necesario llevar a cabo una renovación profunda del proyecto político del partido socialista y del propio partido como institución, para poder volver así a hacer algún día efectivo ese proyecto todavía por definir. También dije que la autocrítica no debe convertirse, para alegría de algunos, en un ejercicio de autofustigamiento público, aunque esa autocrítica marque en la dosis adecuada el camino para comenzar a recuperar nuestra maltrecha credibilidad como partido socialdemócrata y para recomponer nuestra identidad.

Pues bien, eso dije, dijimos, y hubo un congreso en Sevilla en el que el partido eligió a una nueva dirección y a un nuevo secretario general, sin duda el mejor capacitado para liderar el partido en esta coyuntura como creí entonces y creo ahora, y comenzamos a atravesar el inmenso desierto de esta crisis de la que, insisto, por acción y por omisión no somos ajenos, y ahí estamos. Ya sabíamos que iba a ser duro, y largo, y lo mucho que todavía tiene que llegar.

Desde entonces no hemos dejado ni un minuto de analizar, debatir y trabajar sobre muchas de las cuestiones de las que llenan los periódicos, medios de comunicación y la Red, incluso muchos más. Así, el debate que debemos tener no es si debemos hacer una oposición más fuerte o más débil para satisfacer a unos medios de comunicación donde ya no se distingue la opinión de la información. Las intensidades, los tiempos, son partes de un todo, lo sabemos muy bien. El verdadero debate de fondo es qué debemos hacer para lograr que nuestro proyecto sea de nuevo creíble y merecedor de apoyo. La verdadera pregunta es saber por qué perdimos tanta credibilidad, y no es difícil responder que para demasiados ciudadanos perdimos durante muchos años nuestras señas de identidad. Vieron la política como un partido de fútbol en el que no se distinguía bien el color de las camisetas. Una política tan agotada que permite con total normalidad el nuevo nepotismo ilustrado de Monti en Italia.

Tenemos muchos frentes abiertos, el del proyecto, el del partido, el de la participación en política, el de la recuperación del voto urbano y profesional, el de la cultura del mérito y el esfuerzo, el de la capacidad e imagen de los políticos, el de Europa, el de la crisis institucional o el del modelo de Estado en una España en la que los que votaron la Constitución tienen ahora 52 años o más, el del papel en la sociedad y en la política de las generaciones que no la votamos, el de los complejos de clase y la obsesión por la ascensión social, o el de nuestra definitiva equiparación con Europa en los dos elementos que la distinguen del resto del mundo: la educación y la fiscalidad. Vamos a acometerlos todos sin excepción, sin cortapisas, con todas las consecuencias.

Errores propios y ajenos

Hemos cometido errores, sin duda, pero ha habido muchos que no han sido sólo nuestros. La derrota de la razón es colectiva en una sociedad en crisis en la que el manejo de la información es más complejo que nunca. La política y los políticos democráticos nos hemos convertido en responsables de casi todos los males de una sociedad arruinada que no ha logrado mantener el ritmo de creación de riqueza de las últimas décadas porque éste se basaba excesivamente en dos tipos de especulación, la financiera y la inmobiliaria. La política es también responsable de ello aunque es difícil encontrar en sector alguno voces críticas a lo que sucedió -universidad, medios de comunicación, sector empresarial- mientras ocurría. Algunos avisamos de ello con poco éxito desde el final de la década de los 90, nuestros gobiernos progresistas no combatieron la burbuja, otros siguen sin hacerlo.

Es difícil imaginar un fallo colectivo más grave que el que ha provocado esta crisis a escala global, un fallo global. Y es difícil imaginar un ejemplo mejor de esa derrota de la razón porque, con todo, a pesar de todo lo que está pasando y de todo lo que estamos sufriendo, todavía no existe un diagnóstico objetivo y racional de lo que pasó y está pasando. La derecha que nos gobierna sigue negando ese diagnóstico, el que vincula la gravedad de la crisis en España con nuestra particular especulación financiera y la burbuja inmobiliaria, con sus derivadas sobre el sistema financiero -cajas básicamente- y sector de la construcción, todo abonado por la desregulación que siguen defendiendo.

Así, aunque crea que el sueño progresista basado en la razón sigue ahí, y aunque debamos cambiar nuestros instrumentos para alcanzarlo, la razón es derrotada cada día por las fuerzas que dominan la política. La razón no justifica la política económica que nos impone la insolidaria Alemania de Angel Merkel, y la razón no encuentra acomodo en el rebrote del nacionalismo como coartada para buscar en la insolidaridad y en las políticas reaccionarias pan para hoy y hambre para mañana como ya ocurrió en el siglo XX en uno de los periodos más oscuros y sangrientos de la historia europea.

El problema es que se imponen otras vías que reemplazan la progresista e ilustrada confianza en la capacidad de resolución problemas desde la razón aún a sabiendas de que, por esas vías, no hay solución. El desmantelamiento del estado del bienestar como coartada para volver a crecer, la eliminación de la “igual libertad” para todos, o la imposición de políticas desde el fundamentalismo cristiano de unos pocos constituyen gravísimos pasos atrás que desde la izquierda deberemos invertir. La confrontación de nacionalismos antagónicos incompatibles y excluyentes sólo puede ser rebatida y compensada desde el cosmopolitismo de izquierdas que apuesta por la convivencia bajo un sistema de inspiración federal.

Queda mucho trabajo por hacer pero no necesariamente mucho tiempo. Creo que los socialistas españoles volveremos a ser alternativa pronto. No será fácil pero lo lograremos, antes cuantos más seamos en el partido, cuantas más ciudadanas y ciudadanos se animen a militar, sí, a militar, y a participar. Necesitamos ayuda, apoyo, ideas frescas, aire nuevo, se sea más o menos crítico, para lograr que nos parezcamos todavía más a la sociedad española a la que aspiramos a representar. La razón que impulsa nuestras ideas progresistas no ha sido derrotada aunque, hoy, se impongan otros planteamientos conservadores, identitarios, aunque no logremos que sean oídas ni que se abran paso. Hemos perdido muchas batallas, esto no es nuevo, pero entre todos volveremos a ganar las de verdad.

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