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El nuevo fascismo español


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Emilio Olabarria

Nacido en Bilbao en 1954. Diputado del PNV en el Congreso, donde ha estado dieciocho años, y exdiputado vasco durante otros cinco. Licenciado en Derecho por la universidad de Deusto, donde da clase actualmente.


Escrito el 9 de octubre de 2013 a las 10:46 | Clasificado en PNV

Han tenido que producirse los sucesos durante el día de la Diada en la librería Blanquerna de Madrid para poner de relieve un fenómeno de política criminal que se había banalizado cuando no invisibilizado.

En el Estado español, y para “suerte” de los españoles, confluyen dos bloques de pensamiento fascista: los residuos del franquismo sociológico y un neofascismo juvenil de corte similar a los existentes en otros países como Hungría, Grecia, Austria, etc. en el que gravitan como elemento identitario posiciones xenófobas, evocaciones nazis, odio a la diferencia en el ámbito de la orientación sexual, entre otros; movimientos constituidos fundamentalmente por personas marginales carentes de estudios, y se podría afirmar, sin ninguna duda, que carentes de inteligencia, y que encuentran en la violencia la forma de proyectar sus propias frustraciones personales.

La dimensión del fenómeno empieza a resultar preocupante cuantitativa y cualitativamente. Cuantitativamente, porque la crisis económica, el masivo desempleo juvenil, la desintegración familiar y otros fenómenos convierten a segmentos importantes de los jóvenes europeos en colectivos fácilmente manipulables bajo cualquier seudoideología y simbología (la liturgia consistente en afirmar que los extranjeros nos privan de los trabajos, que el país nos pertenece, que determinadas orientaciones sexuales son perversas, etc., constituye un elemento aglutinante de personas que o por su fragilidad mental o por su desesperación o por su desestructuración son muy proclives a asumir posiciones no solo fanáticas, sino violentas).

Cualitativamente, algunos de esos partidos u organizaciones están obteniendo resultados electorales llamativos en países como Grecia, Hungría, Austria, Francia, erigiéndose en una suerte de voto de castigo para lo que se denomina estructura política institucionalmente convencional a la que se le atribuyen todas las responsabilidades sobre el propio fracaso personal (véanse fenómenos como los de Amanecer Dorado en Grecia, el Partido Popular en Austria, etc.).

Antes de que el fascismo fuese declarado una ideología oficial y se extendiera en Europa Karl Kraus fue capaz de detectarlo en muchos gestos cotidianos; ya escribió en el año 1921 los viajes promocionales de un periódico de Basilea en los que por un ajustado precio el Diario ofrecía a sus lectores la posibilidad de acudir, como atracción turística, a los campos de batalla de Verdún, al tiempo que podían disfrutar de suculentas comidas en alojamientos de primera clase.

Hoy, en el Estado español sucede lo mismo que lo que sucedió en otras épocas. El movimiento denominado La España en Marcha al que se han sumado partidos como La Falange, Nudo Patriota Español, Alianza Nacional, Movimiento Católico Español y Democracia Nacional, convocan capeas (luego dicen que la tauromaquia no tiene dimensiones simbólicas) con ofertas complementarias como la quema de trapos separatistas y comida, música y barra gratis.

Ya afirmaba Primo de Rivera, fundador de La Falange, su condición de partidario de la dialéctica de los puños y las pistolas. Puños y pistolas. El informe Raxen elaborado por el Movimiento Contra la Intolerancia ha acreditado la existencia de 10.000 afiliados a estas organizaciones agrupadas ahora bajo una única dirección y que han decidido hacerse visibles, visibilidad que se manifiesta en perfiles dramáticos: 4.000 delitos de agresiones y quince asesinatos en los últimos diez años. Esa es la dialéctica de los puños y pistolas.

Han tenido que producirse los sucesos durante el día de la Diada en la librería Blanquerna de Madrid para poner de relieve un fenómeno de política criminal que se había banalizado cuando no invisibilizado a pesar de sus dramáticas manifestaciones; todavía resuenan dolorosamente en nuestros oídos las reflexiones relativizadoras del incidente de la alcaldesa de Madrid.

Qué no decir de las fiestas en Pinto caracterizadas por un rótulo en la Plaza de Toros afirmando que “Hitler tenía razón” y la creciente presencia en las redes sociales de miembros e incluso concejales y alcaldes del Partido Popular realizando una verdadera ostentación de signos preconstitucionales.

Uno se pregunta para quién está redactado el artículo 510 del Código Penal que considera delictivas las actuaciones de los que promuevan a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos por motivos racistas, antisemitas, ideológicos, religiosos, familiares, étnicos, de orientación sexual, enfermedad o minusvalía, que coinciden exactamente con los que se prevén en la ley de Partidos Políticos, para suspender o ilegalizar a determinadas organizaciones políticas.

Estos grupos a los que nos estamos refiriendo participan de todas estas características, provocan el odio contra cualquier otra ideología diferente a la propia, contra cualquier orientación sexual diferente a la que consideran convencionalmente aceptable. Son antisemitas, son xenófobos, no admiten unidades familiares diferentes a las históricamente convencionales. En fin, qué más necesitan el ministro del Interior, el fiscal general del Estado y la Administración de Justicia.

Los votantes dicen...
  1. pedroluissito dice:

    lo que hay que preguntar es cuantos infiltrados hay en el PP y en la justicia?y puede que sepamos el po que esta gente medra en espana y nadie los toca

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