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No es sólo la prima


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Santiago Cervera

Diputado del PP y secretario del Congreso de los Diputados. Expresidente del PP navarro, antes fue diputado, senador, consejero navarro de Salud y concejal del Ayuntamiento de Pamplona por UPN.


Escrito el 5 de noviembre de 2012 a las 10:13 | Clasificado en PP

El diputado del PP Santiago Cervera explica el por qué de algunas de las medidas que ha tomado el Gobierno en materia económica.

La obsesión diaria que condiciona tanto nuestra actual situación política es la de la prima de riesgo. En verdad indica algo importante, como es la capacidad que tenga España de solventar su desbordado déficit público. Esto, a su vez, es condición necesaria para que la economía pública deje de ser una incertidumbre y una tara para la economía productiva y, tras la recuperación del crecimiento, podamos alumbrar el túnel de salida de la crisis. Pero la disquisición -a la que tan aficionados nos hemos vuelto todos, legos y doctos- nos entretiene demasiado y probablemente nos distrae de muchas otras cosas relevantes. Algunas son tan importantes que si no las tomamos en serio será imposible revertir esta situación.

Cuando algunos amigos me han cuestionado las medidas tomadas por el Gobierno en estos diez meses (sobre todo, los aumentos de impuestos) les he tenido que buscar un ejemplo intentando que fuera suficientemente didáctico. Así, se me ocurría representar al actual Gobierno como el nuevo inquilino de un inmueble que es la administración del Estado. Por mor de la decisión popular, salen unos y entran otros. Y el día en el que te pones a trabajar en tu nueva sede descubres que bajo ella hay dos pozos sépticos de los que no conocías su magnitud.

Uno de ellos es el de la descapitalización de una parte relevante de nuestros bancos, aquel sector que se decía años atrás que era el mejor del mundo. El otro pozo es el del déficit público, que se comprometió en el 6% para 2011 y al final se fue por encima del 9%. El inquilino no tiene otro remedio que limpiar eso tan pútrido que anida en los cimientos del edificio, o asumiría el riesgo de su desmoronamiento. Y para limpiar tal podredumbre hay que hacer cosas que a nadie le gustaría hacer. Disculpen la dimensión escatólogica de la metáfora, pero había que hacerla suficientemente revulsiva.

El caso es que se ha emprendido una carrera contrarreloj para que nuestro sistema financiero haga lo que hicieron en otros países al principio de la crisis y al mismo tiempo se reduzca la inaceptable disparidad entre lo que gasta el Estado y lo que recibe por vía de los impuestos de los ciudadanos. Jamás un gobierno ha tenido ante sí una situación como esta, en la que apenas hay espacio para dar buenas noticias o buscar el lucimiento político. Pero no queda otra.

Trasformaciones pendientes

Decía al principio que tanto hablamos de la prima como olvidamos otras muchas cosas que exigen una transformación inmediata. A veces he comentado que lo verdaderamente letal de la herencia de siete años de Gobierno socialista no es sólo la brutal descompensación de nuestros fundamentales económicos (déficit, deuda, balanza comercial, productividad y paro), sino la actitud social que tan concienzudamente se labró durante aquellos años, y que hoy se hace patente en muchas crudas maneras.

En los tiempos de Felipe algunos pensaban que al socialismo le venía bien aquel 22% de paro de los ’90 porque encontraba recurrentemente más respaldo en las capas sociales menos pudientes. Zapatero, en cambio, gestionó parte de su mandato con un desempleo entorno al 10% y por ello ideó un modo nuevo de hacer de esa sociedad más próspera una sociedad igualmente vicaria.

Echemos la vista atrás y recordemos cómo vivíamos y sentíamos la política hace tan sólo media década. Ese providencialismo con el que se nos dispensó la inviable ley de la dependencia; ese adanismo tardo-democrático que quiso constituir la idea de la memoria histórica; ese redentorismo progre que se pretendió plasmar en la ley de igualdad; ese arribismo en forma de supuestos nuevos derechos ciudadanos, concedidos por mera dádiva política; esa impudicia con la que se tejieron magnas operaciones económicas en la sede misma de la presidencia; ese relativimo naif que mostraba indiferencia ante nuestras encrucijadas como nación…

Todo ello y mucho más conformaba una manera, a la postre, de moldear a la sociedad, a la que se le narraba la fundación de una Arcadia y poco a poco se le acostumbraba al indefectible soma de lo público. Zapatero y todo el socialismo que representaba trasladaron a los españoles la idea de que era posible esa autarquía bonancible, hecha a medida de nosotros mismos, en la que sin apenas esfuerzo podríamos encontrar la solución a la mayoría de nuestras pesadumbres presentes y pasadas.

Hoy el problema de España nos es tanto el de sus estructuras financieras públicas y privadas, cuanto el de haber perdido una innata fuerza civil que en otras ocasiones nos sirvió para prosperar y ambicionar un razonable buen futuro. Lo difícil hoy en política es hablar de corresponsabilidad y por eso triunfa la idea de que sólo se están haciendo recortes. Lo complicado hoy es argumentar que el mundo está cambiando muy deprisa, y por eso algunos son incapaces de reconocer que no hay soluciones al margen.

Lo arriesgado es hablar apelando al fondo esencial de muchos de nuestros problemas, y por eso se ha querido reprobar a algún ministro. Lo comprometido es entender que no estamos sólo ante una crisis de magnitud económica, sino que toca transformar todo un orden moral que llegó de la mano de la política líquida, y que nos impide tomar el control responsable de nuestro propio futuro.

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