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Así conocí a Ángel Gabilondo


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 14 de marzo de 2015 a las 1:38 | Clasificado en PSOE

Del instituto en Navarra a la universidad y el doctorado en Madrid. Este es el recorrido por la juventud de un diputado y de cómo conoció a un rector con el que coincidiría en muchas más cosas tiempo después

Cuando acabé COU en Pamplona, la Universidad Pública de Navarra (UPNA) no existía. Todavía subsistían los vetustos distritos universitarios y nosotros dependíamos del de Zaragoza.

Recuerdo que días después de hacer la selectividad en el lnstituto de Ermitagaña alguien fue a Zaragoza y apuntó las notas de todos los de mi colegio en un papel y nos fue llamando uno por uno por teléfono a nuestras casas. Al fijo, claro. No había móviles ni internet, así funcionaba todo en junio de 1984. Muchos de mis amigos y amigas queríamos ir a la universidad. Fuimos una generación intermedia, logramos llegar a ella más que los de diez años antes, pero todavía mucho menos que los de diez años después. Y es que era algo complicado.

En Pamplona sólo había una escuela universitaria en la que, a los tres años, obtenías un diploma en empresariales que te servía para licenciarte después en Zaragoza. También teníamos la escuela de ingenieros técnicos agrícolas de Villava, la de ingenieros técnicos industriales del Sario, la escuela pública de enfermería, y la UNED. Y la Universidad de Navarra, claro. El sistema de distrito universitario dificultaba mucho la posibilidad de salir del tuyo, así que Zaragoza era el destino más natural si no lograbas un traslado.

Aquel verano del ’84 mis compañeros, compañeras y yo nos lanzamos a la aventura de la universidad con diferente grado de éxito, porque hubo de todo.

Iñaki logró plaza en Sarriko en Bilbao y comenzó allí Económicas, alojado en una pensión. Ángel y Pilar se fueron a Soria a estudiar el primer ciclo de Medicina y lograron acabar en Zaragoza. Otros lograron plaza en Zaragoza directamente en primero, como Fermín. Javier y Juan comenzaron a preparar el durísimo ingreso en INEF; tardaron, pero lo consiguieron tras años de esfuerzo. Mi segundo Iñaki se puso a trabajar y se matriculó en la UNED. También acabó. Juancho, Ingeniería en Zaragoza. Eduardo, Empresariales en Zaragoza. Juanma, Agrícolas en Villava. Fernando, Empresariales en la vieja escuela de peritos mercantiles de Pamplona para después acabar en Zaragoza. Cristina, Empresariales en San Sebastián. Javier se fue a los Jesuitas de Deusto. Antxón, Diseño en Barcelona. Fernando, Medicina en Madrid. Elena, Políticas en Madrid, porque en toda España sólo había en la Complutense y te garantizaba el traslado. Julián, mi tercer Iñaki, otro Javier, Josecho, Amaya, María Eugenia, y muchos más fueron admitidos en la Universidad de Navarra e hicieron sus carreras sin demasiados problemas. El Gobierno de Navarra y antes la Diputación concedía ayudas a los navarros que estudiaban en ella, pero la Universidad de Navarra tenía sus propios criterios de admisión.

Yo me fui a Madrid y, tras algunos imprevistos, logré matricularme en la Universidad Autónoma. Sí, la de Ángel Gabilondo.

En la Universidad Autónoma de Madrid encontré justamente lo que andaba buscando: una gran universidad pública abierta y diversa, con buenos profesores y alumnos de todo el mundo que eran capaces de compaginar la escasez de la época con el sueño de la educación pública de calidad. Siempre ha estado en lo más alto de los ranking, y como todas sufrió periodos de recortes, masificación, sus dosis de endogamia o esclerotización. Yo le debo muchísimo.

Cuando se creó la UPNA, impulsada por el PSOE contra las resistencias de siempre, la vida y el horizonte de los estudiantes de Navarra se transformó radicalmente. Yo siempre soñé con aquella UPNA emergente como algo similar a la Autónoma de Madrid, vibrante y comprometida con el servicio público y con la excelencia docente, arriba en los ranking compitiendo en calidad y resultados con el resto de universidades públicas o privadas, abriéndose paulatinamente a nuevas áreas y titulaciones.

En la Autónoma de Madrid estudié Ciencias Económicas, cinco años inolvidables, primero y segundo en grandes grupos, tercero en la Universidad de Kent del Reino Unido, en el primer año de la historia de Erasmus, y cuarto y quinto en un pequeño grupo de 20 alumnos que elegimos la especialidad de Teoría Económica, un verdadero lujo intelectual.

Al terminar, y gracias a una beca, estudié un máster de postgrado en el Colegio de Europa de Brujas. Sólo había cinco españoles en mi programa y dos éramos de la Autónoma. Años después volví al campus para doctorarme. Tardé cinco años mientras trabajaba y daba clase como profesor asociado.

Tras leer la tesis, un día recibí una carta en la que se me invitaba a la ceremonia de entrega de diplomas y medallas a los nuevos doctores, a la que acudí con orgullo y emoción. De nuevo el viejo campus, donde los árboles habían crecido mucho casi 15 años después.

Y allí estaba el magnífico rector, don Ángel Gabilondo. Quién lo iba decir. Y yo con esas pintas recogiendo la medalla. A ninguno se nos podía pasar por la cabeza entonces cuánto íbamos a coincidir después. Qué gran señor don Ángel.

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