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El saqueo de la acrópolis


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 8 de octubre de 2014 a las 12:45 | Clasificado en PSOE

Grecia, base de la existencia de Europa y de nuestra misma cultura, debe poco a la actual UE

El azar quiso que las elecciones europeas del pasado mes de mayo tuvieran lugar durante la presidencia rotatoria griega de la UE, la cuarta desde su adhesión. Una gran metáfora. Nuestra sociedad no existiría sin Grecia, sin Grecia y también Roma, las viejas civilizaciones que inventaron la democracia y la ciudadanía, e incluso Europa. La Europa del mito es griega, la que enamora a Zeus, la que hoy sigue enamorando fuera de sus fronteras a pesar de la profunda crisis política, social, institucional y de legitimidad democrática que vive.

Las sofisticadas y frágiles Grecia y Roma cayeron con la llegada de los monoteísmos, cuando los dogmas se impusieron sobre la razón, la filosofía, la ciencia y los debates en ágoras y foros. Hoy otros dogmas como los falsos mantras neocon estrangulan el futuro de los griegos y griegas, de una Grecia a la que nunca le fue bien con los monoteísmos que sepultaron su saber y lastraron su desarrollo.

La presidencia griega de la Unión Europea puso una vez más en evidencia quién manda de verdad en Europa porque nadie habló demasiado de Grecia ni de su papel. Mientras los griegos se afanaban para que la Unión se esforzara para poner en marcha y dotar de contenido las iniciativas comunitarias a favor del empleo juvenil y el crédito para las PYMEs, prioridades griegas para el semestre -para ellos y para los demacrados países del sur-, la amenaza de la recesión retornó a Europa. Unas prioridades que no preocupaban en los despachos de la mayoría conservadora que cada día siguen las instrucciones de Angela Merkel.

Grecia también se sienta en el Eurogrupo, que ha decidido posponer la discusión y eventual decisión sobre un tercer rescate al país hasta después de del verano, hasta ahora, después de admitir que el alto nivel de deuda del país debe ser reducido. La decisión ya ha comenzado a estudiarse tras la publicación por Eurostat de las cifras del déficit y deuda griegas. Pero no se tomará hasta después de las elecciones, volviendo a evidenciar la gigantesca distancia democrática que los ciudadanos y ciudadanas griegas sienten respecto a las instituciones de la Unión Europea. Lo que ellos y ellas votaron en mayo no tendrá el más mínimo efecto sobre ese “tercer rescate” ya en marcha, ¿o sí? Antes del verano, el regreso de Grecia a los mercados de deuda en los que colocó una modesta cantidad de bonos a cinco años sirvió para sondear futuros escenarios.

Grecia simboliza la gravedad de las decisiones que la Unión Europea ha adoptado en los últimos años, decisiones económicas adoptadas por la ‘troika’ sobre las que los ciudadanos griegos no han podido influir a pesar de haber cambiado de gobierno varias veces desde que estalló la crisis. Las consecuencias de la austeridad -desafección, radicalización, auge de partidos extremistas, graves daños sociales- son bien conocidas.

La relación de Grecia con Europa, a pesar de ser sus inventores, no ha sido sencilla. Grecia tardó mucho en recuperar su independencia, que sólo logró a comienzos del siglo XIX y bajo la tutela de las potencias de la época después de que la ocupación otomana durara 350 años.  Poco antes de que la crisis estallara y después de los Juegos Olímpicos de 2006, los griegos inauguraron el Nuevo Museo Acrópolis con la esperanza de que las esculturas del Partenón adornen algún día las nuevas salas. La inexistencia de un museo capaz de cobijar dignamente ese tesoro ha sido una de las excusas habituales que acompañan a la negativa a la devolución.

Ocupaciones y tutelas previas que se repiten. Como la Thomas Bruce Elgin, embajador británico en Constantinopla desde 1799, conde, diplomático, y también para muchos pirata inglés, que gracias a sus sobornos a funcionarios otomanos a partir de 1801 logró llevarse el friso del Partenón de Grecia en cientos de cajas que comenzaron a llegar a su casa en Inglaterra en 1807 para su posterior venta. Tras el saqueo del monumento -la mayor parte de la decoración escultórica: frisos, métopas, frontones-, el expolio se completó en 1812 cuando el gobierno británico las compró por el doble de lo que costó transportarlas desde Atenas en plena guerra napoleónica, y a pesar de que la oferta del Museo del Louvre era mayor. Lord Elguin siguió sacando antigüedades con total impunidad hasta la independencia de Grecia en 1817.

Mucho antes, una bomba veneciana estalló en el siglo XVII durante el asedio de Atenas reventando el Partenón que fue iglesia, mezquita y polvorín, y que como el país nunca ha logrado recuperar su solemne esplendor. A los griegos nunca les fue bien desde que abandonaron su laicismo politeísta.

Esta cuestión simboliza la difícil relación de Grecia con Europa. Europa no fue la solución para ello, no ha servido para satisfacer esa vieja aspiración ¿Se imaginan lo que diríamos en España si Napoleón se hubiese llevado la pinacoteca Real Española, o todos los Velázquez, al Louvre?

En España, mientras, con el panorama político cada vez más confuso tras la sacudida de las elecciones de mayo y la preocupante parálisis del Gobierno frente al impredecible soberanismo catalán, la política económica no cambia a pesar de que su fracaso  evidente. No hay recuperación, es una constatación. Se verifica el fracaso de la política de austeridad defendida a capa y espada por el PP, por el Gobierno, una línea de política económica contraria a los intereses de España, del sur de Europa e incluso, como se ya se ha demostrado, de toda la UE y de la eurozona.

Es una lástima que, reconociendo la necesidad de dar un giro radical a la política económica en Europa, el PP siga sin atreverse a reconocerlo y decirlo públicamente. El Gobierno del PP ha desaprovechado todas las oportunidades que ha tenido para defender claramente el cambio en la política económica que debe aplicar Europa. Tal y como el PSOE ha pedido con forma de decálogo, es imprescindible un cambio en la política monetaria que incorpore el pleno empleo y la estabilidad de precios como doble objetivo del BCE; una política fiscal consistente y rigurosa que impulse la recuperación; un plan de crecimiento y un programa de inversión en infraestructuras productivas; un verdadero mercado europeo de trabajo y un plan de empleo juvenil; un plan de crecimiento para las PYMEs; la reindustrialización de Europa; incentivar la política energética europea y avanzar de verdad en la Unión Bancaria.

Hoy los atenienses se organizan en cuadrillas de voluntarios para realizar durante los fines de semana trabajos básicos de mantenimiento de las infraestructuras olímpicas de 2006 porque algunas se caen a pedazos. Triste metáfora de excesos pasados que otros también cometimos sin que nadie haya sido capaz todavía de hacer la mínima autocrítica.

Decía al principio que a Grecia nunca le volvió a ir bien desde que se rindió al nuevo dogma del monoteísmo en cualquiera de sus variantes. Ahora un nuevo dogma, el de la austeridad expansiva, falsamente expansiva, ha vuelto a traer sufrimiento y decadencia. Más que un error, una mentira, un concepto dogmático, ideológico, sin respaldo teórico en la economía, como siempre he defendido, ni empírico nunca antes en ningún lugar. Necesitamos que Europa abandone ese dogmatismo que sólo responde los intereses de unos pocos, de la derecha, de Alemania, para lograr que la Comisión y el BCE la abandonen también. El FMI y la OCDE, poco sospechosos, ya lo han hecho.

Los griegos inventaron la democracia y lo que somos. No existiríamos sin Grecia y Roma, sin nuestras raíces grecorromanas. Lo demás es accesorio. Europa también es Grecia.

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