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Europa: austeridad y nuevo rumbo


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 9 de junio de 2014 a las 11:27 | Clasificado en PSOE

Las elecciones nacionales han llegado a perder el sentido porque los cambios de mayoría en los parlamentos nacionales –Grecia o Portugal- no han tenido ningún impacto en las políticas impuestas por las troikas

Al comienzo de 2014, el debate austeridad-crecimiento está básicamente superado y agotado ahora que nadie defiende el tono, ritmo y composición de los recortes ejecutados desde 2010, ni el FMI ni la Comisión desde luego como ha reconocido en sus propios documentos. Con todo, y a pesar de graves errores auspiciados por una mayoría conservadora y de derechas, en Europa el esquema básico de política económica sigue siendo el mismo.

Las lecciones de los errores cometidos en estos años son de varios tipos. La primera, casi obvia, es que los ajustes fiscales deben ser graduales y dejando funcionar a los estabilizadores automáticos o déficit cíclico. La segunda es que la estabilización del sistema financiero debe resolverse en el conjunto de Europa porque al final los problemas de capitalización de los bancos acaban trasladándose a la deuda soberana, convirtiendo deuda privada en pública. En tercer lugar, el compromiso con una consolidación fiscal rigurosa a lo largo del ciclo, que incluso incluya la inversión en el cómputo del déficit sin “regla de oro” alguna, se debe producir a cambio de la instrumentación de una política monetaria más laxa –tipos de interés y tipo de cambio con el resto del mundo- y de una mayor integración solidaria del sistema financiero.

El efecto multiplicador de esta combinación –vía inversión y exportaciones-, junto a los efectos de la reducción de la prima de riesgo de los países de la periferia europea, puede superar el efecto del multiplicador tradicional del gasto público. Al mismo tiempo, se debe consensuar una senda de consolidación fiscal que permita una política presupuestaria más flexible para los próximos años con el objetivo de que el sector público no cercene continuamente las posibilidades de crecimiento del conjunto de la economía.

Sin nuevos empleos no habrá presupuestos equilibrados como recordaba Helmut Schmidt en su excelente discurso en el Congreso del SPD en Berlín el 4 de diciembre de 2011. Es necesario retrasar los ajustes fiscales de los países con problemas o en recesión, lo cual hoy es factible tras el cambio de discurso de la Comisión y en virtud del incumplimiento de las previsiones de crecimiento. Si se incumplen las previsiones crecimiento se deben corregir a la baja los ajustes, no al alza –hay que ser contracíclico, no procíclico-. Si no se alcanza el crecimiento previsto no debe mantenerse el ajuste previsto –y menos aún en cuanto a cifras finalistas que exigen dobles o triples ajustes sobre lo inicialmente planificado-. A pesar de ello, veremos si no se vuelven acometer los mismos errores.

Es preciso también que el resto de países, en particular los que disponen de  márgenes para ello,  adopten estímulos para compensar los ajustes de los que lo están haciendo, garantizando que la política fiscal del conjunto de la zona euro sea al menos neutral y no contractiva como hasta el momento.

Europa y España necesitan un Plan de Crecimiento de 10 años que nos permita recuperar el ciclo perdido en el monocultivo inmobiliario, supere el mito 1996-2004 y acomode las reformas políticas y constitucionales que nuestro modelo de convivencia necesita y que no son imposibles de consensuar mientras perdure la crisis económica y sus consecuencias.

Coincidiendo con Pedro Saura: el crecimiento de la economía española debe venir de una mayor competitividad de nuestra economía, que bien puede ser una “competitividad de izquierdas” ¿Cómo hacerlo?, por un lado “diseñando instituciones con reglas claras y transparentes que eliminen el amiguismo y todo tipo de privilegios, primando la igualdad real de oportunidades ‘ex-ante’. Y de otra, el factor relacionado con la competitividad y la internacionalización sobre el que más ha insistido la literatura económica de la última década es el tamaño de empresa”.

Y todo ello, complementado “a la alemana”, continua Pedro Saura, con “unas relaciones laborales más equilibradas, con una mayor participación de los trabajadores en la toma de decisiones, una menor temporalidad y unos trabajadores más cualificados con salarios más altos”.

Por último, la unión social debe lograr que la estructura básica de bienestar social europea se armonice –pensiones, mercado de trabajo y convergencia de las legislaciones laborales, fiscalidad-, unos objetivos que deben complementar los que la izquierda europeísta y los socialdemócratas europeos defendemos en materia fiscal –unión fiscal, eurobonos, tesoro europeo- y financiero –unión bancaria-.

Pues bien, en lo social también.

Para ello es necesario impulsar políticas de dimensión europea destinadas a impulsar el crecimiento y el empleo, reducir las desigualdades y desequilibrios económicos, sociales y regionales, y convertir el modelo social europeo en seña de identidad y garantía de éxito y competitividad.

A pesar de todo lo anterior, de los errores reconocidos en Europa que no han encontrado todavía eco claro en la política económica impulsada desde la Unión, del mito 1996-2004 y del ciclo perdido 1993-2008, sigue quedando mucho por hacer. La crisis de la eurozona sigue siendo básicamente una crisis inconclusa que no ha obtenido las respuestas adecuadas por razones ideológicas.

España, aunque también Portugal y otros países, está viviendo una situación de crisis económica tan grave que la emergencia social que han provocado amenaza la estabilidad de sus instituciones democráticas. En este contexto de hundimiento económico la discusión sobre posibles vías de ajuste fino o de adecuación de las políticas de igualdad a las nuevas realidades condicionadas por la globalización –un clásico en las reuniones de partidos socialistas hasta 2008- tiene poco sentido. Las prioridades, al menos en el sur, son por desgracia otras. Y qué decir si además estamos gobernados por partidos como el PP, que aprovechan la crisis para tomarse la revancha sobre avances civiles y en materia de libertades que tuvieron lugar hace tres décadas como es el caso del aborto en España.

Nuestros viejos Estados-nación sólo podrían ser reemplazados por Europa, una Europa que está aplicando el mismo esquema de política económica a diferentes países de la eurozona a pesar de que sus problemas son muy distintos. La burbuja inmobiliaria y el hundimiento del sector de la construcción en España y todo lo que ha arrastrado consigo, por ejemplo, ha generado los mismos efectos que un shock de oferta propio, asimétrico, agravado por la crisis financiera global, algo que exige políticas específicas y no el esquema plano que nos ha impuesto la derecha europea. Su medicina ha sido un error, algo así como haber apostado por una tecnología equivocada.

Parece mentira que países como España que sufren tasas de desempleo del 30%, han perdido 7 u 8 puntos de su PIB en los últimos años y la cuarta parte de sus ingresos públicos, sostuvieran hace poco tiempo que una de las principales razones por las que se ingresaba en el euro era “tomar prestada la credibilidad” que aportaba la política monetaria de la Europa central, que era básicamente la de Alemania, el marco alemán y el Bundesbank. Los problemas de diseño institucional del euro han provocado que con la prima de riesgo descontrolada los tipos de interés hayan sido más bajos fuera de la eurozona, mientras que la política económica se decide fuera del alcance de las instituciones democráticas. Los parlamentos nacionales debaten, sin capacidad de modificación alguna, la aplicación de programas decididos en otros ámbitos, en la UE o incluso fuera de la misma, y presentados por troikas u otros.

El coste democrático ha sido muy grande. Las elecciones nacionales han llegado incluso a perder el sentido porque los cambios de mayoría en los parlamentos nacionales –Grecia o Portugal- no han tenido ningún impacto en las políticas impuestas por esas troikas. Políticas impuestas por la hegemonía conservadora y que están conduciendo a Europa hacia una situación muy peligrosa. En realidad, las únicas elecciones importantes son las de Alemania, ya vimos que ni Francia pudo realmente virar demasiado tras la victoria de François Hollande en 2012.

Por esta razón los socialistas del sur nos hemos sentido en algunos momentos huérfanos de una auténtica estrategia progresista de izquierdas común para toda Europa. Por ejemplo, ha hecho falta un año y medio para aprobar la Garantía de Empleo Juvenil (de junio 2012 a diciembre 2013) yel Pacto por el Crecimiento y el Empleo aprobado en junio de 2012 ha sido, cuando menos, desilusionante.

El diferente trato que se va a dar a las entidades financieras sometidas a supervisión y quizás resolución en la Unión Bancaria, por ejemplo, que deja fuera a las ‘sparkasse’ alemanas es otro decepcionante ejemplo. A pesar de la gravedad de la situación financiera de determinadas entidades financieras españolas, en particular las que fueron objeto de nacionalización y rescate en 2012, la percepción general ha sido que la UE ha sido claramente benevolente con la alemanas, entre otras, país que junto al Reino Unido han sido los que han dedicado un porcentaje mayor de su PIB al saneamiento de su sector financiero.

La crisis del coste de la vida se ha generalizado en toda la Unión con la subida constante de los precios de la energía y de los servicios públicos fundamentales, con los efectos del copago en sanidad y educación, la congelación y caída salarial generalizadas y la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones. Esta realidad no es consecuencia de la crisis sino de las opciones políticas predominantes, hegemónicas, de la derecha.

En toda Europa la derecha ha optado por iniciar una carrera para mejorar la competitividad europea basada en la reducción salarial y de los costes salariales, en la devaluación interna, una carrera “hacia abajo” que es imposible ganar porque nunca podremos medirnos en precariedad y miseria con países y  regiones en los que por desgracia las condiciones sociales son ínfimas, sí, a pesar de que algunas de sus industrias y sectores sean competitivos. Una estrategia, en definitiva, de desigualdad.

La igualdad contribuye a reforzar el crecimiento, de modo que desde una perspectiva de izquierda debemos perseguir la igualdad no sólo por razones éticas sino también económicas. Como sostiene Jesús Caldera, la desigualdad y la pobreza generan altísimos costes sociales y económicos. También, a más desigualdad menos inversión en educación, menor crecimiento económico porque los más ricos tienen mucha mayor capacidad de influir en las políticas públicas para defender sus intereses individuales y no los colectivos que exigen inversión en I+d+i, educación, sostenibilidad e infraestructuras. Asimismo, la desigualdad deprime la demanda interna y favorece las burbujas crediticias y las crisis financieras por la acumulación de activos financieros en sectores sociales o incluso grupos o familias muy reducidos.

Europa debe competir desde sus empresas en talento, en educación, al tiempo que contribuye a elevar las condiciones de vida del resto del mundo. La izquierda europea ha sido la mayor exportadora de prosperidad global de la historia de la humanidad. Nuestro modelo ha sido copiado con éxito en América, en Asia… y debe seguir siendo un referente. Los europeos debemos ser conscientes de que existe un nuevo paradigma que está sacando a muchísima gente de la pobreza extrema, el de China, sin democracia ni derechos humanos, sin instituciones reflejo de las que nuestra cultura de raíces greco-romanas y universalizada en la ilustración ha intentado propagar por el mundo, al menos desde que existe la Unión Europea o antes las Comunidades Europeas.

La para muchos antipática Europa, que dice al resto del mundo cómo debe comportarse con cierta superioridad moral, esa Europa proselitista en su realidad normativa, debe asumir que ahora existen otras opciones y que debe esforzarse más que antes. Más internamente para ser competitiva sin competir hacia abajo y más hacia fuera para demostrar que el bienestar sin democracia es sólo una conquista a medias, algo no sostenible.

Europa debe competir hacia arriba, no con países que no invierten en educación y que no protegen a sus ciudadanos. Y debe hacerlo mientras mantiene cada vez más vivo y abierto su vínculo con el resto del mundo.

Nota: Esta reflexión sobre ‘Europa, austeridad y nuevo rumbo’ se desarrolla en el capítulo 9 de “Ser Hoy de izquierdas”, de Juan Moscoso del Prado, Deusto 2014)

Para un análisis desde la teoría económica de una alternativa a la desigualdad, ver ‘Una alternativa de izquierdas a la desigualdad‘ en Fundación Sistema

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