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Europa y la socialdemocracia


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 28 de mayo de 2014 a las 11:47 | Clasificado en PSOE

El autor defiende la esencia socialdemócrata de Europa, en peligro por la crisis y por el giro conservador de los últimos años

Hoy, todavía, Europa es lo más parecido que hay a la socialdemocracia . Incluso, Europa es socialdemocracia. Se podría replicar que la construcción europea fue un éxito conjunto de democristianos y socialdemócratas, con los primeros al frente de más gobiernos durante las décadas iniciales de postguerra. Pero no es menos cierto que aquellos viejos cristianodemócratas, humanistas democráticos con sentimiento social, han sido reemplazados por agrios conservadores hijos de la revolución neoconservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y que cuentan con nuevos amigos en su propio seno o a su derecha, ya sean viejos y siniestros conocidos europeos como hemos visto en Grecia, y como estamos viendo crecer mucho en Francia o los Países Bajos, o una derecha fundamentalista y ultraconservadora a imagen de la que en Estados Unidos se autodenomina ‘tea party’.

Una derecha que la profunda crisis económica y social que estamos viviendo está poniendo en evidencia, demostrando lo poco tiene que ver con la que contribuyó a construir el estado del bienestar europeo. Mientras, por contra, la socialdemocracia sigue manteniendo intactos los principios y valores de entonces, convertida, como decía Tony Judt, en la prosa de la política europea contemporánea, lo cual constituye su principal problema, su éxito sin épica.

La combinación de crisis económica y supuesta crisis de la socialdemocracia nos obliga a responder con valentía. La izquierda no supo reaccionar con determinación a la crisis financiera de 2008. Esta crisis ofrece la oportunidad de quitarnos de encima las complicadas y vacuas definiciones acuñadas por la ‘tercera vía’ de Tony Blair en su intento de construir un pensamiento progresista compatible con la desregulación financiera y con la globalización en un marco neoliberal. Un camino que sólo sirvió para distribuir, y hacerlo de esa manera, la riqueza creada en unos años de prosperidad insostenible.

Vivimos tiempos de crisis social, de pérdida de calidad de vida y bienestar, de voladura controlada del sistema de igualdad de oportunidades que tanto costó construir, de abandono de la sanidad y educación públicas, de paro desbocado. Tiempos de inseguridad e incertidumbre en los que a pesar del indecente espectáculo protagonizado por el sistema financiero y sus gestores, los mercados han logrado imponer políticas sin debate democrático alguno con el fin de rescatar al sector financiero del desastre provocado por la desregulación que antes logró imponer.

Las consecuencias de esta crisis demuestran que nunca como en estos años había estado la política tan sometida a los intereses económicos de unos pocos. Este sometimiento ha provocado la mayor crisis de la construcción europea desde su creación porque Europa es justamente lo contrario: el sometimiento de la economía a un fin político, la convivencia democrática en libertad bajo nuestro modelo de bienestar social. Tras la Segunda Guerra Mundial Europa puso la economía –el carbón y el acero primero, el mercado común después, el euro…- al servicio de un gran sueño. Y esta crisis provocada por la desregulación ha puesto todos los sueños políticos, ciudadanos y de convivencia al servicio de un paradigma económico injusto e insostenible.

La combinación de crisis económica y una derecha más alejada que nunca de los valores humanistas de la ilustración, como apunta Tzvetan Todorov, ofrece una oportunidad irrepetible a la izquierda europea para construir una alternativa creíble. Un inmenso reto porque en la práctica, salvo honrosas excepciones, socialdemocracia sólo ha habido en Europa. Pero las cosas han cambiado también fuera de Europa, y mucho.

Dany Rodrik en su famosa paradoja que ya hemos citado varias veces señala la imposibilidad de conciliar tres elementos: democracia, soberanía nacional y globalización, teniendo que optar como máximo por dos. Democracia y soberanía llevan al aislamiento y la autarquía. Soberanía y globalización a ¿China? Si apostamos por la primera y la última, democracia y globalización, debemos convertir esta globalización en el campo natural de actuación de nuestra imperfecta Europa, reubicando en Europa la soberanía perdida por el Estado nación.

Esa alternativa exige, no obstante, tomarse en serio de una vez por todas el proyecto de construcción europea, y hacerlo tomando decisiones que lo transformen. Hay que asumir que una Europa de 28 miembros –pronto serán más- puede conducir rápidamente a un proceso de geometría variable en el que sólo unos pocos Estados profundicen en todo aquello imprescindible para volver a poner la economía al servicio de los ciudadanos.

En el ámbito económico, la Unión Europea, y más aún los países que conforman el euro, debe ser capaz de cerrar el deficiente diseño de lo que sólo es una unión monetaria. La unión fiscal y la unión bancaria ya en marcha deben tener un contenido diferente al que hasta ahora la derecha ha avalado desde su tutela permanente. Hace falta una armonización fiscal con impuestos y tipos marginales equiparables, un mecanismo de mutualización y solidaridad financiera y de la deuda como en cualquier unión federal –eurobonos, Tesoro, un presupuesto europeo eficaz y transparente, recursos propios, tasa sobre transacciones financieras…-, un BCE comprometido con el crecimiento y el empleo, y una regulación y supervisión bancaria con garantías también mutualizadas, tanto para la resolución de entidades fallidas como para los depósitos.

Y probablemente también, abrir el debate a nuevos espacios como el de las políticas que un presupuesto federal europeo debería financiar desde el principio de solidaridad, y en qué cuantía, o por ejemplo el talento –capital humano y tecnológico- y los elementos que garanticen la competitividad en todo el territorio comunitario. Porque del mismo modo que el sur, por ejemplo, necesita la credibilidad tomada prestada del norte para sostener sus finanzas, el norte necesita el inmenso mercado mediterráneo para soportar su industria y sistema productivo.

La política económica de dimensión europea está obligada a concentrar sus esfuerzos en educación e I+D+i, política industrial y energética, y a hacerlo desde la doble perspectiva de la sostenibilidad, tanto social como medioambiental. Exactamente lo contrario de lo que la derecha española y europea está eligiendo como camino, sin competir “hacia abajo” sino peleando para garantizar el éxito de nuestro modelo de sociedad “hacia arriba”.

El Parlamento Europeo debe ser la sede del control político de todas las políticas comunes. Ese es el camino para dar respuesta a las dudas de muchos como Daniel Innerarity , que denuncia con razón que la integración europea es un proyecto liderado y modulado por las élites sociales, políticas y económicas europeas con un sesgo tecnocrático excesivo y que eso no puede seguir siendo así. Innerarity cree que es inconcebible una política europea que haga frente a los inmensos retos que hoy afrontamos y que permita salir de la profunda crisis en la que estamos, sin el respaldo explícito de la población europea, de la ciudadanía.

La izquierda sólo cuenta con una única formación política organizada a escala europea, el Partido de los Socialistas Europeos. Los socialistas tenemos que convertirlo en un verdadero partido político. Un partido que sirva de referencia para la amplia panoplia de partidos de izquierdas con escasa o ninguna articulación a escala europea, y que al mismo tiempo se vuelque en la propuesta de políticas de dimensión europea destinadas a impulsar el crecimiento y el empleo, reducir las desigualdades y desequilibrios económicos, sociales y regionales, y convertir el modelo social europeo en seña de identidad y garantía de éxito y competitividad. Unos objetivos complementados asumiendo la inevitabilidad de las propuestas socialdemócratas en lo fiscal –unión fiscal, eurobonos-, falta avanzar por la vía de los ingresos, y financiero –unión bancaria, incompleta-, y reivindicando que la estructura de bienestar social europea debe comunitarizarse.

Claro que en lo social se debe amarrar antes, con mayor solidez que la presente, un compromiso común de la izquierda respecto a lo que debe ser una verdadera unión social. Un compromiso imprescindible que defina los elementos básicos que hagan de Europa la región más poderosa en bienestar, igualdad de oportunidades, dignidad vital, de manera compatible con la excelencia de sus empresas que son las que generan la riqueza sobre la que todo se sustenta como hemos logrado en las sociedades escandinavas, por ejemplo.

Algo sigue fallando cuando la solidaridad se defiende preferentemente para los nacionales de un mismo país. Sin duda la percepción de ciudadanía común europea, de pertenencia a un mismo espacio, de compartir un origen y un destino, todavía deben desarrollarse mucho más.

En lo social, la falta de proyecto común izquierda europea, las políticas de “empobrecer al vecino” -‘beggar thy neighbourg’, en el inglés original-, se practican con excesiva frecuencia en el seno de la Unión Europea debido a las imperfecciones institucionales existentes y a la supremacía de valores conservadores. Y también debido a la hegemonía de los marcos de referencia de la derecha que culpabilizan al sur de todos sus problemas, sean o no los responsables de los mismos.

A partir de 2014 hay que ir más lejos de lo que han propuesto durante la legislatura europea 2009-2014 el Partido Socialista Europeo (PES) y el grupo Socialistas y Demócratas (S&D) en el Parlamento Europeo para salir de la crisis, crecer y hacer frente al austericidio al que nos obliga una derecha ya sin argumentos. Pero atenuar o acabar con la austeridad, sin más, no implicará crecer como ya hemos argumentado. El crecimiento retornará cuando nuestra economía produzca de nuevo bienes y servicios competitivos utilizando los recursos ociosos existentes y los que se generen invirtiendo y a través de la educación, de la I+D+i, aumentando el potencial de crecimiento. Una economía sustentada en empresas sólidas e innovadoras con un nuevo énfasis industrial. Crecer exige ser competitivo a escala global.

La construcción del Estado de bienestar se fundamentó en el crecimiento, y ese debe volver a ser el objetivo de la izquierda, crecer, defender un modelo propio que priorice el concepto de desarrollo económico frente a la cruda idea de crecimiento sin más, sin atender a sus limitaciones y consecuencias. Un modelo claro, que asuma un entorno con retos estructurales como la globalización, el desempleo post-burbuja inmobiliaria con escasa formación, el endeudamiento o el envejecimiento de la población, elementos que exigen propuestas valientes.

A escala global, sólo Europa puede salir de la crisis por una senda progresista que conduzca a un futuro, o cuando menos a un nuevo ciclo económico, de crecimiento y mayor cohesión social y bienestar, que luche contra el aumento de la desigualdad. Si no se logra establecer un paradigma común norte-sur socialdemócrata, dentro y fuera del euro, será difícil reforzar el papel político que la izquierda pueda desempeñar en el próximo doble ciclo económico y político, no sólo en Europa sino también en el resto del mundo.

En el ámbito institucional la izquierda debe ser la vanguardia que confronte y detenga la resaca soberanista que amenaza Europa, y que exige la renacionalización de políticas hoy comunitarias o la generalización del intergubernamentalismo. Para ello es necesario reformar sus instituciones para dotarlas de verdadera esencia democrática y de capacidad de control ciudadano, oponiéndonos a su vez a cualquier retroceso. No tiene sentido debilitar permanentemente el procedimiento comunitario –la unión bancaria en su apartado de resolución, por ejemplo, en el Consejo Europeo de diciembre de 2013- o suspender Schengen cada vez que se organiza una cumbre financiera en una ciudad importante como ocurrió en Barcelona en abril de 2012 -las libertades fundamentales europeas no deben ser condicionales-.

La derecha ha impuesto que los acuerdos alcanzados en el Consejo entre gobiernos –intergubernamentalmente- eclipsen el trabajo de la Comisión Europea y condicionen en exceso la capacidad del Parlamento Europeo para participar en las mismas a través del procedimiento de codecisión. Todo ello debilita el ya de por sí limitado sistema de garantías democráticas del proceso de toma de decisiones de la Unión. La situación es casi crítica porque si no se lograr dotar de contenido político perceptible por los ciudadanos el trabajo diario del Parlamento Europeo, y si los ciudadanos siguen expresando su voluntad política principal en las elecciones a unos Parlamentos nacionales cada vez menos capaces de seguir y participar en el debate europeo, el futuro de Europa, en un futuro no muy lejano, quizá converja hacia una unión o alianza de Estados de tipo confederal frente al objetivo federal que hoy la sustenta.

La izquierda europea debe también luchar al unísono para seguir profundizando en la construcción de la ciudadanía europea, explicando con claridad en que consiste. Una vez más, sin percepción real y objetiva de lo que representa, carecerá de relevancia y tangibilidad política. La ciudadanía europea es una necesidad perentoria en una sociedad multiidentitaria de vocación laica en la que cada uno tiene derecho a sentir muchas cosas a la vez. Hay tanto por hacer, por ejemplo, Europa debe garantizar la última instancia judicial no sólo en derechos y libertades fundamentales como hace ahora en la institución hermana de la Unión, el Consejo de Europa en Estrasburgo, sino también en derechos económicos y sociales. Probablemente, tengamos que aligerar y superar nuestros problemas lingüísticos priorizando el inglés como segunda lengua comunitaria y vía de comunicación común.

La socialdemocracia tiene que lograr que su actuación en Europa sea coherente con los objetivos últimos de construcción de una Europa federal, de una verdadera unión política con todas sus consecuencias, como un servicio exterior y un ejército europeo donde se comparta, básicamente, todo. La construcción de una Europa unida y el sueño socialdemócrata de una sociedad democrática, justa y próspera han sido los motores políticos de nuestros últimos cien años.  Europa será socialdemócrata o no será.

Nota: Esta reflexión sobre “Europa, austeridad y nuevo rumbo”  se desarrolla en el capítulo 11 de ‘Ser Hoy de izquierdas’, de Juan Moscoso del Prado, Deusto 2014

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