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Incertidumbre global


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 1 de abril de 2013 a las 9:56 | Clasificado en PSOE

El diputado del PSOE alerta sobre cómo la decadencia económica europea trae consigo el fortalecimiento de regímenes y planteamientos políticos alejados de la democracia actual.

La crisis económica que está cebándose con los países mas desarrollados, en particular con los europeos, está acelerando los cambios geopolíticos que comenzaron a definirse antes de la llegada de la crisis.

La debilidad europea provocada por la dogmática imposición por Alemania -y sus satélites- de unas recetas económicas incompatibles, no ya con el crecimiento sino con el mantenimiento de un mínimo de orgullo internacional, están provocando el derrumbe del marco internacional construido bajo el modelo normativo de las democracia parlamentarias europeas.

A pesar de que los Estados Unidos del presidente Barack Obama confían en consolidar su recuperación sustentada en una combinación de políticas fiscales y monetarias opuestas a las que Angela Merkel impone en Europa con tanta autoridad como escasa pericia tal -como ha demostrado la crisis chipriota-, la autoridad moral europea está bajo mínimos y eso se nota en la aceleración de las transformaciones lideradas por otros países.

Ejemplos no faltan. En pocos días hemos conocido varios hechos que verifican esta tendencia.

El primer ejemplo, el bloqueo en unas Naciones Unidas de nuevo muy débiles por su incapacidad para acometer decisión alguna respecto a Siria, del tratado internacional sobre comercio de armas por la propia Siria junto a Irán y Corea del Norte.

Los tres, protagonistas voluntarios de las tres peores crisis -nucleares, humanitarias, de derechos humanos- que padece la comunidad internacional. Que semejante terna sea capaz de bloquear la instauración global de controles sobre la venta de armas, que con la legislación actual llegan sin problema alguno a países en guerra, regiones en las que se producen gravísimas violaciones de los derechos humanos, matanzas y genocidios, muestra una vez más la debilidad del sistema.

El segundo ejemplo lo constituye el anuncio de los cinco BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- de seguir con su plan de creación de un banco de desarrollo sur-sur que también tenga capacidad de actuación en el ámbito monetario para reemplazar paulatinamente el papel que el Banco Mundial y el FMI desempeñan, al menos en su ámbito inmediato de influencia, que no es poco.

A pesar de las duda que ofrece un proyecto todavía poco definido hay que recordar que en conjunto representan el 45% de la población mundial y el 21% del PIB.

La incertidumbre en el entorno global y en el orden internacional, que sin duda debe cambiar, evolucionar y consolidar tantos objetivos todavía lejanos, se concentra no tanto en el cambio como en la dirección que está tomando.

Lo preocupante es que el discurso claramente antioccidental que se escucha con cada vez más frecuencia se produce en un momento de profunda debilidad europea.

Europa, principalmente, y los Estados Unidos, con luces y sombras, han exportado durante el último siglo un esquema normativo de democracia, economía de mercado y derechos humanos que constituía el único camino hacia el desarrollo y la consolidación democrática. Hoy ya no es así.

Los errores occidentales antes -pero también después- del final de la Guerra Fría -apoyo a dictaduras, imposición del consenso de Washington, arbitrariedad en el respeto del derecho internacional como en Irak- combinados con la irrupción de nueva rutas hacia el crecimiento, la prosperidad e incluso la opulencia como la que marca China, han acelerado esos cambios.

Por eso hoy es cada vez más frecuente observar que los países que más crecen, e incluso los que a más gente sacan de la pobreza, lo hacen a ritmos superiores incluso a los que la revolución industrial sacó en el norte de Europa. Y a pesar de ello son países que políticamente divergen radicalmente del paradigma democrático europeo.

Así, la primavera árabe ha instaurado partidos islamistas con escasa sensibilidad hacia el respeto de la libertad religiosa, la igualdad de género y algunos derechos humanos fundamentales no menos graves que los que las dictaduras derrocadas tampoco respetaban.

En muchas regiones triunfan movimientos y partidos con inequívoca vocación de convertirse, si no lo son ya, en partidos únicos, con evidente menosprecio de las más elementales nociones democráticas como son la separación de poderes, el respeto al espacio de la oposición, el escaso compromiso con la vigilancia de los derechos humanos y mucho menos con los mecanismos internacionales de control de los mismos, o su cada vez más alegre defensa o aplicación de la pena de muerte. Por ejemplo los países del ALBA quieren debilitar -sino salirse- el Sistema Interamericano de Derechos Humanos de la OEA.

La separación entre izquierda y derecha se disipa porque el creciente populismo permite combinar el nepotismo económico y el control por unas élites de la economía y de sus instituciones de mercado, como la inmensa mayoría de empresas, con políticas de redistribución efectivas pero también arbitrarias, opacidad pública y confusión absoluta respecto a los símbolos del Estado -civiles, confesionales, a veces disparatados-.

Frente al modelo chino Rusia es una democracia casi perfecta, como lo son también en esta nueva escala de valores el resto de los BRICS y países emergentes que tras décadas de oscuridad están logrando sacar a porcentajes importantes de su población de la pobreza.

Así las cosas Europa, la Unión Europea no sólo ve cómo su estrella pierde brillo e intensidad en el mundo, sino incluso en su interior. La insolidaridad del norte con el sur y la extensión desde la cancillería alemana de esa demencial idea destructiva de que el norte es la virtud y de que el sur merece lo que está sufriendo y mucho más, supone la aplicación a la propia Europa de la peor medicina que los europeos hemos repartido por el mundo en nuestros peores momentos.

Algo que, por supuesto, refuerza la decadencia de nuestra influencia global en perjuicio de todos nosotros, los europeos del norte y los europeos del sur, y también ellos.

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