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Reto y ruta para la izquierda


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Juan Moscoso del Prado

Nacido en 1966, Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Portavoz de Economía del PSOE en el Congreso


Escrito el 30 de julio de 2014 a las 18:58 | Clasificado en PSOE

Lo que la sociedad espera de la política de izquierdas no es sólo una correcta administración desde unos valores ideológicos sino también una redistribución del poder

En estos tiempos turbulentos, la solidez del proyecto político de la izquierda española y europea es imprescindible. Su redefinición debe concentrarse en la recuperación de su credibilidad y rigor superando un periodo en el que la aparentemente infinita bonanza impuso prácticas y mensajes de escaso calado intelectual, más condicionadas por la realidad mediática, por sus ritmos y actores, que por las necesidades políticas ciudadanas, como después bien se ha podido comprobar. El abuso del marketing político y los mensajes prefabricados nos hizo mucho daño.

La exigente realidad obliga también a combinar de otra manera perfiles en los equipos políticos, prestando mayor atención a los factores que dignifican la acción política ante los ciudadanos desde la máxima ejemplaridad pública –mérito, capacidad, formación, intachabilidad-, integrando con habilidad aquellos con carreras largas en el seno de los partidos –y dando salida a los que han agotado sus ciclos políticos o sus oportunidades-, con otros cada vez más numerosos con trayectorias profesionales antes y por supuesto después de la política en el ámbito privado o en la administración. Los primeros gobiernos de Felipe González son un buen ejemplo.

Se acerca un nuevo ciclo económico, y también político, que exige cambios profundos, a todo y a todos, sobre todo a los que quieran sobrevivir, a las formaciones que quieran seguir ahí. A los que son imprescindibles como la izquierda. Sinceramente, no creo que haya otro camino.

Ahora más que nunca la izquierda está obligada a dar ejemplo. También a abrir nuevos cauces de relación con la sociedad eligiendo a sus candidatos a presidir gobiernos o a ser alcaldes mediante primarias abiertas en las que pueda participar cualquier ciudadano y potencial votante. Primarias porque la participación abierta es un fin en sí mismo, un instrumento de legitimación, movilización y de apertura. Y  primarias abiertas en los diferentes niveles políticos o de la administración: Gobierno, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos, lo cual exigirá generalizar esta práctica en el seno de los partidos políticos, quizás regulándolo por Ley, y abriendo un camino nuevo prácticamente inédito en que se deberá ir tomando nota de los errores que se produzcan.

Sin duda, una de las cuestiones más delicadas será la de cómo equilibrar y calibrar los resultados de las primarias con las direcciones de los partidos políticos, elegidas democráticamente en sus congresos, a poder ser mediante el voto directo de los militantes como ya ha hecho con carácter histórico el PSOE en su último congreso, y que en nuestro sistema juegan, y deben seguir jugando un papel político fundamental.

La derecha y el populismo conservador, o incluso de extrema derecha con aires urbanos, son los principales rivales de la socialdemocracia. El populismo no puede ser combatido desde su mismo nivel, desde su dimensión, desde el mismo marco de referencia como diría Lakoff. Debe ser respondido con argumentos sólidos, rebatiendo con el peso de la evidencia las falacias que esconde en la práctica totalidad de sus planteamientos populistas o derechistas. Argumentos siempre basados en el individualismo más insolidario -“a mí me iría mejor si…”- o en el victimismo exculpatorio de cualquier responsabilidad propia -“no tengo lo que merezco”, “mira esos recién llegados qué bien les va”…- La izquiera debe argumentar de fondo sus propuestas y respuestas y no hacerlas abusando de la vigilancia de las encuestas, de las opiniones en boga o de las marejadas impuestas por los medios de comunicación.

La potente llamada de atención que realizó Lakoff cuando demostró que la derecha crea e impone marcos de referencia favorables a sus intereses, que llegan a hacer innecesaria cualquier justificación racional del porqué de decisiones que sólo responden a principios ideológicos, está hoy más vigente que nunca y es de rabiosa actualidad. La austeridad expansiva es un buen ejemplo, como las falsas virtudes de las reducciones fiscales para los más ricos, el miedo a la inmigración o la necesidad de desmantelar el Estado de bienestar para volver a crecer. El debate y tormenta de cifras macroeconómicas de este tiempo en el que la recuperación económica es el nuevo eslogan es un buen ejemplo de ello. La desregulación, antes, o las falsas bondades de bajar impuestos a los ricos son también buenos ejemplos.

La socialdemocracia debe ser fiel a sus principios tradicionales, pero debe adaptarlos a la realidad de cada momento. Hoy, los trabajadores, la clase media, las familias que dependen de un salario o dos por cuenta ajena, los pequeños empresarios, los pensionistas, sienten que están perdiendo su posición en la sociedad, su estatus, y se convierten en víctimas fáciles del populismo. Frente al acecho de la ideología vacía, sin respaldo racional e intelectual, los ciudadanos necesitan pruebas claras de lo que la política ha hecho y puede lograr por ellos. En crisis como la actual, cuando los pilares de nuestra sociedad se tambalean, los eslóganes vacíos de la derecha son difíciles de combatir.

Asimismo, cuando la izquierda falla en sus argumentaciones, se cierra a defensiva, o no asume sus errores pasados –lo ocurrido en España entre 2010 y 2011 fue terrible para la principal formación de izquierdas española, ese es su principal lastre-  se fracciona, y lo ocurrido en las elecciones europeas así lo demuestra.

La división, ya sea interna o entre distintas formaciones políticas de izquierda, altera la percepción ciudadana de su capacidad, coherencia y competencia. Esa división afecta con mayor intensidad a las formaciones de izquierda que a los partidos de derechas, que pueden incluso llegar a impostarla para ampliar su espectro ideológico abarcando posiciones aparentemente contradictorias.

Frente al populismo la inteligencia emocional es el complemento imprescindible que necesita el enfoque racional, la aproximación científica a la política que constituye el método tradicional de la izquierda heredera de la ilustración. La izquierda que basa su actuación en la lucha contra la injusticia y la ignorancia. Alfonso Guerra suele definir el socialismo como el ansia de trabajar para que ningún ser humano sea tan poderoso como para someter a un semejante, y que ningún ser humano sea tan débil como para dejarse someter. Lograrlo, exige conocer el estado anímico de los ciudadanos y no sólo sus principales parámetros estadísticos, económicos o sociales. Exige una estrategia y no una consecución de tácticas. Inteligencia emocional, sensaciones, emociones, acompañadas de análisis racional, herramientas, constataciones empíricas y proyectos claros.

La izquierda del siglo XXI debe entender que debe considerar el poder de una manera distinta, con una mayor sofisticación, porque lo que la sociedad espera de la política de izquierdas no es sólo una correcta administración desde unos valores ideológicos sino también una redistribución del poder. Una redistribución del poder en una sociedad ávida de recuperar su impulso democrático y participativo, que exige, como decía antes, unas dosis mínimas de inteligencia emocional para evitar caer en la apatía que provoca la tecnocracia. La izquierda no sólo ha perdido elecciones por el contexto de crisis; no, ha habido otros elementos porque los ciudadanos y ciudadanas saben bien que el crecimiento económico, o la mejora de los salarios incluso, son logros a los que contribuyeron de manera decisiva gobiernos de izquierdas o socialistas y socialdemócratas durante décadas, hechos que sin embargo no han evitaron la posterior derrota en las urnas de gobiernos progresistas.

A pesar de que las cifras macroeconómicas muestran que se acerca cierta recuperación, o que al menos hemos tocado fondo y lo peor ha pasado, hay claras pautas de fondo preocupantes que se imponen por encima de quien gobierne, se reducen los impuestos de los más ricos o de determinadas rentas, los salarios caen, la inversión social y en políticas de crecimiento sigue congelada o en retroceso -y con ello aumenta la desigualdad y se debilita la ya de por sí endeble igualdad de oportunidades de nuestra sociedad-… Otras tendencias o inercias se mantienen: los gigantes bancarios o financieros “demasiado grandes para caer” siguen ahí, y además siguen creciendo y engordando.

Todo ello hace insostenible el crecimiento y la confianza en un futuro mejor, de cohesión y seguridad. Las familias trabajadoras, la clase media –clase media trabajadora-, son el principal motor del crecimiento con su trabajo, su ahorro y consumo, su contribución a la convivencia y cohesión social viviendo en comunidad y sosteniendo y utilizando los servicios públicos básicos, y también como fuente de emprendedores, de innovación y cultura… por su irremplazable aportación al bienestar global.

No tengo ninguna duda de que el ensanchamiento de esa clase social, la clase media o clase media trabajadora, debe ser el objetivo de la política de izquierdas porque es la piedra angular de nuestra sociedad, de nuestro modo de vida europeo, sostenido, basado en valores inmateriales, de nuestra democracia. Un fin que al instrumentarlo exige acabar con la desigualdad, la pobreza y la exclusión, y garantiza la distribución de poder entre los individuos, el refuerzo de la dimensión civil de nuestra sociedad y la igualdad de oportunidades. Un fin que garantiza la convivencia en pluralidad y diversidad que es seña de identidad del progreso y de la izquierda y contra el que se revela la derecha y el populismo.

Nota: Estas ideas las desarrolla el autor en el capítulo 12 de ‘Ser hoy de izquierdas’, Deusto (2014)

Los votantes dicen...
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