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El monstruo del paro y el Contrato Único


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Carlos M. Gorriarán

Doctor en Filosofía y licenciado en Historia, profesor de la UPV desde hace dos décadas. Diputado por UPyD, partido donde es responsable de Programa y Acción Política


Escrito el 15 de mayo de 2013 a las 10:39 | Clasificado en UPyD

Con un paro de 6.2 millones de personas, y vistos los resultados de la reforma laboral, UPyD propone adaptar el contrato único indefinido a España.

Si uno escucha hablar del monstruoso desempleo español a Rajoy, pero también a Rubalcaba o a Cayo Lara, extrae la sensación de que los 6.2 millones de parados son la consecuencia de una maldición de la naturaleza, que en las respectivas jergas puede llamarse “rigidices del mercado laboral” o “egoísmo del capital”. La cosa es más sencilla: España padece un mercado laboral dual, formado por un conjunto de empleos con contratos muy protegidos y otro de contratos muy precarios. Ahí está el origen del problema.

Es una de las herencias envenenadas del franquismo sobre las que izquierda y derecha prefieren pasar de puntillas, pues, por diversas pero convergentes razones, sindicatos, patronales y partidos tradicionales prefieren dejarla como está (como el modelo territorial de Estado de 1978 y otros fracasos). Y, sin embargo, ese modelo dual es en buena parte responsable de un problema recurrente y cíclico: las crisis económicas provocan enormes y vertiginosos aumentos del desempleo, y el pleno empleo es algo lento, raro y precario, exclusivo de fases de gran expansión económica (como la de 1990-2008).

La razón es bastante fácil de entender: cuando las empresas comienzan a tener dificultades económicas, recurren al ajuste más fácil, rescindir los empleos precarios, de los que existe una increíble panoplia (más de treinta tipos). Si la crisis arrecia se acaban destruyendo millones de empleos precarios que, a su vez, agravan la crisis por la disminución del consumo y el aumento del gasto público en prestaciones por desempleo y ayudas sociales, lo que hace mucho más probable que los empleos estables protegidos también acaben liquidados por los EREs.

Es lo que ha pasado estos años, hasta llegar a la monstruosa cifra de 6.2 millones de parados, con la bomba de relojería añadida del 60% de paro juvenil. En efecto, el paro juvenil implica reducción de aportaciones a la seguridad social, emigración de los profesionales más competitivos, pérdida de la inversión en educación y de know-how en las empresas, e interrupción del relevo generacional laboral, fiscal y profesional: un auténtico desastre colectivo, además del personal de cada parado.

Todo consecuencia, en buena medida, de ese mercado laboral dual que el establishment de nuestros pecados se niega a alterar. En la medida en que los empresarios encuentran costoso y arriesgado en exceso contratar con la modalidad protegida antigua, los nuevos empleos privados están casi condenados a ser empleos precarios, y también los primeros en la casilla de salida del despido en cuanto se presenta una crisis. A su vez, eso hace que las empresas no se esfuercen demasiado en formar trabajadores de los que puede tener que prescindir en pocos años, ni mucho menos en convertir a los eventuales en fijos.

Mientras tanto, los trabajadores protegidos y sus sindicatos se desentienden de las condiciones laborales de los precarios y rechazan cualquier forma de flexibilidad laboral y salarial que disminuya sus derechos particulares. Un círculo vicioso de incentivos perversos que redunda en más precariedad laboral, menos empleo de calidad y más separación entre la primera división laboral y el resto de las categorías.

¿Tiene esto solución política? Vaya por delante que la legislación laboral no crea, por sí misma, empleo: eso solo lo consigue el aumento de la actividad económica. Si no fuera así, la insistencia de la vieja izquierda en crear empleo por decreto-ley sería la más exitosa del mundo: el paro quedaría eliminado por un acto de voluntad política.

Desgraciadamente, eso es falso. La legislación laboral no crea empleo, pero sí crea las condiciones para que el empleo sea mejor y el mercado laboral más justo cuando haya reactivación de la economía. Y previene que la próxima crisis no se resuelva con millones de despidos de empleados precarios, sino con fórmulas de flexibilidad salarial y reparto del trabajo. Lo que hacen los envidiados países del norte de Europa, por ejemplo. Si adoptáramos su modelo laboral, la reactivación económica sería más rápida, sólida y duradera.

Recogiendo un diagnóstico ampliamente compartido hace tiempo -por ejemplo, en los blogs de Fedea y ahora en Politikon-, UPyD ya ha propuesto, cosechando ese rechazo unánime que nos disgusta poco (expresa que proponemos cambiar reglas de juego tramposas), la fórmula conocida como “contrato único indefinido”, con indemnización por despido creciente y acumulación de los derechos laborales al cambiar de empleo. En resumen, propone que la indemnización por despido sea al comienzo de 12 días por año trabajado, menos que la prevista para los empleos protegidos pero mucho mayor que la actual para contratos precarios, y vaya ascendiendo en el tiempo hasta llegara a los 34 días por año trabajado para despidos improcedentes.

Para afrontar la indemnización por despido, la empresa iría dotando un fondo que el trabajador podría llevarse a otra con su nuevo contrato. La ventaja de este sistema es que todos los contratos son indefinidos desde el inicio y los derechos laborales son acumulativos: no se pierde antigüedad al cambiar de empleo. También se evita el riesgo empresarial implícito en convertir a un trabajador eventual en fijo, porque se pasa de una indemnización muy baja a una muy alta. La indemnización creciente hace más atractiva y menos arriesgada la contratación, la incentiva. Ciertamente, supone un pequeño coste para la empresa, pero a cambio le evita afrontar un gran pago en caso de despido. Y como el trabajador lleva esa indemnización consigo al cambiar de empresa, favorece la movilidad de los trabajadores.

Ha funcionado muy bien en Austria y, en general, en los modelos de “flexiseguridad” laboral de varios países. Lo que está claro que ha fracasado sin paliativos es el modelo dual español, el mismo que partidos tradicionales, sindicatos y patronales se niegan tercamente a cambiar de verdad. Rajoy se ha enorgullecido de los resultados de su propia e ineficaz reforma laboral, que sólo hace más fácil despedir a los precarios. El resultado del que se enorgullece son los 6.2 millones de parados, récord absoluto y relativo de Europa.

A la vez, transmite a la opinión pública mediante sus altavoces mediáticos que no hay alternativa ni cabe hacer otra cosa contra el paro. Pues sí, cabe debatir, al menos, las ventajas e inconvenientes del contrato único indefinido adaptado a España. Claro que no son Rajoy y el PP los únicos responsables de este bloqueo a los derechos básicos de millones de personas: comparten la culpa con PSOE, IU, CCOO, UGT y CEOE, más otros agentes políticos y sociales de menor peso. Cuando ellos despertaron, el monstruo del paro multimillonario seguía allí.

Los votantes dicen...
  1. Por no hablar de que al estado se le ahorraría millones y millones, pues los impagos de indemnizaciones cesarían (al estar garantizados por ese fondo y no depender de la liquidez de la empresa, es decir, adiós, FOGASA) y bajaría enormemente la cantidad de juicios y demandas por despido improcedente y pagos de indemnizaciones…

  2. psico dice:

    Esta claro q hay q buscar soluciones, principalmente en el terreno economico, de nada sirve una nueva modalidad, aunque suponga avances, si la economia no crece y genera empleo.

  3. Jorge Pérez dice:

    Además de los empleos que no sirven y que contribuyen al déficit público como los cargos de confianza, diputaciones y duplicidades.

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