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La dimisión de Cervera o cajas, corrupción y todo lo demás


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Carlos M. Gorriarán

Doctor en Filosofía y licenciado en Historia, profesor de la UPV desde hace dos décadas. Diputado por UPyD, partido donde es responsable de Programa y Acción Política


Escrito el 12 de diciembre de 2012 a las 10:44 | Clasificado en UPyD

El diputado de UPyD reflexiona acerca de la dimisión de Santiago Cervera y del papel de las cajas de ahorros.

Permítanme comenzar este comentario llamando la atención sobre un hecho de lo más desusado: la renuncia a su escaño, este lunes, de Santiago Cervera tras aparecer involucrado en un extraño caso de chantaje relacionado con los manejos en la antigua Caja Navarra, actualmente parte de Caixabank. Lo desusado, naturalmente, es que en España alguien dimita de un cargo si ello conlleva la pérdida de ventajas personales, como lo era para Santiago Cervera la condición de aforado que tenemos los diputados.

Cervera ha explicado, en rueda de prensa -otra rareza-, que prefiere defenderse sólo y no afectar a su partido -y supongo que tampoco al Congreso- durante el proceso judicial. No menos desusada ha sido la lejanía y frialdad de su partido con el dimisionario, sobre todo teniendo en cuenta la cerrada defensa de la “presunción de inocencia” que el PP usa con sus numerosos imputados por corrupción, como los diputados de las Cortes Valencianas sin ir más lejos. Pero esa es otra cuestión.

Ya he dicho que la dimisión de Santiago Cervera me parece, además de desusada, positiva e indudablemente beneficiosa para la democracia y sus instituciones. Creo que ya sólo por eso, y al margen de si el exdiputado consigue demostrar su inocencia, todos los que compartimos la urgencia de restaurar el perdido prestigio de la instituciones debemos estarle agradecidos. Conviene aclarar que nunca he tenido ningún contacto personal con él, y que es pura casualidad -o decisión de Borja Ventura y su equipo- que ambos compartamos columna en este medio digital. Vamos, que ni pretendo romper una lanza particular por Santiago Cervera ni defender interés común alguno más allá de ciertos principios.

Esta advertencia es necesaria en un país donde las dimisiones suelen entenderse como demostraciones de culpabilidad o prueba de oscuros conflictos subterráneos -retorciendo el dicho de ‘excusatio non petita acusatio manifiesta’-, y donde defender a un dimisionario suele entenderse también como indicio de complicidad en lo que sea (aunque los cómplices suelan apresurarse más bien a poner tierra por medio).

La sombra de las cajas

De este caso me llaman la atención dos cosas. La primera es la rara, digna y éticamente coherente dimisión en sí. La segunda no es el embrollado aspecto de thriller pintoresco que tiene la historia: la dejo para los aficionados al género. No, se trata de su imbricación con el fenómeno de la corrupción en las cajas de ahorros.

La conexión que establece el propio Cervera entre el caso de chantaje (la trampa en la que habría caído por imprudencia) y sus denuncias de las malas prácticas financieras de la CAN es totalmente verosímil. Cada día que pasa se acumulan las evidencias de que el sistema político-mediático-financiero organizado por y en torno a esa mitad del sector bancario español era corrupto y corruptor. Y también de que se trata de corrupción institucionalizada y sistemática, no de fenómenos aislados.

Una corrupción que en algunos casos ha sido sólo ética o deontológica, como las malas prácticas financieras habituales de muchas cajas quebradas y rescatadas: créditos espléndidos a amigos y directivos, y condonaciones masivas a partidos políticos presentes en sus Consejos de Administración.

En otros casos corrupción política, ya que las cajas están implicadas en numerosos casos de corrupción de cargos públicos -algunos de los cuales formaban a su vez parte de Consejos de Administración de esas entidades-, o en la financiación de inversiones disparatadas y dañinas de sospechosa utilidad pública y turbia utilidad privada (por ejemplo, el absurdo aeropuerto de Ciudad Real que acabó con la Caja de Castilla-La Mancha.

Y, finalmente, de clara corrupción penal y delictiva, como la que apreciamos en la querella contra los consejeros de Bankia que aceptó la Audiencia Nacional y sigue su curso de, no por esperadas, menos interesantísimas revelaciones. La principal de las cuales es que el cuarto banco sistémico del país y núcleo del grupo Bankia-BFA (Caja Madrid) estaba dirigido muy mayoritariamente por sujetos nombrados por partidos y sindicatos de manifiesta incompetencia para el puesto o inmoralidad en su modo de obrar, o ambas cosas: ignorantes y sinvergüenzas o sinvergüenzas ignorantes. A la espera de la declaración de Rato y otros pesos pesados, pocas dudas caben ya de que ese sistema financiero alabado en su día como el mejor del mundo por el presidente Rodríguez Zapatero era, en realidad, una explosiva combinación de los establos de Augias, el patio de Monipodio y un casino clandestino.

¿Qué tiene pues de particular que el nuevo culebrón en el que se ha visto implicado el diputado dimisionario tenga también como espacio dramático una caja de ahorros incorporada al grupo Caixabank en oscuras condiciones financieras, la antigua CAN? Pues realmente nada. Cuando los icebergs encallan, la discreta parte sumergida queda a la vista de todos. Y ahora está bajando la marea: también llamamos crisis a ese fenómeno. Por cierto, lo mejor que puede pasarnos es que la marea baje del todo y ese iceberg de la corrupción sistémica e institucionalizada se deshaga públicamente.

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