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Política sin laicismo


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Carlos M. Gorriarán

Doctor en Filosofía y licenciado en Historia, profesor de la UPV desde hace dos décadas. Diputado por UPyD, partido donde es responsable de Programa y Acción Política


Escrito el 20 de marzo de 2013 a las 10:22 | Clasificado en UPyD

El laicismo consecuente previene a la Iglesia de decidir en el ámbito político, pero también al revés: es una majadería esperar que el Papa sea menos católico que los anteriores.

La reciente elección del nuevo Papa, con todos sus fastos rituales, ha vuelto a poner de relieve dos cosas que a veces cuesta admitir: que la Iglesia católica sigue ejerciendo una gran fascinación en estos tiempos supuestamente escépticos, y que el verdadero laicismo es rara avis en la política española.

Lo primero no parece reclamar mucha demostración, ya aportada por las grandes cantidades de papel y horas de emisión dedicadas al Cónclave y al Papa Francisco por medios que, en muchos casos, presumen de ser críticos con la Iglesia o laicos militantes. El despliegue y el fracaso de todos los pronósticos sobre la elección papal también ha revalidado las razones para preocuparse por la narcisista decadencia del periodismo y la facilidad con la que otorga el título de experto en lo que sea, por ejemplo, en los intríngulis de la opaca Iglesia católica, a cualquier tertuliano o columnista que no sabe de eso más que tú o que yo, lector.

Respecto a la escasa fortuna del laicismo en la política española, baste con señalar que el único partido que no hizo declaración alguna sobre la elección papal fue el mío, UPyD. Todos los demás se consideraron obligados a algún tipo de comentario, naturalmente político: desde quien celebraba desvergonzadamente la elección como un éxito de su propio programa, como hizo el presidente Rajoy al esperar del nuevo papado una renovada oportunidad para estrechar vínculos con el Vaticano -olvidando que somos un Estado aconfesional y que tan piadosa expectativa sobra en un presidente del Gobierno-; hasta los partidos de la izquierda que aprovecharon la oportunidad para esperar algo tan estrafalario como que el nuevo Papa no fuera tan católico como era de suponer.

El laicismo es, esencialmente, la separación de las creencias religiosas y morales de los procedimientos democráticos de legislación y gobierno. Lo que significa, en los países de mayoría o tradición cristiana, separar la(s) iglesia(s) del Estado. Algo, sin duda, problemático, pero inseparable de la democracia. Por eso, los Padres Fundadores de los Estados Unidos decidieron que esa separación tuviera rango constitucional, pese a que la mayoría de ellos eran cristianos piadosos y pese a que, por eso mismo, las menciones a Dios abundaran en los documentos de la nueva nación, desde la Declaración de Independencia al dólar, desde 1864 (In Good we trust). Pues una cosa es confiar en la divinidad y otra muy diferente confiar el poder a sus aspirantes a representarlo en la Tierra. A pesar de tan prometedor comienzo, los Estados Unidos no han dejado de perder en laicidad… signo de lo actual que sigue siendo la lucha por un Estado laico.

Donde más claramente se percibe la dificultad de fondo que ofrece el laicismo consecuente a cualquier tipo de creyente en una religión o ideología política (especialmente en las religiones políticas, como los nacionalismos o la izquierda revolucionaria), incluyendo a los ateos proselitistas, es en este tipo de ocasiones. Un partido laico consecuente no tiene nada que opinar sobre el Sumo Pontífice católico o el modo de elegirlo; es, con toda evidencia, un “asunto interno” que sólo concierne a los católicos.

La cosa cambiará cuando ese nuevo Papa actúe como un personaje relevante interviniendo en temas propiamente políticos, tanto internacionales como relativos a la política de tu propio país. Entonces la opinión y la crítica serán incluso necesarias, como en todas las ocasiones en que los Papas han intervenido para condenar la legislación sobre el aborto o el matrimonio entre homosexuales, o para defender privilegios fiscales y educativos para la Iglesia en el marco del Concordato (que no debería existir y habrá que sustituir por un acuerdo marco entre Estado e Iglesia y demás comunidades religiosas legales). Entonces sí es normal y lógico que un partido se manifieste sobre lo que opine el Papa o cualquier otra autoridad comparable.

Pero hasta que eso ocurra, parece fuera de la lógica del laicismo auténtico tratar de influir, condicionar u orientar la elección de un Papa o sus creencias. Estas últimas serán, indudablemente, ortodoxamente católicas y, por tanto, contrarias al aborto, el matrimonio gay o la igualdad total de la mujer. Algo tan evidente no supone ningún problema para la política laica, que sólo se opone radicalmente al intento de convertir esas creencias en guías de la legislación democrática, tratando de que el aborto se considere un delito en cualquier caso o de que se anule el matrimonio homosexual. Viceversa, la presión política sobre las preferencias, creencias y normas de los católicos a la hora de elegir un nuevo Papa no puede considerarse otra cosa que una intromisión opuesta al laicismo.

En fin, tratar de que el nuevo Papa tenga valores y creencias distintos e incluso opuestos a los de su Iglesia es no solo una majadería solemne, sino la mejor demostración de que muchos de los que se consideran laicos no lo son en absoluto. Son simplemente creyentes en su propia religión política, y de ellos también debemos preservarnos con mucho cuidado los auténticos laicos. Y ya puestos a elegir, los boatos del Cónclave son estéticamente más fascinantes que el nacionalismo o el paleoizquierdismo cutre de la movilización permanente contra todo lo que no controlen, qué quieren que les diga.

Los votantes dicen...
  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com: La reciente elección del nuevo Papa, con todos sus fastos rituales, ha vuelto a poner de relieve dos cosas que a veces cuesta admitir: que la Iglesia católica sigue ejerciendo una gran fascinación en estos tiempos supuesta……

  2. espaiderrafa dice:

    En primer lugar, la elección del Papa supone también la elección de un jefe de Estado. Por tanto, en mi opinión, es totalmente conveniente que un partido político de su opinión acerca de esta elección o tenga unas palabras hacia esta persona.

    En segundo lugar, el presidente Mariano Rajoy puede expresar su opinión personal si así lo desea. Además, que España deba legislar y legisle al margen de las opiniones que se viertan desde el Vaticano, no hace que la Iglesia deje de ser esencial para la mayoría de ciudadanos, que están en su derecho de querer ver cubiertas sus necesidades religiosas (como también aquellos que profesen otra religión), las cuales han de ser cubiertas en colaboración con la Iglesia. Por ello, tampoco está de más hablar de renovar relaciones con el líder de esta u otra religión, siempre que no interfiera en la legislación formulada de manera aconfesional.Un estado aconfesional puede y debe (siempre en mi opinión, claro está) cubrir las necesidades religiosas de sus ciudadanos, al igual que cubre otras.

    Por último, me choca su afirmación sobre las creencias de la Iglesia y la igualdad de la mujer, la cual me parece más un tópico que un hecho.

    Un cordial saludo de un votante de UPyD

    • Luzfugaz dice:

      Estando de acuerdo con todo lo que dice, como simpatizante y votante por ahora de UPyD, tengo que añadir que estuve en contra de la intervención de los concejales de Alcalá de Henares contra las manifestaciones, dentro de la doctrina de la Iglesia, del obispo de dicha población realizadas en un acto religioso propio.

      Escribí en Facebook a Ricardo Rubio mis opiniones en contra de sumarse a las iniciativas de partidos anticlericales y por tanto no laicos. El respeto a todos los ciudadanos lleva implicito el respeto a sus creencias. Que la doctrina católica considere que la institución del matrimonio fue creada para la protección de la madre embarazada y su fruto y que por ello dicha palabra no debe ser empleada para designar las uniones de personas del mismo sexo es totalmente lícita y no ofende a nadie. Solo ofende a aquellos que no admiten su propia realidad y quieren hacerla comparable a la de otros, es como si los calvos no admitiendo su propia realidad quisieran crear una nueva categoria de melenudos. (Sr. Gorriaran no se dé por aludido. Es una broma)

      El Sr. Gorriaran hace muy bien en hablar de EEUU. Lincoln no pertenecia a ninguna organización religiosa concreta pero era muy religioso y leia la Biblia a diario. Su lucha contra la esclavitud estaba inspirada en la Biblia de la misma forma que la declaracion de los derechos humanos está basada tambien en la misma.

      Que los hombres de nuestra sociedad sean profundamente religiosos no es malo para la sociedad. Lo malo son aquellos que dicen que son religiosos y sin embargo no respetan ningún principio.

    • Luc dice:

      A mí también me ha parecido que “lo de la igualdad de la mujer” es un tópico. Sólo necesité unos minutos de ver la tv para darme cuenta, lástima que no saliera ninguna de las cardenalas más “papables” (mamables queda uff) eran mis favoritas!

      • espaiderrafa dice:

        Ser sacerdote no es un derecho, eso ha de estar claro. Aparte, se puede entender bien (siempre que no se hable desde los prejuicios) que un principio evidente, como es el de la igualdad entre hombres y mujeres, puede encontrarse en el caso del sacerdocio con una forma de entender cómo éste fue instituido. Esa forma de entender cómo debe ser el sacerdocio puede ser discutible y de hecho lo es, incluso en el seno de la Iglesia. Pero decir que el hecho de que las mujeres no puedan ordenarse es un acto de discriminación sexual es no entender o no querer entender nada.

        Si un sordomudo quiere ser sacerdote, pero se decide que por su discapacidad no es apto, no es una discriminación por su discapacidad. Simplemente la Iglesia entiende su sacerdocio de una manera (que, repito es discutible y discutida) en la que no encajan ciertas personas.

        Pero sobre todo, como he dicho al principio, el sacerdocio no es un derecho.

        • Luc dice:

          Durante más de 2.000 años no han tenido tiempo (¿o ganas?) de institucionalizar ningún mecanismo y/o jerarquía en el que las mujeres puedan optar a tener cuotas de decisión, responsabilidad y poder similares (y equitativos) a los de los varones dentro de la iglesia.
          Quizá eso tampoco sea un derecho, desde luego un deber, no parece.
          Esperemos 2.000 años más antes de insinuar siquiera que “como institución” la iglesia discrimina (excluye) a las mujeres, por aquello de darles margen, digo.
          :-)

  3. Carlos E. dice:

    Mateo 20; 15:21


    Los fariseos se movieron para ver juntos el modo de atrapar
    a Jesús en sus propias palabras. Le enviaron, pues, discípulos suyos junto con
    algunos partidarios de Herodes a decirle: «Maestro, sabemos que eres honrado y
    que enseñas con sinceridad el camino de Dios. No te preocupas por quién te
    escucha, ni te dejas influenciar por nadie. Danos, pues, tu parecer: ¿Está
    contra la Ley pagar el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no?»

    Jesús se dio cuenta de sus malas intenciones y les contestó:
    «¡Hipócritas! ¿Por qué me ponen trampas? Muéstrenme la moneda que se les
    cobra.» Y ellos le mostraron un denario.

    Entonces Jesús preguntó: «¿De quién es esta cara y el nombre
    que lleva escrito?»

    Contestaron: «Del César.»

    Jesús les replicó: «Devuelvan, pues,
    al César las cosas del César, y a Dios lo que corresponde a Dios.»

    Si esto no es laicismo, que venga Dios y lo vea.

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