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Quieren hacernos callar


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Beatriz Becerra

Madrileña del 66, casada y madre de veinteañero. Licenciada en Psicología y MBA, especializada en Organización y Recursos Humanos, con veinte años de experiencia profesional en marketing, publicidad y comunicación. Novelista y docente. Diputada al Parlamento Europeo por UPyD.


Escrito el 8 de enero de 2015 a las 13:08 | Clasificado en UPyD

Pasmo. Miedo. Silencio. Silencio y ruido. Plomo y dolor. 11S en Nueva York. 11M en Madrid. 7J en Londres. 7E en París.

Ayer, en una ciudad-símbolo universal como París, donde no te libras de una multa de aparcamiento en una calle recóndita, tres hombres encapuchados y armados con Kalashnikov entraron en la redacción de una revista satírica amenazada desde hace años y ejecutaron sin miramientos a doce personas e hirieron a otras tantas al grito de “Vamos a vengar al profeta”.

Uno de los asesinados era un policía, el primero en llegar. Herido en la calle, lo remataron en el suelo mientras pedía clemencia.

Los encapuchados huyeron con tanta precisión y frialdad profesional como llegaron y actuaron. Horas después fueron identificados. Se llaman Saïd, Chérif y Hamyd.

El policía se llamaba Ahmed.

Probablemente tenían mucho más en común de lo que podemos llegar a imaginar. Solo que los asesinos habían vuelto a París este verano después de haber sido entrenados y de haber entrado en combate con la guerrilla yihadista del Estado Islámico en Siria. Y, de nuevo, se trataba de individuos cuyos movimientos eran conocidos.

De nuevo.

Stéphane Charbonnier ‘Charb’, director de Charlie Hebdo, llevaba ocho años amenazado. Una de las doce personas asesinadas ayer era precisamente el agente que tenía asignada su protección. Tenía muy claro que la vida no merecía la pena si no podías hacer aquello que crees que debes hacer, en el ejercicio de las libertades fundamentales que la democracia te garantiza. Como él mismo decía irónicamente, “había que elegir entre la libertad de expresión y la de circulación. Yo elegí la primera”

La amenaza global es el fanatismo (y el totalitarismo y el integrismo). La intolerancia. El desprecio al que no piensa o vive igual. Es el virus global, el ébola de la humanidad entera. La imposición de unos cuantos sobre el resto.

En la esencia del fanatismo (y el totalitarismo y el integrismo) están el odio y el desprecio al otro, y la convicción de que sus derechos pueden ser vulnerados. No, nunca es solo la religión. La infección es siempre más profunda.

Y la gran diferencia entre el fanatismo (y el totalitarismo y el integrismo) y la democracia es que “en democracia no hay verdades absolutas, ni dogmas ni blasfemias. Cada uno tiene derecho a expresarse libremente, y cada uno tiene que aceptar que sus convicciones sean contestadas, incluso con virulencia. Lo uno conlleva lo otro. Si ponemos en duda este principio, ponemos fin a la democracia”.

Así se expresaba ayer, en la jornada de plomo y dolor que ha conmocionado al mundo, el exprimer ministro belga Elio Di Rupo, que pedía “un minuto de silencio y después un minuto de ruido, porque los fanáticos quieren hacernos callar. Vamos a demostrarles que su combate está perdido de antemano. En momentos como estos, las democracias deben hacer un bloque para evitar el deshonor de una capitulación ante la barbarie”.

Exactamente de eso se trata. El corazón de la sociedad democrática no es otro que la tolerancia, el respeto mutuo y la garantía de derechos y libertades civiles. Ante un disparo al corazón, la respuesta ha de ser tan clara, digna y sólida como los valores que caracterizan a esa sociedad que componemos: fuerza, unión y determinación en una respuesta integrada e inequívoca.

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