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¡Son las instituciones, estúpido!


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Carlos M. Gorriarán

Doctor en Filosofía y licenciado en Historia, profesor de la UPV desde hace dos décadas. Diputado por UPyD, partido donde es responsable de Programa y Acción Política


Escrito el 6 de marzo de 2013 a las 8:42 | Clasificado en UPyD

Las instituciones son el origen de los problemas que acechan a España y, contra ellas, han surgido movimientos populistas antisistema.

¿Qué es lo que está fallando en España clamorosamente? Algunos dirán que el modelo económico o el sistema democrático, y tendrán razón. Pero lo que más falla es algo mucho menos abstracto y muy concreto: me refiero a las instituciones. Y es un fallo que está en la raíz de muchos otros fracasos: sin instituciones que funcionen como es debido -buenos supervisores y reguladores, tribunales de justicia, instituciones representativas y ejecutivas- es muy difícil tener un modelo económico productivo sólido y sostenible, y, desde luego, no puede esperarse que funcione la democracia de modo satisfactorio.

Una buena manera de comprender la importancia de las instituciones es comparar la evolución de países que parten de situaciones semejantes, pero con instituciones muy diferentes. ¿Qué ocurre en esos casos?

La comparación de las dos Coreas es un clásico: ambas zonas del país ahora dividido salieron exangües y arrasadas de la guerra. Ambas gozaron, también, de un apoyo masivo de poderosos socios estratégicos -China y la URSS al norte, Estados Unidos al sur-. Pero mientras el Norte comunista se convirtió en una dictadura homicida que mata literalmente de hambre a su campesinado para poder desarrollar un arsenal nuclear, el Sur es una democracia y una potencia económica y tecnológica, además de uno de los referentes educativos a escala mundial. ¿Dónde está la razón de una evolución tan fascinantemente divergente? Desde luego no en la cultura, la historia, ni la naturaleza, tan semejantes, sino en las instituciones de ambos Estados.

Menos común es comparar el punto de partida económico y político de España, Francia y Gran Bretaña el último tercio del siglo XVIII, cuando no eran países tan alejados en grado de desarrollo y poderío. A la vista de cualquiera está el gran atraso acumulado por España a lo largo de nuestro penoso siglo XIX. ¿La razón? También en las instituciones: las españolas -del Ejército a la Iglesia, pasando por la Monarquía- eran anacrónicas, ineficientes y onerosas, pese a las reformas liberales.

Las instituciones no gozan en España de buena prensa. Se confunden con el Estado y los funcionarios, y la gente las mira con desconfianza. Sin duda, con buenas razones históricas para hacerlo, pero con poca lucidez respecto a las consecuencias de esa mezcla de escepticismo, resentimiento y cinismo que brota en tantas personas cuando hablan, por ejemplo, de los envidiados funcionarios.

Fallos en cadena

Uno de los efectos de esa desconfianza es el éxito inverso de las corrientes políticas populistas y más o menos antisistema que llaman directamente a saltarse las instituciones o a sustituirlas por asambleas indignadas, como los movimientos del 15 M, sus diferentes secuelas o ahora la Plataforma contra el Desahucio. Claro que alguien podrá alegar, a la vista de los resultados electorales italianos, que la fobia a las instituciones es todavía mayor en Italia, y creo que no le faltaría razón; es otro país con mala suerte con el Estado…

Sin embargo, la explicación de porqué la economía española atraviesa una crisis tan grave en comparación con otros países análogos debemos buscarla en el fallo en cadena de las instituciones.

Nuestro paro es muy superior, porque tenemos un mercado de trabajo dual -una institución laboral- que sacrifica el empleo juvenil y de nueva incorporación al mantenimiento de empleos blindados sindicalmente. Sufrimos una burbuja inmobiliaria excepcional porque la financiaron las cajas de ahorros, un ejemplo de mala gestión irresponsable de instituciones financieras controladas por otras malas instituciones, los partidos políticos tradicionales. La actual ola de corrupción -o mejor, de indignación por la corrupción- es consecuencia de la tolerancia y la institucionalización del enriquecimiento ilícito y la financiación ilegal por esos mismos partidos, que nunca han sido controlados como se debiera por otras instituciones fallidas, como el Tribunal de Cuentas (normal, lo nombran ellos mismos). Y lo mismo cabe decir del Banco de España, la Agencia Tributaria y la Comisión Nacional del Mercado de Valores en lo que respecta a la fallida supervisión del saqueo de las Cajas, el fraude fiscal o la salida a bolsa de fraudes como Bankia y Banca Cívica. Ahora arrostramos las consecuencias en forma de un paro gigantesco, una deuda pública inflada por la deuda privada nacionalizada, y un déficit público convertido en objeto único del desvelo gubernamental.

Así pues tenemos un problema, y muy serio, con las instituciones que conforman el Estado, desde los pequeños ayuntamientos a una Casa Real que amenaza con engrosar la lista de instituciones fallidas de urgente regeneración. Añadamos algunas privadas de enorme importancia institucional, como los grandes grupos de comunicación, las grandes empresas oligopólicas de la energía o las telecomunicaciones, o las asociaciones patronales (y los sindicatos). Pero ese problema no se va a solucionar ni mirando a otro lado o arrojándose cieno con el manido “y tú más” típico de los viejos partidos, ni promoviendo utopías de democracia directa 2.0 sin instituciones al estilo del movimiento grillista italiano o sus paralelos hispanos. El problema tiene solución a condición de no perderse en disquisiciones metafísicas ni en negar la evidencia: ¡son nuestras instituciones fallidas, estúpido! Hay que arreglarlas con urgencia mediante una reforma constitucional a fondo.

Los votantes dicen...
  1. JM Silva dice:

    Escueto pero certero análisis.

  2. Guillermo dice:

    Estoy totalmente de acuerdo contigo. También creo que deberían haber más modelos de comportamiento ético en la sociedad. Lees la prensa, ves la televisión, escuchas los debates… y lo único que te encuentras son malos ejemplos de gente. Al final lo que ves te acaba calando y llegas a la temible conclusión: “si todos lo hacen, si yo no lo hiciera soy estúpido”.

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