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Fútbol y reconciliación


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GuinGuinBali

Este artículo ha sido escrito en GuinGuinBali, un portal de comunicación especializado en África Occidental y la Macaronesia con corresponsales en varios países de la región y en otros puntos de Europa relevantes para la actualidad africana.


Escrito el 29 de agosto de 2013 a las 18:26 | Clasificado en África, Deportes

El deporte rey ha contribuido a la paz en un país, Ruanda, que está a punto de conmemorar los veinte años de la barbarie.

Jimmy Gatete, uno de los futbolistas ruandeses más clamados de la historia. (in2eastafrica.net)
Jimmy Gatete, uno de los futbolistas ruandeses más clamados de la historia. (in2eastafrica.net)

-Todos los alumnos hutus pónganse de pie-, dijo un maestro en una escuela de Kigali, capital de Ruanda. Gilbert Nshimyumukiza era tutsi, pero admiraba la forma de jugar de los hutus que eran los que más se destacaban en el colegio y se levantó de su banco para sentirse uno de ellos. El maestro, un hutu, lo hizo sentar bruscamente y de mala manera. Sólo ahí, Nshimyumukiza tomó conciencia de que era un tutsi. Corría el año 1994 y unos días antes se había producido la muerte del presidente Juvenal Habyarimana, cuando el avión en el que viajaba fue derribado por un misil. Ese hecho generaría a la postre una cruenta guerra civil, entre hutus y tutsis.

En “Una guerra negra”, investigación sobre el genocidio ruandés de los franceses Gabriel Peries y David Servenay, los autores relatan los últimos momentos de ese avión en el aire y las consecuencias tras el estallido. “El avión estalla (…) en los jardines de la residencia presidencial, situada justo al lado del aeropuerto. Son las 20:23 horas. Los primeros testigos son los hijos de Juvenal Habyarimana. En el jardín descubren el espectáculo macabro de los cuerpos carbonizados, irreconocibles debido a la violencia del impacto. El hijo mayor tiene el extraño reflejo de tomar fotos de la escena. Más tarde Jean-Luc Habyarimana venderá sus imágenes a la revista francesa Jeune Afrique. A partir de las 21 horas, el genocidio se pone en marcha en las calles de Kigali”, se puede leer en ‘El tiempo de las mentiras’, uno de los últimos apartados del libro.

Por aquel entonces, aunque el fútbol era lo que menos importaba a los ruandeses, el seleccionado se encontraba en el puesto 168 de la clasificación de la FIFA. Pero ¿quién se iba a preocupar por el andar de los Amavubis –así se apoda a la selección de Ruanda- con todo lo que se avecinaba? Ya lo afirmaba el gran Ryszard Kapuscinski en La guerra del fútbol y otros reportajes: “Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es”. El mismo autor, en Ébano, una obra dedicada en su totalidad a sus vivencias en África, sostuvo que la muerte de Habyarimana “fue la señal para que empezase una matanza de hostigadores del régimen, sobre todo tutsis, aunque también de la numerosa oposición hutu. Aquella masacre de una población indefensa (…) se prolongó durante tres meses”.

Cinco años después del genocidio, Ruanda cayó a lo más bajo que conoció su “no” muy rica historia futbolística. Julio de 1999 vio al seleccionado ruandés en el puesto 179, el más bajo desde la afiliación de la Federation Rwandaise de Football Association (FERWAFA) a la FIFA.

Un 10% de la población asesinada

La guerra civil impulsada por los hutus para exterminar a los tutsis fue sangrienta y cruel, tanto que dejó sin vida a un 10 por ciento de la población de Ruanda y a casi la totalidad de los tutsis. Según relata Edgardo Otero en El origen de los nombres de los países del mundo, los hutu, junto a los tuas, fueron los primeros habitantes de la región, allí donde nacen dos grandes ríos africanos, el Congo y el Nilo. Pero en el siglo XV arribaron los guerreros y pastores tutsis desde Etiopía y no tardaron mucho en dominar a la población local. Fueron ellos quienes forjaron allí un reino al que denominaron Ruanda. El origen del nombre del país deriva del kinyaruanda, que es la lengua que se habla en el país y cuyo origen es desconocido.

Aquellos cien días de muerte, sangre y dolor dejaron grandes rivalidades entre hutus y tutsis, pero como sostiene Eduardo Galeano, “después del genocidio que ensangrentó a Ruanda, el futbol es el único instrumento de conciliación que no ha fracasado. Los hutus y los tutsis se mezclan en las hinchadas de los clubes y juegan juntos en los diversos equipos y en la selección nacional. El fútbol abre un espacio para la resurrección del respeto mutuo que reinaba entre ellos antes de que los poderes coloniales, el alemán primero y el belga después, los dividieran para reinar”.

En junio de 2009, un seleccionado con estrellas de antaño de Ruanda y jugadores actuales, se midieron en partido amistoso ante un combinado de estrellas del fútbol mundial, conformado por Samuel Eto’o, Alex y Rigobert Song, Geremi (Camerún), Didier Drogba, Yaya y Kolo Touré (Costa de Marfil) y Dominic Scicluna (Canadá), entre otros. El encuentro fue organizado por la Organización local One Dollar Campaign, que tiene como uno de sus objetivos el construir viviendas para los huérfanos que dejó el conflicto entre hutus y tutsis.

Después del partido, según cuentan las crónicas de aquel día, un grupo de alegres y risueños ruandeses se reunieron alrededor de las estrellas y, llamativamente, todos se mostraron atraídos por uno de los pocos blancos que había entre los jugadores, el canadiense Dominic Scicluna, jugador de fútbol playa del Detroit Waza que aprovechó su momento de “gloria” para alentar a los niños a aprovechar el poder del fútbol para ayudar a sanar el país tras la división que generó el genocidio. “Los jugadores con las mejores cualidades técnicas del mundo saben que el fútbol es el vehículo para la paz. Es por eso que este estadio se llama paz. ¿Cuál es el nombre del estadio en ruandés? Amaharo!”. Scicluna se refería al Amahoro Stadium, un estadio sin lugar a dudas protagonista y parte de la historia de Ruanda, de su pueblo y su deporte.

El Rayon Sport

Justamente en ese estadio hacía y hace de local el Rayon Sport, un joven club que en 1994 tenía sólo 26 años de existencia y dos ligas en sus vitrinas (1975 y 1981), más cinco Copas de Ruanda (1976, 1979, 1982, 1989, 1993). Hacia 1994, Eugene Murangwa era el arquero del Rayon Sport y uno de los jugadores más reconocidos del país. En la noche del 6 de abril de aquel año, estaba junto a sus compañeros en el restaurant Baobab viendo una de las semifinales de la Copa África que se disputaba en Túnez. “Escuchamos una explosión. De regreso a nuestros hogares, en las calles se comentaba que había sido en el Aeropuerto Internacional”, recordó Murangwa hace unos años. Ese día sería el último que vería a varios de sus compañeros de equipo.

“En la madrugada del día siguiente, alrededor de las 5 de la mañana, me desperté aturdido por las balaceras y las bombas que explotaban en las inmediaciones de mi barrio. No supe lo que pasaba hasta que encendí Radio France International”, afirmó el ex arquero que hoy reside en Inglaterra y lleva adelante la One Nation One People and The Beatiful Game, una organización que ofrece a los ruandeses y la diáspora del país en el extranjero la chance de aumentar posibilidades educativas y deportivas, al mismo tiempo que crea conciencia de paz, reconciliación y unidad.

Murangwa estuvo a punto de ser masacrado por los Interahamwe, brazo armado paramilitar del gobierno hutu, cuando irrumpieron en su casa. Nzayizenga, uno de sus mejores amigos y compañero en el Rayon Sport, se econtraba con él cuando ingresaron cinco soldados pidiendo que digan donde ocultaban las armas. “Les dijimos que no había armas en la casa y que pertenecíamos al Rayon. Les mostré mi pasaporte que probaba que había estado en Sudán con motivo de un partido allí pero exigieron más pruebas. Fue allí que corrí hacia mi habitación y les mostré una foto del equipo completo. Nos creyeron y se fueron”, recordó Murangwa en una entrevista concedida al sitio Goal.com hace dos años.

Pero no todos corrieron la misma suerte que Murangwa. Según estimaciones de la Association des Anciens Footballeurs du Rwanda, fueron 34 las víctimas ligadas al fútbol que dejó la guerra civil ruandesa. El Rayon Sport, club de Murangwa, fue uno de los más golpeados. Rongin Munyurangabo y Anasthase Buregeya formaban parte de aquel plantel y fueron asesinados por los hutus. Dirigentes, ex jugadores, árbitros y hasta niños con edad de juveniles tuvieron que olvidar su sueño de llegar al seleccionado nacional por la guerra entre hutus y tutsis.

En “Colinas que arden, lagos de fuego”, el último libro de Javier Reverte, un gran conocedor del continente africano, este autor español habla de Ruanda como “el país al que se conocía como el “de las mil colinas” antes de las matanzas de 1994. Después de aquello, la gente olvidó ese bello apelativo, espantada ante el horror desatado por los hombres enloquecidos”. Pero tras los 100 días de machetes, muerte y sangre, el fútbol fue uno de los elementos vitales para el retorno a la paz y la búsqueda de la “nueva” unidad. Fue así, que en agosto, a poco más de un mes de terminada la guerra, los jugadores disponibles del Rayon y del Kiyovu Sports –una especie de Boca-River o Barca-Madrid- decidieron juntarse para organizar un partido y así demostrar a los ruandeses que seguir adelante era posible y que la restauración comenzaría por ese lado.

Entre los refugiados y los sobrevivientes, ambos clubes empezaron a conformar sus equipos. El Kiyovu consiguió juntar once jugadores, pero el Rayon sólo tres por lo que empezó a buscar voluntarios en otros clubes. “Nos pusimos de acuerdo para iniciar los entrenamientos regulares todos los días y juntarnos con las autoridades para darles a conocer nuestro plan”, recuerda Nuru Munyemana miembro del Kiyovu por aquellos tiempos y luego con un cargo en la FERWAFA. Pero la preparación no fue tan fácil. Una mañana, mientras entrenaban, la pelota se fue detrás del arco y cuando uno de los jugadores la fue a buscar tropezó con dos minas al costado del campo del Nyamirambo Stadium. Otro día, gente que esperaba el reparto de alimentos que se hacía en el mismo estadio, sufrió heridas cuando se detonaron otras minas. “En ese momento todavía no se había creado la Demining Commission, que se encargaría tiempo después a detectar y desactivar las minas que habían quedado”, comenta Munyemana.

A fines de agosto, luego de un gran esfuerzo de los dos equipos y de la alcaldesa de Kigali, Rose Kabuye, tuvo lugar el partido con triunfo para el Kiyovu por 3 a 1. Pero el resultado no fue lo más importante, sino que la gente se acercara al estadio a apoyar su equipo independientemente de su origen étnico. Hubo hutus que hinchaban por el Rayon, tutsis que alentaban al Rayon y hutus y tutsis que festejaron el triunfo del Kiyovu. Fue la vuelta del fútbol al país.

Unos meses después, pero ya en 1995, la FERWAFA se restableció y volvió a retomar sus actividades. El seleccionado comenzó a jugar amistosos y poco a poco se fue reinsertando en el plano de certámenes continentales. Al mismo tiempo, los clubes del país volvieron a jugar las competiciones de equipos africanos: la Champions League y la Confederation Cup. En la primera, hoy clasificatoria para el Mundial de Clubes, participó el APR (Armée Patriotique Rwandaise), mientras que en la otra jugó el Kiyovu, con Munyemana en cancha.

El sorteo determinó que el Kiyovu se midiera ante el Patronage Sainte-Anne de Congo. “El partido de ida se celebró en Kigali y, a pesar de las heridas frescas del genocidio y la guerra, mostramos que éramos una nación unificada ganando por 4 a 2″, recuerda Munyemana. Aquel día estuvo presente Paul Kagame, clave a través del Frente Patriótico Ruandés (FPR) para poner fin al genocidio derrocando del poder al Primer Ministro Jean Kambanda, máxima autoridad en Ruanda durante los 100 días de la guerra civil.

Lo curioso se dio en el partido de vuelta. La delegación del Kiyovu arribó a Brazzaville, la capital de Congo, y las entradas para el match estaban casi agotadas, algo inusual para esas instancias del torneo. Los locales se impusieron 3 a 0 y el Kiyovu quedó afuera de la Confederation Cup, pero los jugadores nunca olvidarán el mensaje que dejaron entre el pueblo congoleño. “En las calles de Brazzaville nos miraban con mucha curiosidad, muchos creían que éramos un representativo de Luanda (Angola) antes que de Ruanda, porque no podían creer que todavía hubiese fútbol en nuestro país después de todo lo que había pasado. Muchos siguieron convencidos de que era imposible que un equipo ruandés pudiera participar tan rápido en eventos internacionales tras la devastadora y desgarradora guerra que habíamos sufrido”, comentó un dirigente que acompañó a la delegación del Kiyovu en aquel viaje.

Ruanda en la Copa Africana de Naciones

Ya con Kagame como presidente, en 2003, el seleccionado ruandés logro algo histórico: clasificar a la Copa Africana de Naciones (CAN). Los Amavubis, dirigidos por el serbio Ratomir Dujkovic, quedaron encuadrados en el Grupo 13 de las Eliminatorias para el torneo que se disputaría al año siguiente en Túnez. ¿Los rivales? Ghana y Uganda, a priori superiores. El camino comenzó en octubre de 2002 en Accra, la capital ghanesa, con una derrota por 4 a 2. Siguió un empate en casa sin goles ante Uganda. Y luego llegó la victoria de la esperanza, 1-0 sobre los ugandeses en Kampala con gol de Jimmy Gatete. Aquel partido fue épico, con Gatete marcando con su cabeza vendada luego de la reanudación del encuentro que había estado parado por incidentes. Varios jugadores de Uganda acusaron directamente a Mohammud Mossi, arquero ruandés, de utilizar brujería para no recibir goles aquella tarde. Uno le quiso arrancar los guantes, otro comenzó a buscar detrás del arco la “poción mágica” hasta que estalló el enfrentamiento entre los jugadores, retrató John Carlin en “Rwanda´s magic moment”, un artículo publicado por aquellos días en The Guardian. El técnico de Uganda era el argentino Pedro Pasculli –campeón en México 86-, quien tras el partido dijo: “El episodio de la brujería y la lucha nos llevó a perder el partido. Fui testigo de muchos cosas en el fútbol, pero eso fue demasiado para mí”.

A su regreso a Kigali, los jugadores ruandeses fueron recibidos como héroes por el presidente y todo su gobierno, junto al pueblo que colmó las calles de la capital, sin importar que fueran las dos de la madrugada. Otro tanto de Gatete, el 6 de julio de 2003, daría el triunfo 1-0 en contra de Ghana y el pasaje a la CAN 2004, por primera vez en la golpeada historia del Tibet de África. “La satisfacción es enorme. Personalmente es un honor dar tamaña alegría a un país tan golpeado”, declaró Dujkovic en medio de los festejos. La reconciliación y la unión del pueblo ruandés era posible y el fútbol era su ejemplo más concreto. En el Amahoro Stadium, donde hacía diez años había funcionado la United Nations Assistance Mission in Rwanda (UNAMIR) a la que cada día durante la guerra civil llegaban cientos de refugiados, el horror y la muerte había dejado su lugar para que surgiese la alegría y los gritos de gol, que eran mucho más que eso.

De aquella clasificación a estos días, el fútbol, y el deporte en general, siguió dando ejemplos de que la unidad y la convivencia entre hutus y tutsis es posible y da sus frutos. En 2004, un exquisito tiro libre del zurdo Joao Rafael Elías, se transformó en el primer gol de Ruanda en la historia de la CAN. Fue en Túnez y finalmente fue derrota 2-1 ante los locales en el debut. Luego llegarían un empate en uno con Guinea y un triunfo de despedida 1-0 sobre la República Democrática del Congo, que dejó a los Amavubis a un paso de los cuartos de final.

Otro claro ejemplo fue el seleccionado Sub 17 que en 2011 obtuvo la clasificación ruandesa a una competición de la FIFA por primera vez en su historia: el Mundial de la categoría en México. Todos los integrantes del plantel nacieron entre 1994 y 1995 y sufrieron la perdida de algún familiar o conocido durante esos tiempos. Comandados por el francés Richard Tardy, perdieron con Inglaterra y Uruguay y empataron con Canadá en tierra azteca pero mostraron al mundo entero que son el espejo de un pueblo que quiere mirar al futuro. Y, sobre todo, que quiere saborear el éxito en paz.

Como sostuvo Aloys Kanamugire, ayudante de Tardy, en diálogo con el periodista español Xavier Aldekoa, el objetivo es “mantener el grupo para recoger los frutos en el futuro. Son un grupo excepcional, más que amigos, y no hay diferencias, ni hutus ni tutsis, todos son ruandeses”. “Todos perdimos amigos, familiares, personas importantes en el genocidio. Para mí, vestir la camiseta de Ruanda ahora simboliza que estamos avanzando. Somos el futuro del fútbol ruandés, lo estamos sacando adelante”, destacó Andrew Buteera, el 10 del equipo. Y yendo más allá de la afirmación del gran Galeano que sostiene que el fútbol es el único instrumento de conciliación que no ha fracasado, habría que agregar que no sólo no ha fracasado sino que a través del fútbol ha triunfado.

Fuente: Ruanda, genocidio, fútbol y reconciliación

Autor: Francisco Jáuregui

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