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Brasil juega en la calle


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Pablo Manuel Méndez

Periodista uruguayo. Escribo en Montevideo Portal y Revista Martes . Escribí en Alto Voltaje, Semanario Rumbosur, Crítica de la Argentina y publiqué las investigaciones periodísticas 'Temprana impostura' (2007) y 'En cuanto venga Julio' (2012), ambas de editorial Fin de Siglo.


Escrito el 23 de junio de 2013 a las 12:35 | Clasificado en Brasil

Mientras el seleccionado brasileño logró el primer lugar en su serie en la Copa Confederaciones, Brasil se hunde en las protestas en las calles. El gobierno de Dilma Rousseff intenta tender una mano a los manifestantes, pero advierte que las movilizaciones serán reprimidas.

La presidenta brasileña Dilma Rousseff (Foto: Presidencia de Brasil)
La presidenta brasileña Dilma Rousseff (Foto: Presidencia de Brasil)

Cuando el mundo esperaba encontrar la alegría brasileña en su tradicional faceta futbolística, un millón doscientos mil brasileños salieron a las calles a manifestarse contra el gobierno nacional, los gobiernos federales, las intendencias, la corrupción en el sistema político y la mala calidad de los servicios públicos en general.

Desde hace dos semanas, un millón doscientos mil brasileños se manifiestan en las calles de decenas de ciudades en todo el territorio brasileño, aunque se concentran en San Pablo, Río de Janeiro, Salvador de Bahía y Brasilia, sede del gobierno de Dilma Rousseff.

Las movilizaciones comenzaron a principios de este mes, cuando un grupo de estudiantes de la ciudad de Porto Alegre, protestó por el aumento del precio del boleto, esa reivindicación se trasladó a otros estados del gigante latinoamericano y a medida que iba participando gente -autoconvocada en las redes sociales- se fueron agregando reclamos.

Hasta ahí, no había mayores problemas con las movilizaciones, llamaban la atención por su simultaneidad con la Copa de las Confederaciones, pero no significaba más que una anécdota. El punto de quiebre ocurrió la semana pasada, cuando los manifestantes de San Pablo fueron brutalmente reprimidos por la policía. De allí, hasta hoy se desató una ola de violencia y confrontación que dejó casi sin canal de comunicación al gobierno brasileño y los manifestantes.

Para comprender y destrabar los motivos de las manifestaciones en Brasil lo primero es darse cuenta de la heterogeneidad de las reivindicaciones y los grupos que participan en ellas. Si bien no aceptan banderas de partidos políticos, en las ciudades más pequeñas se vio anarquistas, ultraderechistas  y trotskistas marchando juntos.

Además de la reivindicación original de la subida del boleto de transportes, se fueron agregando otras causas que pintaron un cuadro de descontento general con los diferentes niveles de gobierno, así como reclamos de otras características tales como la lucha contra la explotación de la selva amazónica, la aceptación del casamiento entre homosexuales, la lucha contra el capitalismo, contra la extranjerización de la industria, contra la inflación en los alimentos y la lucha contra la corrupción.  Un periodista del diario Zero Hora consiguió anotar 58 reivindicaciones diferentes durante una de las protestas.

La primera reacción de los gobiernos fue ceder ante el aumento del precio del boleto, que volvió a su tarifa original en la mayoría de los estados en los que se había aumentado. Pero la medida no causó efecto: las protestas alcanzaban su máximo esplendor mientras los brasileños descubrían su fuerza.

El martes pasado la presidenta Dilma Rousseff afirmó en conferencia de prensa que “había escuchado las voces de la calle”, pero las voces de la calle no lo entendieron así y las manifestaciones continuaron en ascenso, intentando ocupar varias sedes del Gobierno.

El viernes 21 de junio, cuando en los medios de comunicación hablaban de la posible suspensión de la Copa de las Confederaciones y la cancelación de la visita del Papa Francisco prevista para el 23 de julio en Río de Janeiro, la presidenta Rousseff habló en cadena nacional y prometió “un gran pacto nacional” al tiempo que advirtió que los excesos serían reprimidos.

Rousseff se mostró firme, pero dispuesta al diálogo y aclaró que los 15.000 milllones de dólares gastados en estadios serán financiados con las empresas que los explotan.

“El Gobierno y la sociedad no pueden aceptar que una minoría violenta y autoritaria destruya el patrimonio público y privado, ataque iglesias, incendie autos y buses, e intente llevar el caos a nuestras principales ciudades. Esa violencia promovida por una pequeña minoría no puede manchar un movimiento pacífico y democrático, no podemos convivir con esa violencia que avergüenza a Brasil”.

Sondeo del Instituto Ibope (Fuente: Revista Epoca)

“Mi Gobierno está escuchando las voces que piden cambios y quiero decirles a quienes se manifestaron pacíficamente que yo los estoy escuchando y no voy a ser transigente con la violencia y el disturbio. Será siempre en paz, con libertad y democracia que vamos a continuar construyendo juntos nuestro gran país”

Los números

Una encuesta realizada por el Instituto Ibope concluyó que un 75% de los brasileños apoya las manifestaciones en las calles, pero sólo un 6% admitió haber participado en alguna de ellas.

Además del apoyo a las movilizaciones lo generalizado es el descreimiento. Según el estudio, que fue difundido este sábado en Brasil por la revista Época, la mitad de los brasileños consultados cree que las protestas no van a cambiar nada en Brasil.

Para el 77% la principal razón de las protestas es el transporte público, mientras que para un 47% la reivindicación más importantes es la insatisfacción con los políticos, para un 31% es la lucha contra la corrupción, 31% cree que se manifiesta por educación y salud y un 18% por la alta inflación que sufre el país.

Al momento de responder cuáles son los principales problemas del país un 78% respondió la salud, un 55% la seguridad pública, un 52% la educación, un 26% el narcotráfico, un 17% la corrupción y un 11% la indigencia.

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