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Bucle (in)finito de corrupción


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Carlos Ruiz

Periodista especializado en campañas electorales y conflictos, gerente de asuntos públicos en Llorente&Cuenca, donde asesora a compañías e instituciones


Escrito el 9 de febrero de 2013 a las 12:40 | Clasificado en Centroamérica

La sacudida emocional que la posible contabilidad B en el partido del Gobierno está provocando en el tejido social y económico del país es un signo de fortaleza ciudadana. Si escuece es porque aún muchos no se resignan a convivir con la corrupción.

Mapamundi de Transparencia Internacional.
Mapamundi de Transparencia Internacional.

La indignación ante la corrupción es el mejor síntoma de que España vive en una sociedad desarrollada, aún a costa de los recortes que hacen al ciudadano menos ciudadano.

En las últimas semanas en España, no hay café mañanero que no se atragante ante las portadas de los diarios. Sociedades pantalla, sobres con dinero, contabilidades A, B y C… Una retahíla de acusaciones de corrupción hacia quienes detentan la representación de la cosa pública. España no es diferente a muchos otros países; de hecho, igual sorprende saber que, en la lista de países corruptos de Transparencia Internacional España se sitúa en el puesto 30. El escándalo de Bárcenas -#lospapelesdeBárcenas-, el de Urdangarin, el de las ITV… todos juntos parecen colocar cargas en los bolsillos de España para que se hunda unos cuantos puestos en la lista.

Como decía, en otros países, el índice percepción de corrupción es mucho mayor: los países centroamericanos, por ejemplo, se sitúan entre el puesto 80 y el 130, a excepción de Costa Rica que se queda entre los 50 primeros.

El inmenso honor de trabajar para mí

La representación política es la más alta demostración de confianza en un Estado de derecho: yo cedo mi representación como ser humano y ciudadano a otra persona que habla, actúa y trabaja por mí y para mí. Al que pago y al que debo exigir, evaluar y controlar. Llámense funcionarios, diputados, jefes de partido, jefes de gabinete, subsecretarios. Todos y cada uno de ellos tienen el inmenso honor de trabajar para mí. Y para ti.

Ellos me representan en el ágora pública, el lugar que nos hemos dado todas las personas para vivir en paz y ordenados. El contrato social que, sin embargo, hemos olvidado en un cajón guardado sobre siete llaves.

Visto así, no podemos negar que esta idea de lo que la política es en su esencia está absolutamente fuera del debate. Los ciudadanos no percibimos ese espacio público como algo nuestro, algo que hemos cedido por voluntad propia y que nos pertenece. Tan es así que muchos piensan que lo público y lo político les es totalmente ajeno; son unos señores vestidos de negro que aparecen en debates aburridos en televisión y dicen cosas incomprensibles.

Igual es cierto (seguramente lo es) pero hay que recordar una cosa: posiblemente es el mismo señor que, a cambio de que construyan un parque infantil al lado de casa, se está llevando una comisión de 100.000 euros a su casa de los impuestos de todos.

A más corrupción, mayor desafección

Esa desafección de la política y de la res pública es precisamente el gran canal por el que se cuela la corrupción. Y a más corrupción, mayor desafección. Ese bucle infinito es el que debe romperse.

Un país donde la corrupción está ampliamente instalada en la vida pública es un país donde los escándalos no se contestan en la calle, donde los ciudadanos no son capaces de distinguir un escándalo de otro; un país donde se da por hecho, incluso se entiende, que el presidente utilice su cargo para hacer negocios. En centroamérica esta sensación es generalizada (“al menos si hay sólo un mandato sabes que, como mucho, roban cinco años”). Y en el Caribe. Y en Venezuela y algunos otros países de Sudamérica.

España no se encuentra en esa situación. La sacudida emocional que la posible contabilidad B en el partido del Gobierno está provocando en el tejido social y económico del país es un signo de fortaleza ciudadana. Si escuece es porque aún muchos no se resignan a convivir con la corrupción.

Convertir la desafección hacia la política en un ejercicio de control de la acción política debe ser una decisión individual. Ningún partido político (salvo excepciones), ni ningún funcionario, ni ningún subsecretario va a venir a pedirnos que los fiscalicemos y los controlemos. O nos creemos que nos pertenecen o pronto escucharemos el “al menos que robe poco”. Es la decisión individual de un contrato colectivo.

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