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Foráneos, ateos y arrendadores


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Dídac G.-Peris

Licenciado en el Instituto de Estudios Políticos de París, especializado en estudios europeos en el European Institute de la LSE. Investigador en la universidad de Londres.


Escrito el 24 de diciembre de 2012 a las 9:36 | Clasificado en Europa

El nuevo censo de Inglaterra y Gales ofrece una radiografía social que confirma pistas ya conocidas y revela otras inéditas.

Un británico con una bandera inglesa (Fuente: Wikipedia)
Un británico con una bandera inglesa (Fuente: Wikipedia)

La nueva Inglaterra se dibuja con datos variados disponibles en la última actualización del censo. Por ejemplo, datos como el lugar de origen de la población nacida en el exterior, la distribución de la población según su confesión y el número de personas viviendo de alquiler.

Lugar de origen de los residentes nacidos fuera



Las ciudades y pueblos de Inglaterra y Gales son cada vez más ‘aldeas globales’. Los residentes que han nacido en el exterior, 8.460.430 personas, representan el 15% de la población total (en la ciudad de Londres estaríamos hablando de hasta uno de cada dos residentes).

En comparación, en 2001, los residentes nacidos en el exterior, unas 5.560.430 personas, representaban alrededor del 11% de la población total. A ello habría que añadir aquellos que no han nacido en Inglaterra pero que al cabo de cinco años como residentes han adoptado la ciudadanía inglesa. O incluso aquellos que han nacido como ingleses pero de padres de otra nacionalidad.

Con estos niveles de diversidad la ‘identidad’ definida por el lugar de origen está, literalmente, dejando de tener sentido político. La realidad se ha convertido en el mejor modelo para que la sociedad inglesa busque nuevas maneras de autodefinirse. Un reto al que se enfrenta, de forma global, el continente entero.

El lugar de origen de los residentes extranjeros también ofrece pistas sobre las tendencias migratorias. El número de inmigrantes comunitarios (Unión Europea) equivale más o menos al número de inmigrantes que vienen de algún país asiático. Le siguen los nacidos en continente africano, y muy lejos en las tablas, encontramos el grupo de inmigrantes que han nacido en Estados Unidos.

Sorprende tal vez que a pesar de la ‘relación especial’ que existe entre Inglaterra y los Estados Unidos los movimientos migratorios sean tan escasos. Los datos también ofrecen una lectura interesante si intentamos combinar las prioridades diplomáticas y geopolíticas inglesas con los países que tienen mayor peso en el censo de residentes extranjeros. Por ejemplo el caso de Polonia, país del que provienen, con mucha diferencia, el mayor grupo de inmigrantes de la Unión Europea. Casos como ése, o como el de Irán, que ocupa un lugar prominente, ofrecen lecturas políticas posibles.

Al mismo tiempo no deja de ser sorprendente cómo algunas de las comunidades más importantes tienden a contar con una presencia ‘menor’ de la que cabría especular entre la clase política o en los medios de comunicación. Somalia o Bangladesh son dos posibles casos.

La confesión



Entre 2001 y 2011 hay cuatro millones de personas que han dejado de marcar la casilla ‘cristiano’ en el censo. Una bajada muy significativa en números absolutos, que corresponde con una disminución porcentual del 11%. A ese ritmo (son matemáticas), en 2018 Inglaterra podría dejar de ser, mayoritariamente, cristiana.

A la bajada del cristianismo se añade una subida de más del 83% de los ‘no religion’ y una subida sistemática del resto de religiones. Hay mil lecturas posibles, pero los resultados parecen indicar que no sólo se trata de un ‘retroceso’ de la confesionalidad, sino también la consolidación de cierta pluralidad religiosa.

En las estadísticas sobre la religión, al igual que con los datos sobre el origen de los residentes extranjeros, también es interesante hacer especulaciones sobre la diferencia entre el peso estadístico y la presencia que algunos casos tienen en el debate público.

El caso más notorio es obviamente el del islamismo, vilipendiado con enorme frecuencia por los dos partidos extremistas UKIP y BNP –ambos gozando de una tendencia electoral al alza y con cierta cobertura mediática-. En el censo 'sólo' un 4,5% de la población total inglesa se identifica con dicha religión.

El islamismo es la religión que más crece desde 2001 (+75%), ganando 1,1 millones de fieles en 10 años. A niveles porcentuales es la misma subida que ha tenido el budismo. En cuanto a cifras absolutas, una simple comparación permite relativizar dicho ‘auge’. El verdadero y auténtico shock, y que goza probablemente de menos atención, son los seis millones más de ateos en sólo una década, lo que representa una subida de un 83%.

Tal vez por razones políticas ciertos sectores busquen una lectura polarizada de los resultados. Pero la estadística parece indicar que la tendencia en Inglaterra y Gales muestra, ante todo, una auténtica hemorragia entre el cristianismo, y una subida masiva del ateísmo. No entro en el debate sobre las razones (incluyendo el papel de la propia Iglesia inglesa) o las implicaciones (positivas/negativas) de dicha tendencia.

¿El fin de la propiedad?



Una de las cifras más interesantes es probablemente la que afecta la subida del alquiler en Inglaterra y Gales. En 2011 hasta 3,6 millones de personas alquilaban una vivienda, lo que representa una subida del 88% respecto al 2001. Las consideraciones son múltiples, y habría que especular con las cifras que podríamos encontrar en países afectados por burbujas inmobiliarias, como España. ¿Habría una subida similar de los casos de alquiler? ¿Cuán resiliente es la cultura de la propiedad en el Mediterráneo?

En todo caso, de los tres indicadores, bien parece que el de la vivienda es el que muestra tal vez una tendencia hacia una fuerte polarización. Hay un auge de la propiedad, pero sólo cuando se puede disponer de la totalidad del bien, sin depender de deudas o hipotecas. De lo contrario, hay una subida increíble del alquiler. La crisis ha acentuado todavía más la tendencia.

La situación supone un cambio de mentalidad, pero también un ensanchamiento de la brecha entre aquellos que disponen de los recursos para comprar, y los que no. En otras palabras, la estadística parece reforzar un doble análisis: por un lado el acceder a la propiedad dependerá cada vez más del nivel de renta o capital del que disponga el comprador potencial, por el otro, el alquiler se convertirá en una forma de residencia con una mayor demanda y con una mayor aceptación social.

El reto político en Inglaterra y Gales es por lo tanto de enorme envergadura, pues los precios inmobiliarios y la calidad del mercado de alquiler están muy por debajo de la demanda y las nuevas necesidades poblacionales. Estamos hablando de un país donde la cultura de la propiedad era un elemento fundacional de la visión política de Margaret Thatcher, haciendo famosa su ‘property-owning democracry’ (una democracia de propietarios).

Hablar de propiedad en Inglaterra (¿cómo en todos los sistemas marcadamente capitalistas?) es hablar de algo muy íntimo, de factores inconscientes y emocionales, de culturas hacia el ‘dinero’ y la ‘deuda’. Y en la cultura inglesa, todos esos elementos ‘no-racionales’ son doblemente válidos. John Lanchester, en su famoso ‘Whoops!’ sobre la crisis financiera, le dedica un capítulo entero.