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¿La nueva Thatcher?


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Dídac G.-Peris

Licenciado en el Instituto de Estudios Políticos de París, especializado en estudios europeos en el European Institute de la LSE. Investigador en la universidad de Londres.


Escrito el 18 de marzo de 2013 a las 8:14 | Clasificado en Europa

Theresa May, la ministra del Interior en el Reino Unido, gana adeptos después de dos años de mandato. La ministra despierta recelos entre sus compañeros de partido, pero escala posiciones con vistas a la próxima legislatura.

Theresa May. (Flickr: Foreign and Commonwealth Office)
Theresa May. (Flickr: Foreign and Commonwealth Office)

Antes de que Cameron la nombrase ministra del Interior en 2010, Theresa May era más recordada por el famoso discurso que pronunció en 2002, en la conferencia del partido conservador en Bournemouth. Un discurso que, para muchos comentaristas, cambió la historia de la derecha británica.

El ‘nasty party’

May ocupaba por entonces la presidencia del partido –cargo con más peso organizativo que político–, y, frente a los delegados, protagonizó uno de los ejercicios de autocrítica más severos de la época. May acusó a los suyos de tener una base demasiado débil, pero sobre todo, de ser un partido de blancos, pro-business, ricos ingleses. En sus propias palabras, no era de extrañar que la imagen de los Tories fuera la de un ‘nasty party’ –un ‘partido despreciable’–. Una expresión que, diez años después, sigue empleándose como munición en el debate periodístico y parlamentario.

Ese día, May se ganó el odio eterno de un buen puñado de Tories, a la vez que ayudó a la nueva ola de líderes conservadores a darse cuenta de la necesidad de abrir el partido a las minorías étnicas, y, principalmente, a las mujeres.

El pasado sábado 9 de marzo, May volvió a dar un discurso que ha agitado las bases del conservadurismo británico. La ministra dio su visión ‘general’ sobre cómo debería ser la derecha británica, apostando por un estado ‘fuerte, pequeño y estratégico’. Fuerte, para mantener la ‘ley y el orden’; pequeño, para limitar el intervencionismo estatal; y estratégico, para desarrollar los sectores económicos determinantes. Un discurso que iba mucho más allá de sus prerrogativas como ministra del Interior, y que cogió a contrapié a sus colegas de partido.

¿La Merkel británica?

Sin pausa pero sin prisa, May ha sabido ocupar un lugar entre la plana mayor conservadora. Sin ir más lejos, es significativo que haya aguantado dos años en un cargo –el Home Office– que normalmente es un regalo envenenado en el gabinete ministerial. Además, ha ganado puntos al erigirse como la responsable del giro derechista del partido en materia de inmigración, seguridad policial y euroescepticismo.

Su ministerio es el que está librando la batalla para rebajar la inmigración a un máximo de 100.000 personas al año para 2015, una política dañina para la imagen del Reino Unido, pero que despierta simpatías entre el electorado más proteccionista. En cuanto a Europa, May fue la que propuso el ‘opt-out’ de todas las políticas de cooperación policial y criminal con la UE. Su última propuesta –la posible retirada de la Convención Europea de los Derechos Humanos– dice mucho de su caché entre el círculo euroescéptico tan de moda en Inglaterra.

May ha pasado de ser la modernizadora de 2002 a promover su perfil más conservador, muy acorde con las circunstancias nacionales. Se perfila ya no sólo como ministra, sino como una de las posibles líderes a tener en cuenta en el futuro próximo. Su indisimulado intento de presentar sus credenciales en un momento bajo para Cameron dice mucho sobre su ambición política. Su carácter –reservado, seguro– y su estrategia de imagen –sobria, elegante, imponente– la asimilan inconscientemente a Angela Merkel o Margaret Thatcher.

May, or may not

La prensa británica, estos días, presenta el dilema con un juego de palabras con el nombre de la ministra, ‘may’ (puede). May, or may not. Puede que sí, pero, también, puede que no. Y a día de hoy parece que los dos escollos más importantes serían la figura de Boris Johnson, inapelable sucesor en la sombra de Cameron, y el propio partido conservador. Sólo cuatro mujeres forman parte del gobierno, y de los 122 altos cargos ministeriales sólo 22 están ocupados por mujeres. De los 302 parlamentarios conservadores, sólo 47 son mujeres. Más allá de los números, la pregunta es saber si el ‘nasty party’ del que supuestamente hablaba May en 2002 ha cambiado lo suficiente.

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