Émile-Roger Lombertie es un médico francés, candidato por la UMP (conservadores) para ser alcalde en la ciudad de Limoges, en las elecciones municipales del pasado domingo. Su elección era imposible: competía contra Alain Rodet, que gobernaba desde 1990, en una ciudad que ha tenido alcaldes socialistas desde 1912. Incluso la oposición estaba destruida y era casi inexistente al llegar la candidatura de Lombertie, quien, por cierto, se presentaba por primera vez a unas elecciones.

Sin embargo, Lombertie ganó, obteniendo un 45,07% de los votos contra el 43,82% de Alain Rodet. Lo increíble había sucedido. En Limoges, un siglo después, gobernaba alguien que no era socialista, y lo hacía un médico, curiosamente la misma profesión del anterior alcalde de derechas que había tenido la ciudad, François Chénieux, 102 años antes.

El ejemplo de Limoges es el símbolo de un cambio que también se ha repetido en 155 ciudades francesas de más de 10.000 habitantes. Solo se ha salvado París, con la victoria de Anne Hidalgo. El varapalo en el resto de Francia ha sido tremendo para un PS francés que ha visto cómo su poder, adquirido sobre todo en el último lustro, ha vuelto a descender a niveles de, a menudo, insignificancia. Lo interesante, sin embargo, es que ha sido algo global, en todo el país, por lo que ha sido la debacle en valoración de François Hollande lo que ha empujado a votar, seguramente más como castigo que como valoración del trabajo de cada alcalde respectivo, a la UMP.

La valoración del gobierno Hollande era del 19% el pasado mes de febrero, la más baja de la historia de los presidentes franceses de la Quinta República. Según el estudio, un 78% de los franceses desconfían de su gestión. Incluso entre los votantes socialistas, un 49% lo apoyaba frente a un 48% que no.

Esto ha conseguido, no solo aumentar los votos para los conservadores, sino sobre todo, ha hecho aumentar a niveles dramáticos la abstención electoral. Ésta, que desde 1989 a 2008 se situaba al borde del 30%, ha aumentado este fin de semana hasta más del 38%, lo nunca visto en la historia moderna francesa. Son especialmente los inmigrantes los que menos han confiado en los socialistas, pero también grandes bolsas de antiguos votantes. En las elecciones presidenciales de mayo de 2012 estos ex votantes socialistas se cuantificaron en cinco millones, y se les convenció para que dieran una oportunidad a la izquierda. Son muchos de ellos, solo dos años después, los que se han quedado en casa. La oportunidad se ha perdido, así como la confianza en el cambio que preconizaba el actual presidente.

Una vez derrotado, inmediatamente Hollande ha hecho dimitir al gobierno de Jean-Marc Ayrault y ha nombrado primer ministro a Manuel Valls, un “duro”. Valls, que hasta ahora era ministro de Interior, simboliza un paso hacía el ala más conservadora del partido, algo que puede hacer ganar imagen y es un guiño a los votantes conservadores. Curiosamente, también Sarkozy empezó igual su despegue hacia el Elíseo, pasando de “duro” ministro del interior a presidente. Veremos si a Valls le funciona igual.

Desde el PS deben mirar con pánico a las próximas elecciones: las europeas de mayo y las senatoriales de septiembre, donde el PS podría perder la mayoría. En cualquier caso, el mapa político francés ya ha cambiado, excepto en París. Allí todo sigue bien para los socialistas. Es su único asidero.

Publicado por Xavier Peytibi

Politólogo y consultor de comunicación política y pública en el despacho de Antoni Gutiérrez-Rubí. Blogger y profesor en diferentes masters y postgrados. Co-creador de los Beers&Politics y sus proyectos.

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4 comentarios

  1. Jugada enormemente arriesgada, errónea, ya que si se abstiene
    massivamente su ala izquierda, y sustituye su primer ministro por su
    representante de ala derecha, nunca recobrará su electorado antes de las
    próximas elecciones!

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