Centroamérica es la región olvidada del continente de moda, América Latina. Sus datos macroeconómicos no alcanzan los de sus hermanos mayores Perú, México o Brasil. No crecen a ritmos tan fulgurantes, a excepción de Panamá, que comienza a ser “una isla de riqueza en un mar de pobreza”, con una previsión para este año del 10% -será posiblemente el país que más crezca en el mundo-.

Sin embargo, la percepción generada en el exterior es, con creces, mucho peor que la que tienen los nicaragüenses de los salvadoreños o los hondureños de los ‘ticos’. La región afronta graves problemas, principalmente de seguridad pública, pobreza, narcotráfico y corrupción, pero el avance es verdaderamente significativo en la última década.

Es una realidad que las democracias en Centroámerica son, en ocasiones, retorcidas y azotadas. A veces penden de un hilo o ni siquiera parecen democracias si uno mira de perfil. Pero salvo los problemas reales en Nicaragua, tras las denuncias más que verosímiles de fraude electoral en 2011, los países de la región cuentan, desde hace una década, con sistemas institucionales estables, que están permitiendo desarrollos en lo económico y lo social. Es la cara B de Centroamérica, lo que nuestros periódicos no cuentan.

La mente de los seres humanos tiende a clasificar y prejuiciar todos los actos y a todos nuestros semejantes como una manera de tratar la información. Es innato a nosotros. De igual manera, los medios de comunicación han servido para crear un marco de debate en la escena internacional en el que los narcos son más noticia que los presidentes de las repúblicas; la violencia en las calles de El Salvador y Honduras opacan los datos de crecimiento de esos países, el aumento de la clase media, la reducción de los índices de pobreza y las medidas que está adoptando los gobiernos de turno.

Esto no es del todo cierto. En España tuvo mucho eco en medios de comunicación la campaña del Gobierno de Tegucigalpa y Unicef para borrar de tatuajes a los expandilleros que querían reincorporarse a la sociedad. Al final queda la anécdota. Bonita, pero anécdota, algo que alimenta la sensación de excepcionalidad de este tipo de medidas.

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Los centroamericanos se quejan. Se quejan de que todo lo que recuerdan de ellos allí fuera tiene que ver con el hambre, con las armas y con la coca. Recuerda a la sobrereacción que tuvieron los medios de comunicación españoles cuando The New York Times publicó un reportaje fotográfico de nuestro país con instantáneas muy duras de gente escarbando en basureros o en la cola del paro. España se indignó con esas duras imágenes que reflejaban una realidad que existe pero que no es representativa. Aquí, millones de centroamericanos se sienten igual.

Publicado por Carlos Ruiz

Periodista especializado en campañas electorales y conflictos, gerente de asuntos públicos en Llorente&Cuenca, donde asesora a compañías e instituciones

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