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Cuéntame una de futuro


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Carmen Beatriz Fernández

Venezolana, urbanista (USB) con máster en Administración de Empresas (IESA) y en Campañas Electorales (University of Florida). Desde 1997 dirige DataStrategia y coordina el portal político iberoamericano e-lecciones.net


Escrito el 9 de febrero de 2013 a las 16:44 | Clasificado en Venezuela

Somos incertidumbre y ella nos define. Desde que el mundo es mundo, el hombre ha tratado de aliviarla recurriendo a diversos métodos que van desde la lectura del Tarot hasta la elaboración de complejos escenarios multi-variados que emplean a la tecnología más sofisticada. Ninguno predice con precisión, todos nos hacen temerle menos a lo desconocido.

Pasado y futuro (Fuente: CC)
Pasado y futuro (Fuente: CC)

Hace algunos años trabajó en casa de mis suegros una chica llamada María. Oriunda de un pueblito del oriente venezolano había venido a Caracas cargada de ambiciones. Al cabo de un par de meses María se fue, tan de imprevisto como había llegado. Dejó tras sí una abultada cuenta telefónica, de la que sólo se enteraron sus dolientes cuando ya María había puesto pies en polvorosa.

Luego de una feroz investigación capitaneada por mi suegra, la cuenta se explicaba por numerosísimas llamadas, algunas internacionales, a esos números 900 del tipo “los astros y tú”, “conversando con Walter Mercado”, “profecías de Nostradamus para este año”, “confianza en ti mismo” y otra serie de seguros caminos a la bancarrota de los telefonohabientes.

María, como es fácil adivinar, cargó con todas las culpas. Sin embargo, lo curioso del caso era que las llamadas eran tan numerosas y variadas que no parecían hechas por una misma persona: los números llamados iban desde “el amor para Sagitario”, hasta “la profesión ideal para los hijos de Marte”, pasando por “la mujer perfecta para el hombre Acuario”, “quiromancia magnética y las profecías mayas” o “el negocio de su vida para quien nació en Agosto”.

Labrarse un oficio

Meses después se develó el misterio. Caminando por un boulevard comercial, usualmente muy concurrido, nos la encontramos. Nos abordó con un saludo alborozado. Usaba un bonito y empedrado cintillo y estaba mucho más desenvuelta. Con gran seguridad nos dirigió a su próspero negocio, situado en un céntrico banco de cemento del boulevard.

Rodeado de flores y enmarcado en barritas de incienso encendido estaba un letrero que, enfático, lo explicaba todo: “Leo los astros, leo las manos, ¡pero el futuro te lo haces tú!”. María tenía arrojo, espíritu empresarial, ganas de aprender y una inocultable vocación por lo sobrenatural. En su breve pasantía en casa de mi familia política María había logrado labrarse un oficio a través de un sistema de enseñanza a distancia facilitado por la telefónica nacional.

No la he vuelto a ver desde ese día, pero supongo que su negocio hoy será aún más floreciente que entonces, pues los venezolanos somos presos de la incertidumbre y demandamos más que nunca de futurólogos. No sólo los venezolanos, de hecho. El mundo cruje en crisis en puntos muy diversos de su geografía y el temor al futuro nos hace presa fácil de las predicciones, tan o más falibles que las de María, aunque muchas de ellas estén rodeadas de tecnicismos y aureolas científicas.

Visionarios

Acabamos de superar con éxito la dura prueba del fin del mundo que nos plantearon los mayas. Y no es la única prueba superada: a finales del siglo XVII Malthus publicó el ensayo que le hizo famoso y que aseguraba que la población tendía a crecer en progresión geométrica, mientras que los alimentos sólo aumentaban en progresión aritmética, por lo que el colapso de la humanidad era sólo cuestión de tiempo. Ese colapso no llegó porque, entre otras cosas, las fuerzas creativas de la humanidad, llamémoslas tecnología o demografía, introdujeron en la prognosis variables que alteraron ese comportamiento lineal que auguraba Malthus.

No son las únicas visiones de desenlace apocalíptico: un estudio muy serio y reciente del Banco Mundial augura un aumento de 4 grados centígrados en la temperatura promedio global para finales de este siglo, lo que implicaría consecuencias devastadoras para muy importantes regiones costeras del mundo. A tono con lo anterior, el nonagenario científico británico James Lovelock asegura que ya todo está escrito y es imposible detener la destrucción.

Otros dos nonagenarios desde La Habana sonríen felices porque creen haber escrito el futuro de un país caribeño y petrolero que representa para sus ambiciones la joya de la corona, largamente acariciada. Lo que para ellos es un triunfo político, para buena parte de los venezolanos es un cataclismo. Los peores pronósticos y visiones apocalípticas se predicen entonces para este pobre país rico.

“El futuro te lo haces tú”

Pero suele ocurrirnos que cuando no somos capaces de vislumbrar el futuro con claridad, prevemos para él los desenlaces más trágicos. Sin embargo, el hecho de que no podamos vislumbrar un futuro promisorio no quiere decir que éste no exista. Las predicciones son tremendamente difíciles en sistemas dinámicos. En pleno siglo XXI aún anticipar el clima más allá de una semana es un chiste. Que no decir de los terremotos u otros cataclismos.

Cuando en lo político nos dejamos llevar por la visión apocalíptica suele ser porque ignoramos la sabia máxima de María: “El futuro te lo haces tú”. Es decir, el futuro no se deriva de la proyección de tendencias lineales. Hay variables desconocidas hoy que decidirán mañana incorporarse al escenario y torcer las predicciones más calamitosas.

Lo más bonito que tiene el futuro es, precisamente, que nadie ha estado allí antes…

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