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¿Diálogo de sordos?


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Carmen Beatriz Fernández

Venezolana, urbanista (USB) con máster en Administración de Empresas (IESA) y en Campañas Electorales (University of Florida). Desde 1997 dirige DataStrategia y coordina el portal político iberoamericano e-lecciones.net


Escrito el 11 de abril de 2014 a las 18:16 | Clasificado en Venezuela

Esta semana se celebró en Caracas el que se supone sea el primero de una serie de diálogos entre el oficialismo y la oposición.

Reunión con Maduro encabezando la mesa, bajo los retratos de Bolívar
Reunión con Maduro encabezando la mesa, bajo los retratos de Bolívar

El diálogo, más bien debate, entre gobierno y oposición venezolana se estableció con la venia de tres cancilleres de UNASUR (Ecuador, Brasil y Colombia), así como del representante del Vaticano. Pese a esta importante presencia de los mediadores, ninguno de ellos fungió como tal, por el contrario fue Nicolás Maduro quien abrió la larga sesión en su palacio de gobierno, mientras el vicepresidente Jorge Arreaza servía de moderador, evidenciando ambos que estaban en su zona de confort.

Parecía obvio que la locación, las cámaras, la transmisión, la ubicación, y el resto de las variables que definieron la iniciativa estuvieron a cargo del equipo comunicacional del Gobierno.

El gesto de apertura al diálogo es siempre positivo y despertó gran interés nacional e internacional. Sin embargo se llega a él en medio de críticas de ambos lados, acompañadas del escepticismo de buena parte de la oposición. El escepticismo es comprensible, ante un Gobierno de clara vocación hegemónica, que sólo ha apelado al diálogo como moneda para comprar tiempo. El uso repetido de esa moneda ha terminado por devaluar el diálogo, instrumento esencial en toda sociedad.

Por otro lado, las críticas oficialistas se entienden porque desde que a Maduro le fue concedida la victoria electoral en un virtual empate de fuerzas políticas ha gobernado para el extremismo. En lugar de reconocer que el país estaba dividido en dos bloques casi idénticos y tratar de ampliar su base de apoyo social en aras de la gobernabilidad nacional, se condujo como si estuviera librándose una elección primaria al seno del partido de Hugo Chávez, peleándose el liderazgo de los más fervorosos partidarios.

Ha gobernado estos doce meses desde y para los extremos, logrando una tremenda dosis de crispación nacional. Y estos extremos se sienten abandonados y traicionados en una convocatoria al diálogo.

Mal podría negarse el alto gobierno a este diálogo cuando lo reclama casi un 90 por ciento de la población, de acuerdo a encuestas recientes. Sin embargo el diálogo genuino no es una foto, ni un espectáculo. Es un proceso que busca el entendimiento y que eventualmente lleva a acuerdos. A ese proceso se acude porque los actores sienten que están mejor dialogando que sin hacerlo, pero cada una de las partes debe tener muy claro que tiene algo que ganar y algo que ceder.

“La oposición no tiene nada que ceder”, me interpelaba en estos días un querido profesor por Twitter. Pues sí, siempre hay algo en lo que ceder. De lo contrario, la otra parte no estaría interesada en sentarse con ellos. En el caso de la iniciativa de anoche la oposición cedió en lavarle un poco la cara de dictadorzuelo a Maduro, una mancha que se le ha marcado con pólvora, perdigón a perdigón, en estas ocho semanas de fuerte represión a las protestas y violación a los derechos humanos.

Por su parte el gobierno cedió en desatar ligeramente la mordaza mediática y ofrecer una transmisión en cadena nacional del debate-diálogo. Quizás no sea obvio para quienes lo analizan desde el extranjero, pero en un país en el que el gobierno ejerce plena hegemonía comunicacional, y especialmente de la radio y televisión, que el liderazgo opositor tenga una oportunidad de acceder a masivas audiencias es una situación excepcional.

En el caso particular de Henrique Capriles, aún hoy líder fundamental de la oposición, su aparición en medios televisivos se encuentra completamente vetada. Anoche hubo sólo una parcial excepción, puesto  que Capriles fue pautado para el final, tocándole hablar a la 1 de la madrugada de un día laboral.

Le pedí su resumen a mi colega Jose Rafael Vilar, quien lo vio desde Bolivia, capaz de analizar desde la distancia con menos pasión:

“¿La impresión de la Unidad? no estaban totalmente corporizados, no alinearon previamente su mensaje.  ¿La impresión del oficialismo? Se hace sólo para ganar tiempo y espacio. ‘Súmense a lo que hacemos’ parece ser el lema de Maduro.

Más de cinco horas transcurrieron en la iniciativa televisada. Hubo muchos dimes y diretes, y uno que otro intento de debate. El patrón general fue que el oficialismo hablaba del pasado, con especial referencia al golpe del 2002, mientras que la oposición hablaba más de los problemas nacionales. Pero hubo, en definitiva, muy poco diálogo.

Que el diálogo pueda entablarse con seriedad depende de cómo sigan las conversaciones. En este sentido anoche Ramón Guillermo Aveledo propuso  establecer comisiones de trabajo y unas fechas para trabajar en torno a unos pocos grandes temas nacionales: una funcional comisión de la verdad y el desarme de los grupos armados, entre otros.  “Sigamos la Constitución, sin trucos y sin trampas. El andamiaje de la paz es el funcionamiento institucional”. Fue el único que  llevó la tarea hecha, lamento decir. El resto de las intervenciones no prometían continuidad ni velaban por ir más allá de la jornada.

Habrá nuevas oportunidades y debemos apostar a que sean positivas y útiles. Avanzar en el camino del genuino diálogo implica para el oficialismo renunciar a ejercer el poder hegemónico. Ojalá se equivoque mi colega Vilar y el gobierno no esté simplemente tratando de comprar tiempo. De ser así será peor para ellos. Con profundo malestar, y más de dos meses de incesantes protestas, que muy probablemente no vayan a parar, como aseguraba también Julio Borges, el cambio es ya un anhelo aspiracional masivo en la sociedad venezolana.

Si no cambias, te cambiarán pronto, pues similarmente a lo que ocurre en Venezuela con la harina, el aceite, o el papel higiénico,  tiempo tampoco hay.

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