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Maduro en su laberinto


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Carmen Beatriz Fernández

Venezolana, urbanista (USB) con máster en Administración de Empresas (IESA) y en Campañas Electorales (University of Florida). Desde 1997 dirige DataStrategia y coordina el portal político iberoamericano e-lecciones.net


Escrito el 10 de mayo de 2013 a las 11:51 | Clasificado en Venezuela

Tras graves sospechas de fraude electoral, que ponen en duda su legitimidad como presidente, a Nicolás Maduro le toca gobernar un país polarizado que, sin embargo, reclama la reconciliación.

Nicolás Maduro, durante una entrevista. (Flickr: Hugo Chávez)
Nicolás Maduro, durante una entrevista. (Flickr: Hugo Chávez)

Poco más de dos meses han transcurrido desde el fallecimiento de Chávez. Desde entonces, el gobierno ha caído a velocidad de vértigo, unos 30 puntos según encuestas. De los muchos errores que cometió Nicolás Maduro durante su descendente campaña, y que hizo añicos los 25 puntos de ventaja inicial con los que partía, hubo uno particularmente costoso: Maduro concentró sus esfuerzos en ganarse al elector más duro y comprometido del chavismo. Como si se tratara de una elección primaria, Maduro asumió posturas intransigentes, intentando ganarse al elector más recalcitrante, al más radical.

Quizás Maduro se sentía inseguro de su liderazgo en el interior del partido de Chávez y creyó que las muchas pugnas internas ameritaban de sí una demostración de ser “más chavista que Chávez”. Actuó de manera muy diferente de lo que era el comportamiento habitual del difunto líder, que en elecciones solía migrar hacia el centro del espectro político.

En ese esfuerzo de captura de los extremos a Maduro se le escaparon los electores del centro, el denominado “chavismo light”. Al menos 600.000 electores que habían tradicionalmente votado por Chavez cruzaron la calle y votaron por Henrique Capriles en una de las elecciones presidenciales más ajustadas de la democracia venezolana. Así, en un proceso pleno de abusos de poder y triquiñuelas variadas, se ofrecieron unos resultados oficiales de virtual empate, al tiempo que  Maduro era ungido como presidente oficial de forma inusualmente rápida.

Buscando el reconocimiento también rápido de los países del Unasur la institución electoral convino en una auditoría del proceso. Sin embargo, pasadas las 48 horas más críticas, la auditoría se transformó en una auditoría parcial del sistema electrónico, escondiendo sus elementos más vulnerables. Todo lo cual en la percepción popular se traduce como que “se robaron las elecciones”.

A tono con las percepciones populares, Henrique Capriles y la Unidad Democrática impugnaron las elecciones en sendos recursos introducidos ante la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia. El primero de los recursos pide la conducción de nuevas elecciones basado tanto en los muchos incidentes del día de las elecciones como en las condiciones macro de abuso de poder, que fueron una constante que atenta contra la igualdad de oportunidades de una contienda en buena lid.

El segundo recurso es más específico y objeta las graves irregularidades ocurridas en casi 6000 mesas electorales (un 15% del total) que afectan a más de dos millones de votos (unas doce veces más que la diferencia oficial entre ambos candidatos).

Entre los indicios de fraude más impactantes está el hecho de que existen casi 4000 mesas electorales en las que Maduro sacó proporcionalmente más votos que Chavez en Octubre.  Esto es algo dificil de entender porque nadie conoce un solo caso de un elector que no le gustara Chavez, pero que le guste Maduro. Por otro lado, lo ocurrido el 14 de Abril contraviene lo que ha sido el comportamiento del elector venezolano, y particularmente del elector chavista: por primera vez en la historia electoral del país no hubo abstención como voto-protesta.

Tan sólo con estos indicios de psicología electoral puede tenerse una hipótesis de qué fue lo que pasó en ciertas mesas: un fraude artesanal con votos múltiples y coacción de votantes en proporciones que harían, al menos, la diferencia. El árbitro electoral no ha permitido que en la auditoría se revisen ni los cuadernos ni los reportes de incidencias con las captahuellas, que serían los elementos definitivos para convertir las sospechas en certezas.

Pero la misma negativa a investigarlos se convierte en la más fuerte de las sospechas. Los datos hablan con claridad, porque ocurrió una votación muy masiva. Si la oposición se hubiera abstenido, como ha pasado en otros procesos, las dudas no serían tan elocuentes.

Sin consenso nacional

Un comienzo nada fácil para Maduro. A las dudas sobre su legitimidad de origen se le añade ilegitimidad en el ejercicio democrático de gobierno. El desempeño que hasta ahora ha demostrado en su breve gobierno sigue el enfoque de gobernar para y desde el extremismo. Gobernar desde la crispación nacional. Hay numerosas denuncias de persecuciones a empleados públicos de quienes se sospecha hayan votado por Capriles. Se le niegan las transferencias de recursos a gobernadores y alcaldes de la oposición. Se expropia  el derecho de palabra de la bancada opositora en el parlamento nacional. El camino a la radicalización parece estar abonado.

Sin embargo uno de los más claros consensos nacionales es que Venezuela necesita paz. La reconciliación y el respeto por las posturas políticas “del otro” es un anhelo de al menos el 80% del país.  Tampoco es desdeñable ese otro 20% del país que no quiere entendimiento alguno. Ese 20% radical está bien repartido entre oficialismo y oposición.

El problema es que mientras el radical opositor es un “soldado raso”, el radical chavista está al más alto nivel y gobernando. El chavismo raso es mucho más conciliador y tolerante que su dirigencia. El liderazgo oficialista no ha estado a la altura del enorme reto al que obligan estos tiempos.

El resultado electoral tan ajustado debió haber sido palanca de reconciliación nacional. Mucho más fácil si la elección la ganó Capriles, pero mucho más necesaria si la ganó Maduro.

Tambien en el panorama internacional se le complican las cosas al excanciller Maduro. Al desconocimiento explícito de USA, Canadá y la Unión Europea se le sumaron la declaratoria de la ODCA en repudio a la violencia parlamentaria del oficialismo, y el consenso político en Perú que pide a la Unasur una revisión de su postura de reconocimiento a Maduro como presidente. La expansiva y generosa petropolítica internacional de Venezuela aún da margen para sumar algunas alianzas claves, pero en sus visitas internacionales al excanciller le reciben con cacerolas aún en esos países amigos.

Así las cosas, los primeros cien días de Nicolás Maduro dibujan a un presidente con muy graves problemas de legitimidad y gobernabilidad, acompañado de una situación económica y social explosiva. El laberinto de Maduro parece tener una sola salida: nuevas elecciones.

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