Escribir unas memorias de un tiempo añorado no debe ser fácil. Enfrentarse al papel en blanco se convierte en tarea lacrimosa si los recuerdos hacen referencia al PSOE que marcó una era y posibilitó confirmar la Transición política dejando atrás una dictadura de casi cuatro décadas. Joaquín Leguina lo vivió en primera persona, fue uno de los protagonistas de aquel PSOE de 1982.

‘El camino de vuelta’ son más de 300 páginas llenas de melancolía y opinión de relatos de historia. El subtítulo de la obra es un buen resumen: ‘Del triunfo de Felipe González a la crisis del PSOE’. Pero Leguina no se sumerge profundamente en las causas por las que, desde su punto de vista, el partido en el que milita pasó de la gloria y el mayor de los reconocimientos al desprecio y la crisis de identidad que todavía sufre.

Como todo libro de memorias escrito en primera persona peca de ser excesivamente compasivo con tiempos pasados y duro -o excesivamente crítico- con los tiempos presentes. Sin embargo, el que fuera presidente autonómico de la Comunidad de Madrid, diputado en el Congreso y concejal en el Ayuntamiento de Madrid -donde aprendió la “especial relación entre las personas”- no duda en reconocer errores -y algunos de bulto, como los casos Roldán, Filesa, Ibercorp… así como saber que en política en ocasiones se ha de escoger la opción menos mala, que no es sinónimo de la mejor- durante los años dorados del PSOE.

[do action=”ladillo”]Nombres propios[/do]

De los años de buenaventura cabe destacar que no era un desierto de intelectualidad. El PSOE, a finales de los años 70 y durante los 80, podía sacar pecho. Lo deja caer Leguina en un pasaje que titula ‘Hacia el Gobierno’. ¿Dónde están en 2013 los Elías Díaz, Virgilio Zapatero, Francisco Laporta, José María Espinar, Gregorio Peces-Barba o Tomás de la Cuadra? Es cierto, alguno de ellos ahí sigue, en la órbita del PSOE. La renovación generacional no aparece.

En el plano estrictamente político, a Felipe González lo califica como “un dogmático en el sentido de dogma ideológico”, pero siempre “un convencido convincente”. Una persona capaz de exigir “firmeza” y “levantar la voz”… solo a veces. “Virtudes”, dice el conmilitón del andaluz, que se deben aplicar con rigor para ejercer “el poder”. Solo le pone un pero, en forma de pregunta, y por una actitud actual: “¿Cómo es posible que quien no siente un especial aprecio por el dinero esté a menudo rodeado de multimillonarios?”.

Frente al liderazgo ejercido por el que fue durante catorce años presidente del Gobierno, Leguina no guarda buen recuerdo del ministro de Economía y Hacienda en el primer Gobierno del PSOE, Miguel Boyer. El narrador fue portavoz de la Comisión de Economía en el Congreso durante seis meses y no pudo despachar ni una sola vez con el ministro:

“Yo llamaba a la jefa de gabinete del ministro, Petra Mateos, para que le transmitiera a Boyer mi disponibilidad para recibir instrucciones, pero jamás me las dio. […] O pasaba de mí o era tal su confianza en mi oficio parlamentario que no creía necesario darme indicación alguna. Tiendo a pensar que era lo primero”.

Leguina tampoco debe tener grandes amigos entre los ‘guerristas’. A estos culpa de la llegada a la Secretaría General del PSOE en el año 2000 de un tal José Luis Rodríguez Zapatero. Gobernó España durante dos legislaturas, pero “ha dejado el PSOE hecho unos zorros”. Los ‘guerristas’, que llegaron a presentar a Matilde Fernández en aquel congreso socialista, trabajaron para que bajo ningún concepto ganara José Bono, “el traidor”.

[do action=”ladillo”]Las leyes que permiten la convivencia[/do]

Respecto a los nacionalistas vascos que durante años miraron a otro lado mientras ETA atentaba, Leguina recuerda que hay algunos pelos olvidados en la gatera, que están de plena actualidad:

“Se trata de un ‘argumento’ según el cual ‘dentro de la democracia cabe defender y practicar cualquier posición siempre que no se recurra a la violencia’. Pues no. El límite democrático, la frontera, es más exigente y no está en la violencia sino antes, en la Constitución y en las leyes”.

De los nacionalistas catalanes -aunque esto también es atribuible al resto de nacionalistas- solo una frase: son “los únicos que no han renunciado a sus pretensiones, a sus programas máximos, desde el inicio de la Transición hasta hoy”. Algo que es incompatible con el espíritu de 1978 que dio lugar a la Constitución ratificada por el pueblo, pues esta norma “aparte de un texto jurídico-político, es también el resultado de un acuerdo entre derecha e izquierda, entre nacionalistas y no nacionalistas, entre laicistas y religiosos, etc.”, en definitiva, “un pacto entre distintos y distantes en beneficio de la convivencia”.

El Leguina actual molesta e incordia. La independencia de opinión de la que ahora disfruta -en radios, televisiones y tribunas- solo le acarrea enemigos en la dirección actual del PSOE y, claro, en la del PSC. De hecho, el vacío que le hicieron desde las filas del partido que dicen se controla desde la calle Nicaragua de Barcelona fue total el día de la presentación del libro en esta ciudad. Es el precio de la libertad.

El libro no analiza la etapa de Zapatero, presidente que dejó el poder y el control que tuvo Felipe González en un juego de niños. Eso bien merece otro libro de memorias pues, al fin y al cabo, Leguina vivió desde el Congreso la entronización de Zapatero y su posterior caída. Tal vez, ese segundo volumen de memorias podría empezar con un ‘mea culpa’ por haber votado a favor de un Estatuto de Autonomía de Cataluña que, después, ha criticado. Ya se ha arrepentido en público.

Publicado por Daniel Tercero

Nacido en Barcelona en 1977. Soy periodista, actualmente redactor de La Voz de Barcelona. Licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona. Mi blog sobre actualidad es 365 en LVdB

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