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El caos tras la tormenta


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Joaquín Ortega

Periodista. Participé en el arranque de varios medios digitales informativos y estuve en el mundo de la comunicación y la política, pasando por dos ministerios. También colaboro en la revista GQ.


Escrito el 16 de enero de 2014 a las 9:43 | Clasificado en Nacional

Queda atrás la tempestad financiera y tener que hacer lo que pide Bruselas, y el Rajoy que decide a solas apunta al caos.

Los ministros Fernández y Báñez. (Ministerio de Interior)
Los ministros Fernández y Báñez. (Ministerio de Interior)

Una de las críticas recurrentes dirigidas al presidente Rajoy es que no se moja, que es que es muy gallego. Esto de “no se sabe si sube o baja la escalera” que dice el tópico. La gracia del chascarrillo podría tener su recorrido en el segmento de la anécdota, pero si tenemos en cuenta que hablamos el presidente del Gobierno, ya son palabras mayores. Tal y como explicó en su día Felipe González, una de las características del cargo “Inquilino de la Moncloa” es estar en posesión del último teléfono que suena. A partir de uno, es decir, del de Mariano Rajoy, ya no hay nadie más a quién recurrir.

Una medida o una decisión puede contar con muchas opiniones, matices, sugerencias… que se pueden dar con la comodidad de que son sólo eso. La irresponsabilidad de opinar sobre algo que no se convertirá en ley supone una seguridad intelectual y una confortabilidad que no tiene Mariano Rajoy, quien ya a estas alturas sabe que sus opiniones, matizaciones, estados de ánimo, etc. son la guía para cogerle la medida que tienen sus ministros, asesores y sobre todo, su vicepresidenta, Soraya Sáez de Santamaría, para ejercer de Poder Ejecutivo.

Esto es relevante porque ese carácter de indeciso, de gallego, de dejar que los problemas maduren hasta que se caigan del árbol y una vez en el suelo no se vean, afecta a todo el funcionamiento del Gobierno, cuya coordinación y rumbo dependen de él. Los primeros meses de la acción de Gobierno dejaban poco margen para la creatividad de Rajoy. Con la prima de riesgo escalando sin control, los recortes eran la única receta comúnmente aceptada por Bruselas, y Rajoy no pretendía llevarles la contraria.

Amante de la ortodoxia

No necesitaba ser creativo ni heterodoxo, atributos que, aparentemente, el presidente no practica con entusiasmo. Es lo que él llama “ser previsible”. Y Rajoy, con la previsibilidad como bandera, aplicó recetas económicas de austeridad pese a las dudas de un importante consenso de economistas, que apuntaban al neoKeynesiamismo de Obama como la alternativa a seguir.

En el invierno de 2012, pasado el cataclismo del verano, la prima de riesgo abandonó los umbrales apocalípticos y, en cierto modo, comenzó de verdad el Gobierno Rajoy, cuya agenda legislativa y de gestión, evidentemente afectada por la economía y por la crisis, comenzó progresivamente a depender más de él. De su gallegismo. Y a partir de ahí comenzaron a colarse algunos problemas, síntomas de que esa incapacidad para tomar una decisión está generando graves problemas de coordinación en el Gobierno. Muchos de estos problemas, por ser invisibles mediáticamente, no son menos graves.

Seguramente habrá muchos ejemplos, pero ahí van una selección de síntomas graves, que parecen inspirados en las secuelas que deja por doquier de la administración la falta de concreción ejecutiva del Presidente. Uno de los más graves ha tenido que ver con el sector energético. De sobra conocida ha sido la intervención del Ejecutivo al tratar de evitar la subida de la luz un 11%.

Promesa por escrito

El conflicto tuvo su origen en la promesa, hecha a las empresas eléctricas, de pagar con los presupuestos del Estado unos 3.600 millones de euros de déficit tarifario. ¿Porqué iba el Ministro Soria diciendo por ahí que el Gobierno iba a poner esos 3.600 millones de euros? Desde Industria aseguran que no fue un farol de Soria, sino “que es que estaba escrito en el propio proyecto de presupuestos”, aprobado por el Consejo de Ministros. Es decir, con el visto bueno de Moncloa, del Presidente.  Finalmente, tal y como ocurrió, el Ministro Montoro retiró ese dinero a través de una enmienda de su propio grupo parlamentario, en el Senado, a ultimísima hora. Es evidente que alguien cambió de criterio.

Otro ejemplo reciente lo encontramos en Sanidad. La ministra Mato ha desistido de aplicar  el copago de algunas medidas, como el traslado no urgente en ambulancia. Lo hace tras la decisión en cascada de algunas CCAA, gobernadas por el PP, de no aplicar, de facto, el copago farmacéutico hospitalario. Y no se trata de Extremadura, que gobierna bajo la atentísima mirada de IU, sino de Castilla La  Mancha, presidida por la secretaria general del Partido.

La decisión de Ana Mato es una marcha atrás consecuencia, según el Ministerio, de un informe del Consejo de Estado, en el que el organismo le dice al ministerio que las reformas que plantea van a tener mayor coste administrativo el ponerlas en marcha, que el dinero que se recaudaría con ellas. Ambos motivos a cada cual peor: el cambio de criterio (Cospedal) o averiguar, oh sorpresa, que poner en marcha esas medidas cuesta más dinero que lo que se recauda por ellas.

Acuerdo con el cine

De nuevo sobrevolando la órbita presupuestaria, a finales de diciembre del año pasado, en una reunión interministerial en la que estaban representados los ministerios económicos, Cultura y Presidencia, se alcanzó un acuerdo con el sector, entre otros, para reducir el IVA de las entradas de cine. Buena noticia, efectivamente, para la cultura y para una industria que ha chocado frontalmente con el PP en varias ocasiones.

Sin embargo, el acuerdo ha quedado en el limbo puesto que en una reciente entrevista en televisión, el Ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, no parecía mostrar entusiasmo sobre esta posiblidad, poniéndose de perfil ante la hipótesis de un acuerdo, incertidumbre alimentada también desde Hacienda. ¿Se concretará el anuncio? Sea o no, el desconcierto apremia.

En una reunión muy reciente con la cúpula del PP, el presidente Rajoy pidió a los suyos que hablarán de economía. Esto ha sorprendido a algunos gurús y analistas mediáticos. Porque hasta el momento, la teoría era que eso era lo que Moncloa quería evitar. Siguiendo esta línea, el Gobierno, en un cálculo quirúrgico, habría espoleado a los ministros de Interior y de Justicia para poner sobre la mesa las leyes de seguridad ciudadana y la del aborto.

El objetivo, tapar la economía con debates polarizadores, en una idea inspirada por el infalible Pedro Arriola. Sin embargo, la petición de Rajoy ahora sería contradictoria. O quizá no. Un síntoma de que, visto el incendio organizado por él mismo para controlar la agenda con asuntos cercanos a su ala derecha, es preciso un cambio de opinión.

Caos concentrado

Todas estas situaciones tienen en común un elemento que las hace relevantes: su coincidencia en el tiempo. Todas ocurren en los últimos dos meses, con parón navideño de por medio,  y son síntomas de que ese gallegismo divertido que se le atribuye al Presidente es fatal para el Gobierno de un país. Al margen de reformas acertadas o no,  depender de la Unión Europea deja poco margen para equivocarse fatalmente.

Lo escaso que sí depende de Moncloa requiere, eso sí, decisión y firmeza, ambos quintaesencia del Poder Ejecutivo en un sistema con división de poderes. Atrás queda 2013, lo peor de la tormenta financiera y la lógica de los recortes permanentes. El porvenir será fruto del diseño Rajoy, y no hay nadie por encima de él. Su teléfono será el último que suene. Es fácil cumplir órdenes. Las que dicta Aznar o las que dicta Bruselas. Parafraseando al líder popular, lo previsible, él, gobernando un contexto, la política, esencialmente imprevisible.

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