En tiempos como éstos en los que la clase política adolece precisamente de eso, de clase, muchos están deseando que se convoquen elecciones para regenerar el panorama parlamentario. Sin embargo, la estructura del sistema electoral obliga a que los votos sean siempre favorables a algún partido cuando lo que algunos realmente quieren es manifestarse en contra de otro.

Lo que comúnmente se llama el voto de castigo termina por premiar a algunas formaciones sin realmente merecerlo, partidos que después se dan palmaditas en la espalda por la suculenta cosecha de votos. En el fondo, una distorsión del sentimiento de la calle. Ganar porque el contrincante es muy malo no debería servir para sacar pecho.

Da la impresión de que muchos electores acudirían más voluntariosos a su cita con las urnas si en vez de dar su apoyo, pudieran mostrar su rechazo, o ambas cosas. Sería interesante conocer qué cifras negativas obtendrían cada uno de los partidos, incluso aunque éstas no fueran vinculantes.

Publicado por Fernando Mexía

Periodista afincado en EEUU que se gana la vida como corresponsal de lo divino y de lo humano.

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