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¿Hay oposición en España?


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Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.


Escrito el 15 de julio de 2013 a las 12:44 | Clasificado en Nacional

Análisis de las formas de oposición en España y su efectividad a la hora de ser alternativa al Gobierno actual.

Mariano Rajoy y José María Aznar en el XVII Congreso Nacional del Partido Popular. (Flickr: Partido Popular Castilla y León)
Mariano Rajoy y José María Aznar en el XVII Congreso Nacional del Partido Popular. (Flickr: Partido Popular Castilla y León)

Estos días se observa como nunca la necesidad y utilidad de la oposición en democracia. Si cabe, más relevante es su actuación que la del Gobierno, en cuanto permite que éste haga su mejor esfuerzo por superarse y cuidarse de las posibles críticas que lo podrían hacer caer.

Cierto que en España está extendida la sensación de que los políticos actuales gobiernan para ostentar el poder y no para cambiar las cosas y que, por ello, si se cuidan de la oposición es para no quedarse sin ese poder y no por no perder la posibilidad de llevar a cabo una acción de gobierno en un sentido determinado. Pero aunque Nietzsche nos diga -extrapolando su ‘Genealogía de la moral’- que ello invalidaría la acción, para lo que nos interesa ahora, la motivación de la acción, siempre que de el resultado indicado, será igualmente válida.

Es decir, la oposición sirve para que el Gobierno funcione mejor, ya sea tanto para no perder la silla como para poder llevar a cabo un plan de gobierno aunque, efectivamente, el primero de los supuestos supone una quiebra de la democracia en tanto no representa la acción política, sino la acción hacia intereses personales o grupales determinados.

Pues bien, si ya asumimos que este supuesto perverso -así lo definiría Nietzsche- del poder para conservar el poder pone en riesgo la calidad democrática, añadir una falta de acción de oposición resulta doblemente grave.

No podemos negar que sería incorrecto decir que no existe oposición en España, pero la forma de hacerla no está logrando los efectos esenciales para un proceso democrático extensivo. Si hubiera que definir la oposición actual en España se podrían fijar tres tipologías generales.

En la calle

Sin duda la más efectiva y efectista, probablemente en auge debido a la debilidad del principal partido de la oposición. Mareas ciudadanas, plataformas, manifestaciones, concentraciones en las sedes del partido del Gobierno y un largo etcétera que está canalizando la indignación ciudadana de forma democrática, pero que está acercándose peligrosamente a la desesperación y, por tanto, a la reacción más contundente. Los escraches son prueba de esta desesperación ciudadana, que no se hubieran producido de haber fructificado la ILP de la PAH respaldada por casi 1,5 millones de firmas.

Cuando la ciudadanía no encuentra reacción a sus protestas, estas tienden necesariamente a radicalizarse puesto que deben “gritar más” para que quienes están para escucharles les escuchen. La ausencia de apoyo en los otros tipos de oposición también genera esta reacción.

Partidos minoritarios

Crecen y son ya algo más que llave parlamentaria. Normal cuando, como veremos, el principal partido de la oposición hace aguas. Aquellos ciudadanos que siguen confiando en el sistema democrático de partidos para buscar una solución pero no encuentran respuesta en la oposición mayoritaria del Congreso acuden a fuerzas hasta ahora más minoritarias con la esperanza de lograr los cambios estructurales necesarios.

Son la pieza clave para que se mantenga la argamasa democrática, el último reducto para que la ciudadanía confíe en la democracia y no acabe en posicionamientos más radicales de ruptura con el sistema. En España están recogiendo mucho descontento, pero no todo, y eso deja un gran segmento de la población demasiado hastiada con el sistema que se expresa con abstención y votos nulos.

El principal partido de la oposición

La alternativa. Ahora sólo presentado como alternancia en cuanto no se ha configurado un modelo diferente al expresado por el partido en el poder. Un partido exactamente igual al que salió derrotado el 20N, sin renovación orgánica, estructural ni visual. Cae como mínimo lo mismo que el PP en las encuestas y, para colmo, su líder genera menos confianza en el electorado que Rajoy, envuelto en acusaciones de corrupción al más alto nivel. El rechazo de tal liderazgo por parte de la ciudadanía no ha hecho reflexionar a la dirección ni ha generado ningún cambio, por mucho que la tendencia negativa se mantiene.

En estas condiciones, el principal partido de la oposición no puede usar todas las herramientas que tiene a su alcance, cuando más recursos democráticos debería estar usando. De la moción de censura se habla estos días dada la situación del Gobierno actual, pero que genera más miedo en las filas socialistas que en las populares por el débil liderazgo de Rubalcaba, cuestionado dentro y fuera de su partido.

El riesgo de la ingobernabilidad

Existen, además, varios condicionantes especiales en el caso español. Por una parte, la debilidad parlamentaria del principal partido de la oposición, sumada al rechazo social que tiene en estos momentos, hace que un Gobierno débil y derrotado por los constantes escándalos de corrupción siga en pie, alargando una agonía para la que debería tener respuestas claras y materializables. Por la otra,  la existencia de oposición al Gobierno desde el propio partido del Gobierno. La foto resume este punto: efectiva para poder hacer cambiar un Gobierno, pero inútil para cambiar el modelo, por lo que no es una oposición en el sentido estricto.

La ausencia de un modelo visualmente alternativo al que ostenta el poder es el mayor generador de expulsiones del sistema democrático. Si el ciudadano no ve opción de cambio y sólo le queda la minoría o la salida desesperada del sistema existe un grave problema para el país que se enfrente a una situación así, que lleva a situaciones y resultados electorales de ingobernabilidad, lo cual acaba yendo en detrimiento de la propia ciudadanía puesto que las decisiones acaban siendo impuestas con más facilidad todavía desde entidades -interesadas- superiores.

La suma de condicionantes de estas tres formas principales de oposición da el resultado de una existencia de oposición en España, pero sin posibilidad real de generar el cambio que por ejemplo las encuestas del CIS muestran que buscan los españoles, empezando por la eliminación absoluta de la corrupción. Hay oposición, pero sin la posibilidad de ser alternativa, lo que lleva a España a una situación como la italiana, donde la división del voto en partidos lleva a complicadísimas alianzas de Gobierno que presentan inestabilidades profundas y que no pueden plantarse ante las indicaciones de organismos supranacionales como la troika y negociar.

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