En el momento de mayor desprecio del sistema político español, de desapego al sistema democrático y de absoluta falta de confianza en las instituciones que lo hacen funcionar, vamos a vivir unas Elecciones Europeas reveladoras. Lo haremos si preparamos nuestros oídos para análisis cualitativos entre tanto dato de encuesta gruesa y de números de diputados arrojados sobre nuestras cabezas de un partido a otro.

De hacerlo, lograremos entender bien, por ejemplo, es dato que será realmente relevante en estas elecciones: la abstención.

Ante una cifra de no votantes absolutamente escandalosa, que algunos escenarios la sitúan por encima del 60% en función de características especiales de estas elecciones como es, por ejemplo, la final de la Copa de Europa justo la noche antes (con lo que eso conlleva mediáticamente), ningún partido está queriendo entenderla más allá que como un ataque casi personal a cada uno de ellos. Incluso los nuevos partidos, que nacen del sentimiento que realmente parece inspirar esas cifras de abstención, caen en la trampa de criticarla en vez de comprenderla.

Estamos ante una abstención crónica. Asciende en cada proceso electoral y tiene picos de especial preocupación en las Elecciones Europeas. Ascenderá presumiblemente hasta en este caso, en un entorno politizado como hacía años que no estaba, con multitud de partidos alternativos y con un interés social por la política como no veíamos desde hace tiempo.

Cuando la abstención se hace recurrente, como ocurre en España, la explicación no puede circunscribirse a un problema con los partidos (que es como lo están entendiendo todos) sino que relata un problema con el sistema democrático en conjunto.

Una abstención cronificada evidencia que el ciudadano, a pesar de tener muchas alternativas políticas, no siente que su voto tenga ninguna relevancia, puesto que entiende que el sistema en el que entra está diseñado para anularlo, a pesar de las fuerzas políticas que tenga delante. Cuando el ciudadano vota lo hace a ciegas, no tiene capacidad de controlar lo que pasa con su voto, la forma en que se recuenta, el proceso de reparto ni lo que luego cada partido haga con él. Pueden coger su voto y utilizarlo para lo contrario de lo prometido, pueden usarlo para pactar con quien él jamás pactaría y no tiene forma de controlar ni participar en todo ese proceso que es el que de verdad da fuerza al voto.

Cuando el ciudadano vota en España no sólo está aceptando un modelo de representación democrática -ante lo cual no parece tener reticencias- sino que está entregando el valor y el peso de ese voto a quienes lo reciben como cheque en blanco, lo que anula la relevancia del votante. Ha votado, pero no puede fiscalizar al político que lo recibe, no puede controlar que cumpla el programa, no puede promover procesos revocatorios si ve que no están haciendo el uso adecuado de su voto y no puede exigir responsabilidades directas a ningún cargo electo porque tampoco ha dependido de él que estén en ese puesto, ya que la lista las hace -cerradas- el partido.

Esta es la realidad a la que se enfrenta el votante en cada proceso, esta es la realidad que lo mueve a no votar, a que el CIS recoja esos datos referidos a que “votar no sirve para nada”. Porque hay mucho de verdad en esa afirmación que, de no entenderla en profundidad, asusta.

No es una oda a las dictaduras ni salvadores, es un grito al sistema para que devuelva a la ciudadanía el control de la acción política con ese voto. Se reclama que votar sí sirva para algo y que entonces, merecerá la pena hacerlo porque supondrá la posibilidad real de ser fiscalizadores de la acción política.

Frente a esta realidad de más democracia los partidos están respondiendo culpando a los ciudadanos. Unos les dicen que por culpa de su abstención ganará la derecha, otros les dicen que se abstienen porque son culpables de no haberse informado bien, otros dicen que la ciudadanía es culpable por hace de esa manera resistente al bipartidismo… El rango entero de partidos culpan a la ciudadanía de esa abstención y les hacen responsables de lo que ella pueda provocar políticamente.

Es difícil encontrar un ejemplo de error político más de bulto. No se dan cuenta del mensaje tan sencillo que hay detrás de todas las cifras de desencanto con la política: “querer recuperar la acción política”, “que mi voto sirva para algo”, “que pueda cambiar las cosas”…

La ciudadanía reclama tener las herramientas políticas para poder ser responsable de su propio devenir político y los partidos -los nuevos incluidos- siguen ofreciendo salvadores.

No, los ciudadanos no son culpables de que no vayan a salir elegidos unos salvadores u otros, es que simplemente quieren tener las herramientas para salvarse ellos mismos. Lo piden en cada encuesta, lo buscan en los nuevos partidos y lo reclaman constantemente con gritos en favor del cambio de modelo. Hasta que no recupere la ciudadanía la fuerza que realmente tiene su voto en democracia, normal que no se vean motivados para usarlo.

Podemos entenderlo o podemos seguir diciendo que están equivocados, pero cada vez por menos tiempo.

Publicado por Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.