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La política estafó a la sociedad


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Asier Martiarena

Soy periodista y escribo en La Vanguardia y Yahoo! después de haberme encargado de la sección de política del diario Metro y de echar a andar en La Voz de Galicia.


Escrito el 7 de noviembre de 2012 a las 13:02 | Clasificado en Nacional

Los discursos prometen y no plantean. La política se está mostrando incapaz de articular espacios comunes, de responsabilidad y de integración.

Presentación de la campaña electoral del PP del País Vasco, en la cita de 2012.
Presentación de la campaña electoral del PP del País Vasco, en la cita de 2012.

Ser político no es una profesión de riesgo, ni mucho menos. Pero cada vez le resulta más incómodo a la casta política reconocer su actividad profesional. No solo a los concejales y ediles de pequeñas localidades que solo son examinados dentro de las lindes que rigen, sino a los grandes nombres de dirigentes regionales, diputados o senadores autonómicos. Aquellos de los que todo el mundo reconoce el nombre y el cargo.

La crisis económica, el pinchazo de la burbuja y el empobrecimiento galopante de la sociedad han apretado la soga. En algunos casos al cuello de los trabajadores y en otros, a la bolsa de dinero público con la que se manejaban. Víctimas las dos, pero muy diferentes entre sí.

La necesidad de examinar con lupa los gastos públicos, dado que las telarañas habitan a sus anchas en las arcas, han sacado a relucir dietas desorbitadas para diputados con casa en la capital, facturas telefónicas difíciles de justificar, coches oficiales y chófer para cargos con actividades domésticas, ausencias prolongadas con cargo al erario público… La lista de agravios es enorme.

El problema es que estas prácticas se hicieron norma mientras se nadaba en la abundancia de las recalificaciones y contratas. Pero ahora hay que dar cuenta de ello. Y la sociedad está harta de que a ella se las pidan y al resto no. Porque la clase política se ha convertido en una élite muy diferente a la que se alumbró en la democracia ateniense. Ser representante de la sociedad para la satisfacción de sus intereses –de los electores, se entiende- es la última definición que se da a día de hoy de un político. La élite en la que se ha convertido es la de una minoría llena de privilegios que ha roto unilateralmente el contrato y se ofende cuando le piden explicaciones.

Así nos encontramos con ruedas de prensa en las que no se admiten preguntas, blindajes policiales hasta hoy desconocidos para preservar a la Cámara Baja de una protesta pacífica, y un distanciamiento con la sociedad que se antoja insalvable. A día de hoy quien gobierna se cree que no está obligado a tener en cuenta la campaña anterior (ya que aquello a lo que se comprometió se olvida tan rápido que se realiza el escrutinio). El sistema se ha desequilibrado sobremanera y los vicios de prometer, que tanto abundan en campaña, se han trasladado a todos y cada uno de los días de las legislaturas. Del color que sea y en casi cualquier circunscripción, no busquemos manos negras.

La prueba es irrefutable. Las decisiones de los políticos están totalmente condicionadas por la temporalidad de las elecciones. Y estas se suceden en los últimos tiempos a golpe de adelanto electoral. Las generales de 2011, las autonómicas de Galicia y Euskadi y, aún por celebrarse, las de Cataluña: España vive en una eterna precampaña política. Y con tanto preparativo, pre y post electoral, se acaba gobernando muy poco.

Los discursos prometen y no plantean. La política se está mostrando incapaz de articular espacios comunes, de responsabilidad y de integración. Todo se vende como complicado, borroso y sobrevenido. La madre Europa, de la que parece que no podemos prescindir, es el nuevo ogro de quien no quiere comerse las lentejas. Y así se esquivan las responsabilidades.

Como dijo Ronald Reagan, 40º presidente de Estados Unidos:

“La primera obligación del Gobierno es proteger a la gente, no dirigir sus vidas”.

¿Verdad que suena prehistórico el discurso? La política actual se está convirtiendo en la gran estafa a la sociedad.

Los votantes dicen...
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