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Lealtad y generosidad


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Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.


Escrito el 17 de diciembre de 2012 a las 8:58 | Clasificado en Nacional

Si en un momento de distancia entre militancia y cargos no se abren los espacios necesarios para el debate se impide la posibilidad de encuentros y de salidas hacia adelante, por lo que es una decisión que termina comiéndose al propio partido, incapaz de resolver tal tensión.

Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE (fuente: Fotopedia.com).
Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario general del PSOE (fuente: Fotopedia.com).

¿A quién debe lealtad un político? Como ocurre fuera de la política, muchas prioridades se cruzarán pero con especial atención a aspectos como las ideas y la representación que ostentan -cargo en el partido o cargo público-.

Para esta última dualidad, para evitarla, muchos militantes opinan y votan a favor de la incompatibilidad de cargos. En primer lugar eso permite liberar al partido de la acción de gobierno y hacer un necesario control que en estos momentos no es más que peloteo en forma de preguntas de autobombo en cada ayuntamiento o asamblea. En segundo lugar porque facilita y libera cada una de las responsabilidades. El cargo público quedaría así lo más lejos posible de las presiones internas, especialmente si se desarrollan plenamente las listas abiertas. En caso contrario quedaría cojo este supuesto porque la necesaria campaña interna para revalidar su puesto le condenaría a esa presión interna. De guinda para solventar este aspecto se debe sumar la limitación de mandatos, liberando todavía más al representante público de la batalla interna.

Para los cargos de partido la lealtad es inevitablemente doble. Debe estar mirando tanto a sus “jefes directos” como a sus bases y ser el punto de unión entre ellas para mantener la cohesión del partido y lograr que sea una herramienta electoral y de generación de alternativas políticas. Ahora bien -como vemos- hay veces en los que los intereses de las bases y los intereses de las ejecutivas nacionales chocan frontalmente e incluso la realidad externa a los partidos acaba tomando partido aunque sólo sea en forma de encuesta. En dicho caso y para resolver tal divergencia están los estatutos y los procesos de debate y votación.

Si en un momento de distancia entre militancia y cargos no se abren los espacios necesarios para el debate se impide la posibilidad de encuentros y de salidas hacia adelante, por lo que es una decisión que termina comiéndose al propio partido, incapaz de resolver tal tensión. Este es claramente el caso actual de un PSOE que tiene a las bases en España pero a la Ejecutiva Federal en Nueva Zelanda, negándose además a fletar aviones o encontrar un hotel de reunión en la India, a media distancia.

Cuando esta situación se da, el último recurso que queda son los textos “legales”, ya sea en forma estatutaria o en resoluciones de los órganos colegiados correspondientes. Si no se quiere hacer definitiva la fractura es necesario ser escrupulosamente estricto con esos textos para que la Ejecutiva quede amparada por la legalidad y pueda apelar a la responsabilidad del acuerdo democrático. Romper estos mínimos -como también ha hecho Rubalcaba y su Ejecutiva al negar la obligatoria Conferencia de Organización que reinventaría al partido- supone que la militancia entonces quede desamparada y encuentre su refugio, su lealtad, en esos textos violados, posicionándola irremediablemente en contra de la dirección. Evidentemente no hablamos de conjuntos estancos ni de grupos unánimes, se trata de mayorías y tendencias representativas que toman posiciones.

Los cargos medios en una situación tan crítica no pueden ni deben quedar inmóviles salvo que quieran retratarse como favorables a la dirección, lo que obliga -a que quienes sienten la misma duda en su deber de lealtad que los militantes- a expresarse de forma tan contundente como ha podido hacer Tomás Gómez.

Militantes activos

Hasta este punto es una situación que en todo caso podría ser comparable con el resto de partidos (no niego los importantes matices que podría presentar una situación semejante en el PP, pero los antecedentes muestran una tendencia similar a la descrita hasta este punto -véase la tensión histórica entre Génova y la Puerta del Sol-) a partir de aquí el siguiente paso es más divergente.

En el PP esta situación se puede sostener en el tiempo debido a que. a pesar de tener el mayor número de militantes, su nivel de actividad dentro del partido es mínima, en el PSOE en cambio es la inversa; menos militantes pero gran implicación. En IU un paso más, menos militantes pero todavía más imbricados que los del PSOE.

Cuanto más participativa es la militancia más posibilidad de ruptura existe. Ahora mismo el PSOE está viendo esa ruptura con una bajada de militantes (se calcula que unos 20.000 militantes menos en los últimos años, sin datos para las fechas más recientes) y una tendencia clara de que dicha dinámica siga mientras aumenta la tensión entre los que quedan y su Ejecutiva. Puestos en la disyuntiva, los militantes parecen tener claro que antes que los dirigentes está el partido. Sin duda, una apuesta de futuro, pero que es sinónimo de fractura interna y producida por las decisiones tomadas desde las “altas esferas” al negar los espacios de debate.

Sólo una apuesta radical por la ampliación del número y forma de los procedimientos democráticos puede solucionar una situación como la descrita en aquellos partidos (normalmente a la izquierda) que no son capaces de dejar en ‘stand by’ eterno una realidad así, justo lo que las bases del PSOE no dejan de reclamar como una opción previa al abandono definitivo de la esperanza.

Si los dirigentes no tienen aunque sea la “generosidad” de cumplir las resoluciones aprobadas en los órganos colegiados, dificilmente tendrán otro tipo de generosidad, aunque ello conlleve una posibilidad real de descomposición generalizada.

Como vemos, no se trata de “lealtad hacia arriba o hacia abajo”, resulta clara la lealtad de cada uno y, sobre todo, la dirección que debe tomar la de la militancia que es quien, con las mínimas presiones, con las mínimas ambiciones y con las mínimas deudas políticas (se diluyen porcentualmente por su número en comparación con las ejecutivas) puede tener una voz más precisa de lo que necesita su partido para volver a gobernar y con ello hacer posible la alternativa que desean.

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