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Los acomodados


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Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.


Escrito el 25 de marzo de 2013 a las 8:05 | Clasificado en Nacional

Existe un proceso de institucionalización de los partidos políticos que puede degenerar en su desaparición por la “bunkerización” de los dirigentes y zonas medias de responsabilidad. Y está pasando.

Señal de no caminar, semáforo. Wikimedia.
Señal de no caminar, semáforo. Wikimedia.

Cuando se habla de  ‘institucionalización‘ pocas veces se hace referencia a los partidos políticos, tal vez porque -en principio- la entrada a estos es voluntaria, es una actitud normalizada (dentro de la norma social) y se entiende que el ascenso es un premio.

Puede ser también porque no es literalmente ese proceso, aunque ocurra como tal, al estar mezclado con una versión suave del Síndrome de Estocolmo en la que el individuo entra de manera voluntaria y sus ataduras no son físicas sino económicas (basta ver currículums en los que no hay más que referencias a cargos políticos).

En cualquier caso algo hay, y tal vez podamos tener la osadía de darle un nombre, lo que conformaría esta rama de estudio de la Sociología de las Organizaciones. En el fondo no sería tanto como abrir una línea de estudio (ya se ha venido tratanado de alguna forma), sino mezclar las aportaciones de la Sociología de la Desviación -que plantea la necesidad de acciones fuera de la norma para permitir el desarrollo- con la composición de las organizaciones políticas.

En los partidos políticos hay varias formas de institucionalización (desde la militancia de base hasta las ejecutivas más altas podemos encontrar a indoviduos institucionalizados), pero sólo una de ellas es la clave del absoluto inmovilismo de los mismos y, por lo tanto, responsable de su posible extinción: la zona media acomodada.

El problema de la zona media

La ejecutiva (la más alta, los líderes) puede no querer cambiar nada, pero si el resto de la organización promueve algo, los cambios serán inevitables ya sea por caída de los líderes o por aceptación de los cambios por su parte. Si las bases no quieren cambiar nada pero los líderes sí quieren porque saben que es lo que le conviene a la organización, entonces lo harán y, bajo el principio de lealtad, estos cambios se aceptarán salvo que la forma de implementación de los mismos sea desastrosa.

En cambio las zonas acomodadas de los partidos no tienen ningún contrapeso. Cargos medios, diputados felices en la oposición, concejales con sueldo y ejecutivas intermedias con aspiraciones a más poder orgánico por pura evolución, podrán formar una alianza con unos líderes que no tengan claro el rumbo de la organización y será imposible de romper por parte de las bases militantes. Ni siquiera las bases aliadas con los líderes podrían implementar los cambios teniendo en contra a los ‘acomodados’, tan sólo podrían crear una organización nueva.

Incluso si la alianza con los líderes se rompiera no significaría que perdieran ese poder del inmovilismo deseado que les convierte en la pura insitucionalización de los partidos políticos, mitad secuestrados por su puesto y su carencia de currículo fuera de las siglas, mitad por creer que el mundo es su institución.

No se rompería esa alianza porque si el partido tiene una estructura habitual (léase antigua, democrática por los pelos, sistema de decisiones delegadas y un largo etcétera fácil de ver, por ejemplo, en el PSOE) podrán quitar a esos líderes y poner a aquellos que les mantenga en su sillón de la oposición, con su sueldo y su cargo.

Estas zonas medias sólo tienen miedo al cambio, precisamente aquello que puede mentener viva la organización. Su rechazo a esos cambios llega a provocar que actúen en contra de la organización que en principio representan, mezclando y distorsionando el concepto de lealtad  hacia un significado más indiviudal en esa especie de mal llamado -pero que nos sirve de orientación- Síndrome de Estocolmo.

¿Y si toman el mando?

A veces, cuando los cambios parecen imparables y su temor a perder la parcela de poder asciende, se unen y logran que la organización la lideren algunos de los suyos, otros ‘acomodados’ que ya ni siquiera permiten que se vayan filtrando novedades con cuentagotas, creando un búnker frente a lo externo que como mucho permitirá un gatopardismo obvio, sonrojante.

Con ese cierre absoluto, con esa autarquía democrática (“mi democracia es completa y perfecta”) que sacraliza los estatutos y que salta agresiva ante cualquier muestra de crítica a su labor, llega el fin de la organización. Y aquí ya podemos referirnos nuevamente a las aportaciones de la Sociología de la Desviación de forma estricta, recordando que sin desviación de la norma desparece cualquier organización por incapacidad de adaptación a una realidad que es inevitablemente cambiante.

Ese fin es paulatino y en un partido político tiene fases visibles. Los primeros en apreciarlo son los votantes, por lo que empieza con una bajada constante de sus resultados electorales. Le sigue una tendencia a la baja que se sostiene en el tiempo en las encuestas y que confirman la desaparición del suelo electoral (que sí, existe, pero siempre y cuando se produzcan al menos los cambios mínimos en la organización y no se llegue al nivel de ‘autarquía estatutaria’).

Tras la desaparición del suelo electoral llega la evidencia a la propia organización y surgen las voces críticas. Tras ellas, si no se atienden esas voces, llegan las bajas de militantes.

En España al menos hay un partido en una situación bastante parecida a la descrita. Tras estas alertas -no habrá más- se podrá producir la descomposición final del partido por huida de la militancia y los votantes si los ‘acomodados’ no reaccionan o una revolución, un cambio integral que salve las siglas, que permita a algunos ‘acomodados’ (los que antes vean lo inevitable) mantener su representación. Un cambio tan profundo que en realidad la organización ya será otra nueva.

Ante una autarquía democrática y organizativa sostenida no es posible mantener un partido político, simplemente desaparecerá o cambiará tanto que en realidad será otro nuevo, aunque conserve las siglas. Algo que no se parece en nada a cambiar las siglas para que no cambie nada… (que es más bien un síntoma de lo contrario). Que pase una cosa u otra depende de los militantes. En sus manos estará el futuro de una organización a la que otros han puesto el freno de mano en plena autovía.

Los votantes dicen...
  1. […] Sigo en Tuiter a personas que despiertan expectativas razonables de sorprender con enlaces o aportaciones de interés; así di con una propuesta de  Alberto Sotillos titulada provocadoramente “los acomodados”. […]

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