Arrow

Mensajes que cuestan un Peñón


0
Fran Carrillo

Speechwriter. Asesor y entrenador internacional de políticos y empresarios en discurso, oratoria y debate. Director de La Fábrica de Discursos, empresa dedicada a la asesoría y capacitación política y empresarial en oratoria influyente, discurso carismático y media training. Miembro del Talent Great Team. Profesor del Máster en Asesoramiento de Imagen y Consultoría Política (MAICOP) y de la Sociedad de Debate de la Universidad Carlos III de Madrid.


Escrito el 16 de agosto de 2013 a las 13:45 | Clasificado en Nacional

En toda crisis diplomática, los contendientes de la discusión en liza tienen dos opciones: optar por el primer concepto, es decir, ahondar aún más en la crisis que originaron los problemas y desencuentros o usar la siempre sensata vía del acuerdo y el consenso.

La aduana de entrada a Gibraltar. (Wikipedia)
La aduana de entrada a Gibraltar. (Wikipedia)

La Historia nos ofrece numerosos ejemplos en ambos sentidos y la conclusión que nos ofrece es que el conflicto no siempre es la última salida a toda negociación. Como si se tratase de una partida de ajedrez o de póquer, la estrategia, el control de la situación, el estudio de los movimientos del contrario, la paciencia y los faroles dialécticos juegan un papel determinante en el triunfo o fracaso de la contienda.

En 1963, las dos potencias que se disputaban el liderazgo mundial, Estados Unidos y la URSS, se enfrentaron en lo que fue conocida como “La crisis de los misiles”. El Gobierno norteamericano quería que los soviéticos retiraran las cabezas de misiles de Cuba, mientras que desde Moscú se pedía un ‘quid pro quo’ con los misiles Júpiter que los norteamericanos tenían en Turquía.

Semanas intensas de negociación que tuvo al mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial y que, sin embargo, todo quedó en un juego de ajedrez retórico en el que la perspicacia de JFK superó las amenazas que Kruschev ordenaba emitir desde el comité del PCUS. Recuerden aquella escena de la película ’13 días’, protagonizada por Kevin Kostner, en la que el representante soviético en Washington le espetó a Bob Kennedy una y otra vez tras negarse este a ceder al chantaje“¿Quieren ustedes una guerra?”, dejando la decisión y resolución del conflicto en manos de EEUU. Un film recomendable a todas luces.

Ya en el siglo XXI hemos asistido a la crisis del islote Perejil en 2002, que enfrentó a Marruecos y España. La de las Islas Malvinas en febrero de 2010 que tuvo como protagonistas a Inglaterra y Argentina, enzarzadas durante meses en comunicados y discursos cruzados. Y en las últimas semanas, otro conflicto histórico no resuelto, el de Gibraltar, ha alterado el foco mediático patrio a base de declaraciones y mensajes variopintos. Repasemos los hechos.

Gibraltar lanza a mediados de julio de este año una serie de bloques de hormigón al fondo del mar frente a las costas de La Línea de la Concepción con objeto de ampliar sus aguas territoriales. Respuesta de España: control fronterizo de la verja hacia todos los viajeros que quieran cruzar hacia el Peñón o venir desde él. Y ahora viene el juego dialéctico cual partida de ajedrez política.

El primero en abrir fuego fue el ministro de Exteriores español, José Manuel García Margallo, advirtiendo de que con Gibraltar “se ha acabado la hora de recreo”, metáfora contundente y sencilla de entender. A partir de ahora, se han acabado las contemplaciones con el ‘laissez faire’ gibraltareño. España parecía dar el primer golpe retórico. Una estrategia de firmeza con la que intentar imponer un discurso.

El contraataque, primero de Gibraltar y más tarde de Reino Unido, no se hizo esperar. “Lo de España es ruido de sables (de nuevo la metáfora que eleva a imágenes bélicas su contenido) y recuerda a la política franquista” vino a decir el primer ministro del Peñón, Fabián Picardo. Un ardid comunicativo para equiparar actuaciones con actitudes del pasado que siempre viene bien presentar ante la comunidad internacional.

Pero la frase de Picardo más ingeniosa y merecedora de análisis es la que soltó hace unos días cuando afirmó: “Cualquier tribunal internacional justo daría la razón a Gibraltar. Sería juego, set y partido”. Un farol en toda regla y una prueba de que golpear primero en el debate puede provocar llevar la iniciativa en el discurso público y, por tanto, en la aceptación ciudadana.

De nuevo la metáfora (este vez tenística) y el uso de la falacia ‘ad baculum’ usado como argumento lógico, que sostiene que la autoridad de un tribunal dará la razón a sus pretensiones. Pero la palabra justo es el quid de su afirmación, porque no explicita qué es justo o no (se entiende que será justo todo aquel tribunal que resuelva a favor de sus intereses). Pero al dejar en el aire la respuesta juega con la ambigua incertidumbre que en un debate dialógico suele desesperar a la contraparte.

Siguiendo con la cadena de declaraciones no es menos relevante analizar las del presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, quien subrayó tras las primeras escaramuzas dialécticas que “España tomará las medidas legales necesarias” y que  “esperemos que esto no llegue a más”. O lo que es lo mismo, el uso de la vía diplomática (sensata) combinada con advertencia (firmeza). Una afirmación lanzada a la comunidad internacional (consenso y acuerdo) y otra a la nacional (fortaleza).

Por su parte, el premier británico, David Camerón, dejó un sutil mensaje en su Twitter personal tras llamar a su homólogo español: “Constructiva conversación con Rajoy. Le he dejado claras mis preocupaciones sobre Gibraltar y que nuestra posición sobre la soberanía (británica) no cambiará”. De nuevo, el juego de la diplomacia (afloja) hablando de conversación constructiva y de firmeza negociadora (tira) reafirmando que no cambiarán de postura.

La pregunta que nos debemos hacer es: ¿debe comunicar un gobierno en función de los deseos de su ciudadanía? La pregunta es pertinente porque, en España,  desde el estamento civil se opta por la mano dura con Gibraltar y Reino Unido y recuperar el Peñón y las aguas que lo bañan. Incluso una web de coches organizó una campaña para boicotear la encuesta que el diario ‘The Telegraph’ organizó para sus lectores con el objetivo de alterar el resultado final, como así fue. El 90,63% (votaron un total de 456.000) de los internautas consideraron que Gibraltar era más español que británico.

Y desde el estamento militar también. El general retirado Pedro Pitarch afirmó con rotundidad hace una semana:  “El Ministro de Defensa, Pedro Morenés, se ha bajado los pantalones con Gibraltar”. Una salida de tono solo comparable a la que el alcalde de Londres, Boris Johnson, ofreció al ‘Daily Telegraph’ un día después: “España debería soltar la garganta de nuestra colonia”.

Exabruptos al margen, lo cierto es que encarar una crisis desde la perspectiva de la comunicación no es fácil. Hay que saber si juegas con piezas blancas o negras, definir una estrategia flexible que puedes modificar en función de los movimientos del contrario, a los que debes anticiparte para dominar el tiempo del discurso (que es el tiempo de la opinión pública).

La polémica de Gibraltar, como la de otros conflictos diplomáticos en la Historia, se juega sobre un tablero de ajedrez ficticio. Y la partida aún no ha terminado. Siguiente movimiento…

Comparte tu punto de vista

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>