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Mirar a la cara


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Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.


Escrito el 22 de abril de 2013 a las 13:00 | Clasificado en Nacional

En España estamos acostumbrados a políticos que no miran a la cara a los ciudadanos, que no explican sus acciones, y eso debilita de democracia

Miembros de la PAH en un escrache (Fuente: Platafora de Afectados por la Hipoteca)
Miembros de la PAH en un escrache (Fuente: Platafora de Afectados por la Hipoteca)

El primer y más importante símbolo de respeto cuando uno va a decidir por los demás (como en cualquier democracia representativa, por ejemplo) es el de mirar a la cara de aquel al que representas y explicarle cada una de las decisiones y sus motivos.

Las peticiones de transparencia al sistema político va en esa línea, exigiendo que los ciudadanos puedan ver a los políticos aunque ellos no les miren nunca a la cara. Pero no debería ser suficiente, no debería dejarnos conformes tener políticos que se dejan espiar cuando podemos tener políticos que expliquen sus acciones además de dejarnos verlas.

Para algo así, por ejemplo, se podría aprender (aunque a muchos les parezca asombroso) de una de las piezas claves de la política cubana. Cada vez que Fidel Castro tomaba una decisión de calado salía al atril público y explicaba, durante las horas que fuera necesario, el motivo de tal medida y sus implicaciones. Podía uno estar de acuerdo o no, pero sabía el porqué de esa decisión. Eso es respeto por el pueblo al que representas, lo cual no niega que el sistema cubano tenga fallos de calado.

En España esto, lejos de existir, es tachado incluso de populismo. Es más, de tanto ponernos dignos somos capaces de criticar que el presidente de un Gobierno tenga un programa televisivo donde explique sus decisiones mientras nos tragamos al nuestro compareciendo ante la prensa a través de una pantalla de televisión.

Por no mirar, no se mira a la cara ni dentro de los propios partidos. PP y PSOE están celebrando en paralelo una serie de convenciones, conferencias, diálogos (llamémoslo X…) con el mismo resultado en ambas: ninguno. Reuniones de los dirigentes -los mismos de años anteriores- para hablar a los mismos cargos medios, de los mismos temas de siempre para extraer las mismas conclusiones. Fíjense si tendrán poca repercusión estas convenciones que las noticia que suelen dar las ejecutivas en ellas es que llevan muchas hechas por toda España, en vez de decir qué se ha propuesto.

Prueba de que no son espacios donde se mire a la cara para explicar y escuchar, sino meros espacios publicitarios, es que las propuestas que salen de ellos son las que propone, precisamente, el dirigente.

En España está generalizado que los políticos no miren a la cara a los ciudadanos hasta tal punto que tiemblan ante una reunión de ciudadanos que van a la calle donde está su casa para informarles de la situación por la que están pasando. Me refiero a los escraches como lo que son, como los hace la PAH, no a acciones violentas que poco o nada tienen que ver con un escrache. La desesperación ciudadana es tan alta por hacerse ver, por lograr que el político que toma decisiones que le afectan sobremanera sepa que existe, que están yendo a la puerta de sus casas.

Ciudadanos que quieren hacer ver a sus representantes que ellos existen y que sus decisiones tienen consecuencias reales. Pero ni así parece percatarse la clase política, que reacciona ante estos escraches con miedo, criminalizándolos. Una clase política que dice orgullosa en público que tiene miedo de encontrarse a sus ciudadanos en su calle.

Pero hay más síntomas. En España hemos llegado a un punto en el que el político que da una rueda de prensa aceptando preguntas es loado por sus militantes, el que comparece voluntariamente en la cámara de diputados para explicar acusaciones sobre él o su gestión es casi un héroe y hasta salir en programas televisivos de debate es visto como un motivo de orgullo máximo con el que hacer oposición al contrario al grito de “que los demás den la cara”.

Pues sí, efectivamente hay quienes todavía comparecen menos que Elena Valenciano, a quien por ejemplo vemos con asiduidad en los medios, pero carece de lógica poner en valor como algo extraordinario aquello que va con el sueldo. Sacar pecho por dar la cara  a los ciudadanos cuando es una obligación moral del cargo es sonrojante. Y sí, otros son todavía peores.

Por eso es importante que, además de reforzar el sistema dando más peso a la participación ciudadana y la transparencia, se exija una política que mire a la cara. Será entonces cuando, al tener políticos acostumbrados a tener que decidir y votar poniendo rostro a su decisión, sea la ciudadanía la que guíe su acción y de paso ganemos en políticos capaces de dimitir.

Porque es fácil poner el cargo a disposición del partido dejando la decisión a un igual, a otro cargo como tú, para que te proteja, pero en cambio es muy difícil no dimitir cuando, por la misma actuación, a quien debes dar explicaciones es a aquellos a los que te han puesto realmente en ese puesto.

En el fondo es volver a generar un sentimiento de responsabilidad de la decisión tomada ante aquellos a los que les afecta, evitando ampararse en la “institucionalización”, en la ‘real politik’, en el paternalismo del político que cree saber más incluso que la suma de todos aquellos que le votaron.

Así evitarían esos políticos bochornos como el de un Aznar que -años después de la Guerra de Irak- aseguraba que, efectivamente, no había armas de destrucción masiva y que nadie se lo había alertado, a pesar de tener a todo un país en la calle gritándoselo durante días y denostarles por ignorantes.

Nada de ampararse en la propia organización, nada de eludir la responsabilidad de las decisiones alegando que se cumplían ordenes del cargo inmediatamente superior: la responsabilidad es con la ciudadanía.

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