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Páctame mucho


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Alberto Sotillos

Padre. Sociólogo. CEO Social Media en Mr.President Consulting Group. Asesor de Comunicación en Redes Sociales y Estrategia de Presencia en Red para organizaciones, particulares y empresas. Columnista.


Escrito el 18 de junio de 2013 a las 8:13 | Clasificado en Nacional

¿Necesita España un pacto entre partidos o necesita una alternativa a este modelo que nos ha llevado a la crisis?

Alfredo Pérez Rubalcaba. (PSOE)
Alfredo Pérez Rubalcaba. (PSOE)

Como si fuera este pacto la última vez. Páctame mucho que temo, mi vida, perderte otra vez. Seguía el bolero diciendo “que mañana ya estaré muy lejos de ti”. Tal vez pudiera servir también ese verso sin demasiado retoque.

Las crisis llevan siempre a dos opciones contradictorias. La primera es la de unirse, la de limar diferencias, la de “anteponer los intereses colectivos frente a los particulares”. La cara “B” es la que promueve un cambio profundo, porque entiende que el sistema que ha generado la crisis no puede sacarte de ella ya que intrínsecamente lleva ese error en su ser. Para los aficionados a Matrix esto vendría a ser como la explicación del arquitecto, según la cual el propio Neo es un fallo del sistema, que hace precisamente que se reproduzca, aunque su misión sea la contraria.

Neo se cabrea soberanamente cuando descubre esto, porque sabe que el sistema falla y es necesario cambiarlo por completo y no asumir reinicios pactados basados en que “no existe otra alternativa”, que fuera del pacto “está el caos” o que a Europa hay que llevar a la Selección Española, con el Barça y el Madrid unidos…

En todo caso, hasta el pobre Morfeo es tildado de loco por plantear un cambio completo y es una minoría aparente. Las mayorías huyen de los procesos revolucionarios, porque como humanos tenemos miedo a lo desconocido, un miedo que solo se pierde cuando pasa a dar más miedo quedarse quieto. No ha llegado a España ese momento todavía, pues parece que públicamente lo ideal es un pacto entre los principales partidos… y, ya puestos, liderado por el Rey.

Pero, ¿pueden las tres instituciones con la credibilidad más devaluada tras esta crisis generar una inercia de crecimiento? Es decir, más allá del ideal que supone unirse para el bien común, las encuestas electorales no dan precisamente una mayoría creciente a la unión de esas tres fuerzas, todo lo contrario.

Tampoco existe la sensación de que haya grandes diferencias entre PP y PSOE en cuanto a sus planteamientos para salir de la crisis, dado el historial de lo que hizo cada uno cuando gobernaba (dejando de lado las medidas sociales, donde se perciben diferencias entre ambos y los matices sobre más o menos austeridad), por lo que el pacto aparece de nuevo irrelevante.

Ninguno ha puesto sobre la mesa una alternativa con las suficientes diferencias como para hablar de la necesidad de pactar, ninguno habla de quitas de deuda, de deuda ilegítima, de reforma bancaria con proceso judicial incluido, de salir del Euro, de una Europa de la que salir por no haber sido eficaz, de dar el salto a una política más cercana a Latinoamérica… Sin diferencias como estas sobre la mesa el pacto en España es una realidad, escenificada con foto o no.

Un pacto que se mantiene desde el inicio de la crisis y que no nos ha sacado de ella.

¿Debe ser un partido de izquierdas como el PSOE un baluarte de ese status quo que le lleva a tener que aceptar mermas en los derechos sociales y calidad de vida asfixiado por el mantra de que no hay alternativa? ¿Puede permitirse su vicesecretaria general decir que el pacto es por el bien de España, como si plantear una alternativa fuera malo?

La inercia electoral del PSOE parece responder con claridad a esta duda.

Queda la opción de cambiarlo todo para que todo cambie, algo que parece en las antípodas del planteamiento del secretario general del PSOE, pero que cada vez crece con más fuerza dentro de la militancia, que incluso ha creado una plataforma para unir a todos los grupos de bases para refundar el PSOE, con cambios orgánicos profundos y que genere una posición política de alternativa al actual Gobierno.

Al PSOE, además, le va la existencia en ello. Sostener este sistema político, económico y social le va dejando sin aire en cuanto lleva a decisiones “irremediables” para mantenerlo, que suponen precisamente renunciar a aquello que está en su ADN político. Como una actitud así resulta ilógica para el votante, se genera desconfianza y se asienta el planteamiento que finalmente extingue a un partido de izquierdas; la sensación colectiva de que apoya el sistema porque lo necesita para la supervivencia de sus cargos que toman las decisiones, por encima de la supervivencia de las ideas que permanecen en el partido.

Un “establishment” que es antónimo de cualquier planteamiento socialista, que por definición busca el cambio, el progreso, la alternativa y que, precisamente, puede renunciar a todo menos a sus propuestas ideológicas. Un partido socialista no puede, por esencia, sentirse cómodo.

Y todo esto sin hablar de lo que supone comunicativamente en estos momentos para el PSOE hacerse una foto a solas con el PP, escenificando un pacto.

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