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Aguirre nunca quiere perder


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Asier Martiarena

Soy periodista y escribo en La Vanguardia y Yahoo! después de haberme encargado de la sección de política del diario Metro y de echar a andar en La Voz de Galicia.


Escrito el 19 de diciembre de 2012 a las 8:39 | Clasificado en Madrid

La marcha de la lideresa del PP de la Comunidad de Madrid bien podría responder al miedo al rechazo, a negarse a perder el poder.

Esperanza Aguirre, en un acto del PP, saludando a militantes 'populares'.
Esperanza Aguirre, en un acto del PP, saludando a militantes 'populares'.

Las verdaderas razones de la marcha de Esperanza Aguirre podrían no atender a un agotamiento personal derivado de una enfermedad. Por lo menos no son las únicas. Atienden al miedo al rechazo, a negarse a perder el poder. Tomemos como tablero de juego Europa. La mayoría de gobiernos -tanto nacionales como autonómicos- que han tenido que capear la crisis en sus respectivas circunscripciones han acabado fracasando e incluso engullidos por un electorado harto de promesas que luego no se pueden mantener y recortes sociales.

Le pasó a José Sócrates en Portugal, a José Luis Rodríguez Zapatero -y por extensión a Alfredo Pérez-Rubalcaba- en España, a Nicolas Sarkozy en Francia, a Patxi López en Euskadi… Incluso casi le pasa a Artur Mas cuya principal motivación para adelantar los comicios era la de extender su periodo de mandato más allá de 2015. Año en el que los indicadores económicos parece que se teñirán de negro olvidando por fin el rojo desangramiento. Para ello apeló a un discurso identitario para que el electorado acudiera a las urnas pensando en un conflicto irreal entre Madrid y Cataluña más que en una Generalitat ahogada.

Con estas nos encontramos con que el camino emprendido por el Gobierno regional de Madrid ha evidenciado la dificultad con la que se hubiera topado Aguirre para mantener sus políticas sociales. Para quien no viva en Madrid conviene recordar que, desde el ‘Tamayazo’ con el que indirectamente llegó al poder, Esperanza Aguirre cimentó ese apartado en la construcción de una docena de hospitales -siete en una sola legislatura-. Lo hizo dejando en manos de las empresas privadas la construcción de las infraestructuras, para después encargarse de alquilarlas.

Aguirre ha evidenciado el problema de los partidos españoles para adaptarse a las circunstancias. La poca cintura para convencer a su electorado de propuestas políticas diferentes a las preestablecidas. Lo mismo le pasa a Rubalcaba que se resiste a cambiar el rumbo convencido como está que la desafección de su electorado se revertirá con el tiempo. Eso se debe a que en España se vota por convicción, no por coyuntura económica y social ni por programa político. Algo parecido a lo del fútbol. O se es de un equipo, o de otro, pero uno tiene hasta los 10 años de edad para decidirse y cambiar si hace falta.

Para no enfrentarse a las urnas sin garantías…

Pero ahora los recortes a aplicar en Madrid hacen peligrar esa sanidad pública que Aguirre abanderó. El plan de privatizaciones pivota sobre un ahorro de 533 millones de euros. ¿Recuerdan ahora por qué Aguirre pidió hasta la extenuación 1.000 millones de euros más de financiación autonómica?

Sus quejas a Moncloa se prolongaron desde mayo hasta septiembre. Viendo la negativa del equipo de Rajoy, Aguirre decidió marcharse. Nada de perder cuota de poder, nada de enfrentarse a las urnas sin la mayoría garantizada. Eso sí, no solo quiso irse antes de perder fuelle sino que lo hizo grabando su nombre como artífice del acuerdo de Eurovegas.

Cumplidas las dos premisas, se fue. O no. Porque si un político abandona un cargo como el de presidenta regional pero no lo hace con la presidencia del partido se entiende que no quiere dar la cara pero sí que quiere controlar el partido. ¿Quizás para volver, esta vez, como alcaldesa?

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