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El truco del PIVE


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Joaquín Ortega

Periodista. Participé en el arranque de varios medios digitales informativos y estuve en el mundo de la comunicación y la política, pasando por dos ministerios. También colaboro en la revista GQ.


Escrito el 7 de noviembre de 2013 a las 7:46 | Clasificado en Economía

Las subvenciones PIVE a la compra de automóviles se basan en un juego de seducción al ciudadano en el que Gobierno y Fabricantes siempre ganan.

Coches.
Coches.

Desde “parásitos” hasta “mamandurrias”, las políticas públicas de subvención a distintos sectores productivos de España han recibido toda clase de calificativos peyorativos. Un espectro ideológico concreto argumenta que el libre mercado debe poner a todo el mundo en su sitio, y que destinar dinero público es una interferencia en el mercado que, a largo plazo, se acaba pagando. No obstante, esto no existe en ningún país. Los EEUU, símbolo de economía liberal, cuentan con enormes programas de financiación federal por todo el territorio.

En un muy recomendable libro titulado “El triunfo de la política”, David A. Stockman, jefe de la Oficina Presupuestaria de Ronald Reagan, nos describe el poder de estas subvenciones. El líder republicano llega pisando fuerte en los ochenta con la gran promesa de reducir el Estado (algo que suena allí como algo soviético) y bajar impuestos. Lo segundo se hizo, pero lo primero no. Stockman acabó dimitiendo. La poderosa red de intereses políticos tejida por cada programa federal de ayudas acabó con él y su idea de bajar gastos mientras se producía el ya célebre “alivio fiscal”.

Un programa de “win win”

No obstante, existen excepciones. Hay planes y planes. En España, existe un programa de ayudas que permite a todos los implicados salir ganando. Unos más que otros. Se llama Plan PIVE,  Programa de Incentivos al Vehículo Eficiente. El plan consiste en ayudar al ciudadano a comprar un vehículo eficiente, y se articula a través del IDAE, el Instituto para la Diversificación y el Ahorro de la Energía, dependiente del ministerio de Industria. Es un plan con objetivos ecológicos.

En esencia, un ciudadano compra un coche nuevo a cambio de hacer chatarra del suyo, y en esa operación recibe 2.000 euros (1.000 del Gobierno y otros 1.000 del fabricante). Casi todos los coches susceptibles de ser comprados son más eficientes, por lo que el catálogo de coches subvencionables es amplísimo. El coche que mandamos a la chatarra debe tener 10 años de antigüedad (7 en caso de comerciales).

Una vez aprobado el plan, el ciudadano en su sofá es bombardeado por múltiples campañas de publicidad, de las distintas marcas de coche, en las que el PIVE es eje central. No deja de ser una paradoja que sea el sector privado el que difunda con entusiasmo la acción del Gobierno. En las campañas de publicidad se crea la percepción de que las ayudas son algo puntual, excepcional, perecedero, finito en el tiempo. El objetivo es que el ciudadano se levante de ese sofá y adquiera ahora, ya, cuanto antes, ese coche que tiene en la cabeza. Es decir, se trata de un percutor de decisión de compra. Un estimulante.

El miedo a quedarse fuera

El proceso nace con la llegada del plan tras su publicación en el BOE, y se difunde en los medios de comunicación por las marcas y fabricantes de coches. Cuando están “a punto de acabarse los fondos del Gobierno” se pisa aún más el acelerador, se eleva el tono de la campaña, (¡quedan pocos días!) empujando aún más al comprador que teme hacer el primo, quedarse fuera de las ayudas del Gobierno, que como todo, y más aún en estos tiempos de recortes, es escasa… Que 2.000 euros son muchos euros…

Una vez “se acaban los fondos”, el sector pide renovar el plan, en un aparente tira y afloja… y el Gobierno, en su graciosa majestad juiciosa, acaba aceptando la ampliación. La última vez, el encargado de ese anuncio, sorprendentemente, fue el Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, pese a que el plan es competencia del Ministro de Industria, José Manuel Soria. Las escasas buenas noticias pretenden tener muchos padres. En un año y diez meses, el Plan ya va por su cuarta edición.

Una ayuda que da dinero al Gobierno

Lo que el ciudadano no debería saber, o al menos no debería incidirse en ello, es que al Gobierno este plan le sale a cuenta. No consume fondos. No supone sacrificios. Más bien al contrario, es un elemento de recaudación fenomenal en plena crisis, por lo que es improbable que sus fondos se acaben, y es previsible que después de su cuarta ampliación, haya una quinta y una sexta. Pero esta continuidad de fondos es contraproducente, no impulsa al comprador. Comprar un coche es una decisión trascendente, y si hay tranquilidad en el tiempo el ciudadano puede permitirse el lujo de pensárselo.

En datos, según los grandes impulsores de este incentivo, la patronal ANFAC de fabricantes de automóviles, el Plan PIVE generó una recaudación total de 296 millones. Fue a través del impuesto de matriculación y del IVA abonado por los 75.000 vehículos que se acogieron al programa en 2013, antes de la última ampliación anunciada en octubre por Montoro. De ellos, 25.000 automóviles corresponden, según ANFAC, a demanda adicional generada por el propio plan, que han procurado unos ingresos fiscales de 110 millones de euros.

Es decir, el truco del tira y afloja, la aparente falta de continuidad, el miedo a “quedarse fuera”, estimuló a 25.000 ciudadanos a comprar su coche de inmediato, y a no pensarlo más. El Gobierno invirtió 70 millones en el plan, y habría recaudado 296. ¿Sería Montoro capaz de suspender este beneficioso programa de ayudas? Improbable.

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