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Exorcizar la burbuja


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Joaquín Ortega

Periodista. Participé en el arranque de varios medios digitales informativos y estuve en el mundo de la comunicación y la política, pasando por dos ministerios. También colaboro en la revista GQ.


Escrito el 3 de enero de 2013 a las 16:02 | Clasificado en Economía

España tiene razones para que la burbuja inmobiliaria sea convenientemente anatemizada, para que jamás vuelva a repetirse.

Reunión del NSDAP en Munich, en 1930.
Reunión del NSDAP en Munich, en 1930.

Pruebe a preguntarle a un alemán qué opina de la inflación, o lo que comúnmente se considera la subida progresiva del coste de la vida. Pueden ocurrir dos cosas: que no sepa de lo que le está hablando o que ponga cara de haberse mentado la soga en la casa del ahorcado. Como lo primero, pese a que es probable que ocurra, no viene al caso, nos centraremos en lo segundo, en el de la casa del ahorcado. Entre la I y la II Guerra Mundial, la crisis económica que vivía Alemania tenía curiosos paralelismos con fenómenos que al lector asiduo de prensa actual le sonarán.

El país tenía que hacer frente a las costosísimas reparaciones de guerra que le reclamaban los aliados victoriosos. Los partidos políticos clásicos tanto de izquierda como de derecha asumían acomodados estos pagos porque no había otra alternativa y las deudas tenían que pagarse. Mientras el dolor se repartía entre los ciudadanos, el país se hundía en la pobreza, la inflación se disparaba de manera desorbitada y, poco a poco, un ridículo grupo de locos que iban por la calle uniformados iban progresivamente ganando apoyo popular y representación política en algunas regiones.

No obstante, nadie en sus cabales se imaginaba por entonces que aquellos ‘frikis’ de la esvástica fueran a llegar a algo. Tal cual, eran considerados unos payasos disfrazados que hacían el ridículo jugando a soldaditos vestidos de marrón clarito. Luego pasó lo que pasó.

Años después, el pueblo alemán, que como todo grupo social humano crea héroes y mitos, consideró que el ascenso democrático del partido nacionalsocialista fue por culpa de la economía y la crisis que les enajenó hacia el populismo, luego la violencia y el crimen. Más, concretamente, de la altísima inflación, que alcanzó su punto más extremo los primeros años 20. Naturalmente esta asociación de ideas está repleta de matices y de reproches, puesto que la sociedad es compleja y su comportamiento nunca es fruto de un elemento aislado sino de un cúmulo heterogéneo de circunstancias, a veces, como en este caso, fatales.

Chivo expiatorio, la inflación

Como después del Holocausto la nación debía seguir en marcha, el chivo expiatorio de la inflación, que hacia que los precios del pan o del azúcar subieran de la mañana a la tarde (literal), era un chivo cómodo, deshumanizado, técnico, apolítico y asumible, que acabó asentándose con cierto éxito como culpable de todo. Además, era extrapolable tanto para los que les tocó vivir en el bloque del este como del oeste.

Era un concepto sin nombres y apellidos. Suficientes, y demasiados, alemanes habían sido juzgados por sus crímenes tras la II Guerra Mundial como para que el país no pudiera tener un cabeza de turco al que íntimamente culpar de aquella monstruosidad sin negarse a sí mismos ni reconocer que, en realidad, la complicidad del país entero fue fundamental para que toda aquella barbarie pudiera llevarse a cabo por aquel inofensivo grupo de paramilitares que poco o nada tenían que hacer frente a los grandes partidos políticos, que durante el incipiente siglo XX habían canalizado la voluntad popular masivamente.

Ahora, casi 60 años después, uno de los motivos por los que los alemanes no ven bien que el Banco Central Europeo, intervenido por Berlín desde su creación, inunde de millones de euros el mercado es precisamente la inflación, algo que suele derivarse de políticas monetarias expansivas. Este no es el único motivo, claro, pero activa un ecualizador relevante en la memoria colectiva del país prefabricada tras la guerra y madurada tras la caída del muro.

En España, la burbuja inmobiliaria, junto a la crisis financiera internacional, ha supuesto un ‘shock’ de proporciones aún no vistas en su crudeza y plenitud. Cuando los grandes bancos españoles como el Santander, de Emilio Botín, o el BBVA, de Francisco González, aseguraron a los inspectores del Banco de España que ellos no estaban expuestos a la estafa ‘subprime’ de los paquetes americanos, sacaban pecho de sus balances y enarbolaban la bandera de todas aquellas compras de bancos extranjeros que tanto daño hacían en la moral nacionalista del comprado, sobre todo para el británico. Sólo algún economista, no a sueldo, iba de aguafiestas alertando de las consecuencias del pinchazo inmobiliario, pero, aún así, todos creían, o querían creer, o querían hacernos creer, que el tema estaba controlado.

La peor de las burbujas

Al margen de las responsabilidades, que a tenor de los implicados y de sus cómplices dejarán mucho que desear, la burbuja inmobiliaria ha tenido efectos perniciosos que, a diferencia de otras como la de las ‘puntocom’, más nos vale estigmatizar y grabar a fuego en los libros de texto y en las listas negras de nuestro futuro. En primer lugar, en el diseño de las nuevas generaciones.

Muchos se preguntaban cómo era posible una tasa tan alta de abandono escolar temprano en la escuela española en comparación con Europa. Cómo era posible que un sistema educativo que generaba ingenieros de alta cualificación capaces de trabajar en cualquier parte del mundo provocara unos niveles tan altos de abandono en etapas inferiores. La respuesta estaba en la costa: allí iban los chavales a trabajar en la obra del ladrillo, a cambio de un buen sueldo, preguntándose para qué seguir en la escuela una vez terminaban la etapa obligatoria si allí les necesitaban.

En en plano político, los efectos han sido también devastadores. Al recaer la competencia urbanística en las entidades locales, la ley del suelo de Rodrigo Rato (PP), diseñada conscientemente para sobrecalentar el sector y convertirlo en una fuerza de arrastre, provocó una atracción fatal de promotores de dudosa integridad ética y un desbocado afán de lucro. Una codicia que arrastró hacia las aún imberbes instituciones democráticas españolas a lo mejor de cada casa, cuyo lema, que quedará para la historia, es aquel de “yo estoy en política para forrarme”.

Unos y otros, con el favor de la legislación estatal y el dinero de una España en el euro, crearon pisos, apartamentos, centros de arte, museos contemporáneos, y un largo etcétera que ahora, tras su abandono, dejan al descubierto las corruptelas, que si antaño daban prosperidad a la comarca, ahora solo agudizan el desprestigio de la política y autodesarman al ciudadano, que pierde el único elemento que le permite ejercer su poder entre poderes. La confianza en un cuerpo de representantes que fueron desplazados por los que veían lo público como algo para aumentar lo suyo en privado.

De cara al futuro, la burbuja inmobiliaria ha creado el elemento más peligroso e imprevisible: el pago de las deudas. Si el problema fundamental en 2009 era el excesivo endeudamiento del sector privado (empresas y familias), ahora es el Estado el que se apunta al mismo carro. Para 2013 está previsto que el Tesoro emita deuda por valor de 200.000 millones de euros. Para hacernos una idea, en este pasado 2012 lo hizo por 94.000 millones. Es decir, con el país en recesión, con el desempleo en índices insoportables, los ingresos por impuestos y actividad por los suelos, el Gobierno va a necesitar el doble que este pasado año, en el que en verano casi ‘nos visitaron’ los mayas a destiempo.

“Crecimiento”  en L

La amarga paradoja es que, en las noticias, las subastas del Tesoro se dan con adjetivos como “éxito” o “satisfactoria”, cuando en realidad son palas que cavan la profundidad de una tumba. Los bancos españoles, en vez de financiar empresas, dedican sus recursos a comprar la deuda que emite el Tesoro, lo que técnicamente se denomina en la jerga ‘crowding out’, es decir, expulsando fuera de los cauces de financiación a todo aquel que tenga un proyecto rentable o una idea visionaria como la que tuvieron los de Google. Ese es el “éxito” de cada subasta “satisfactoria”.

Con esta situación, muchos economistas comienzan a dudar sobre una constante que hasta ahora nunca se había puesto en tela de juicio: la irreversible recuperación. Si tienen algo en común todas las crisis económicas es que, ya sea una recuperación vertiginosa (imaginen un cuadro gráfico con la línea del PIB que baja y sube) en V, o en U más suave, o en W, como la que estamos ahora soportando en España, la luz acaba siempre por llegar. Como el pesimismo suele tener más tirón, se especula con que nuestro país acabe con un gráfico del PIB anclado en una sempiterna L, en la hipótesis de que las exportaciones y el turismo serán insuficientes para que nuestra riqueza suba a niveles superiores del encefalograma plano.

Visto lo visto, al igual que los alemanes exorcizaron la inflación de sus vidas y la convirtieron en el bálsamo de su mayor cicatriz nacional, España tiene razones para que la burbuja inmobiliaria sea convenientemente anatemizada, para que jamás vuelva a repetirse, por el bien de nuestros banqueros, políticos y empresarios. Y por el nuestro.

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