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Madrid, camino a Detroit


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Joaquín Ortega

Periodista. Participé en el arranque de varios medios digitales informativos y estuve en el mundo de la comunicación y la política, pasando por dos ministerios. También colaboro en la revista GQ.


Escrito el 1 de agosto de 2013 a las 10:22 | Clasificado en Economía

Ante el escaso interés ciudadano, los mismos ingredientes que hundieron a la capital de la industria del motor se cocinan poco a poco en la de España

Imagen de una factoría de Detroit (Fuente: Wikipedia)
Imagen de una factoría de Detroit (Fuente: Wikipedia)

Los administradores de Detroit declararon a la ciudad en quiebra tras alcanzar una deuda acumulada en euros de unos 14.000 millones y de un déficit de unos 246 millones. A miles de kilómetros de distancia, la ciudad de Madrid maneja una deuda acumulada de unos 7.000 millones y un déficit no declarado de unos 140 millones de euros, aproximadamente. Casi la mitad en ambos conceptos.

La mala gestión de la ciudad norteamericana, aunque advertida, discurría sin menor alerta ante una ciudadanía indolente hasta que la crisis económica hizo saltar por los aires la capacidad de los gestores municipales de seguir endeudándose hasta el infinito. Detriot no es, como Madrid, la capital del país, pero ha llegado a esa deuda astronómica gestionando muchas y más costosas competencias, como la educación o las pensiones de funcionarios.

Tras ser ejemplo del boom de la industria del automóvil en EEUU, Detroit pasó a convertirse en símbolo de despoblación. Un tejido urbano que alcanzó en 1950 un techo de 1,85 millones de habitantes, un auténtico récord para la época, hasta los 700.000 de la actualidad. Sin embargo, lo que administrativamente se conoce como Área Metropolitana de Detroit, que engloba a varios condados y ciudades del Estado de Michigan circundantes, reúne a una población en crecimiento de 4,2 millones de personas.

Este dato indica que la mala gestión de las autoridades locales ha sido el elemento fundamental que ha provocado el exilio paulatino de sus habitantes a los núcleos de los alrededores, más que un éxodo económico a tierras más lejanas y prósperas.

Cuando explota la mala gestión

Entre los analistas que pasaron a diseccionar lo ocurrido en la Motor Town se manejaba la misma idea como eje vertebrador: una estructura municipal levantada para unos dos millones de personas no había sido ajustada para sólo 700.000 habitantes, sino más bien al contrario.

Pasaban los años y las distintas señales de alarma se iban heredando de alcalde en alcalde, hasta que lo imposible ocurrió: la crisis financiera estalló, y se cortó el flujo fácil del endeudamiento sin preguntas. A partir de ahí, los gestores que se hicieron cargo de la situación pusieron en marcha medidas de recortes de gasto que resultaron insuficientes o tardías.

Tras declarar la bancarrota, una autoridad judicial supervisa las cuentas de la ciudad y analiza con los gestores el modo de recuperar la normalidad, mientras la ciudad suspende temporalmente el pago a sus acreedores.

Esta intervención judicial, no obstante, no afecta, de momento, al mantenimiento de servicios básicos, como policía, bomberos, agua… aunque, evidentemente, supondrá, tarde o temprano, el recorte de plantilla de estos servicios.  La necesidad de conseguir dinero ha llevado al administrador de la ciudad a pedir un inventario de obras de arte propiedad del museo local susceptibles de ser subastadas.

De Madrid al cielo

El tamaño y el contexto de la ciudad de Madrid no es similar en ningún caso al de la ciudad de Detroit, sobre todo en vecinos, ya que la capital de España cuenta con 3,2 millones de habitantes. No obstante, el resto de las magnitudes que rodean a lo ocurrido no son tan diferentes, ya que para que se dé una suspensión de pagos por parte de una empresa o una administración tienen que ocurrir dos cosas: que no tengas dinero y que nadie te lo preste. En el caso de Madrid, con una deuda de 7.000 millones de euros, no parece que tenga mucho dinero ahorrado.

La incógnita surge sobre el déficit del Ayuntamiento. Es decir, si los ingresos de la ciudad superan o no a los gastos. De ser lo primero, la deuda tiende a pagarse sin problema y es una mera cuestión de tiempo que los acreedores reciban su dinero y sus intereses por haberlo prestado. Pero si los gastos son mayores que los ingresos, ahí es donde surgen los problemas, que a corto plazo pueden parecer estar bajo control, como parecía que podía estarlo en Detroit, pero que de la noche a la mañana resulta que dejan de estarlo.

Evaporación del superávit

Según los datos del Ayuntamiento de Madrid al cierre de 2012 se alcanzó un superávit de 878 millones de euros. Este dato, positivo y aireado en consecuencia, contrasta con el anuncio hace pocos días de la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, de acogerse, por segunda vez, al “rescate” del Gobierno central por un total de 350 millones de euros.

Este “rescate para proveedores” lo puso en marcha con indudable acierto el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. En esencia, el Gobierno presta dinero a Ayuntamientos sin blanca con la condición de que lo usen para pagar facturas pendientes de proveedores.

Si había superávit al cierre de 2012, nada más y nada menos que de 878 millones, ¿por qué Ana Botella necesita endeudarse por otros 350 seis meses después? Esto indica que ese superávit de 878 en realidad fue posible gracias al dinero que Montoro prestó a la alcaldesa cuando esta se acogió al primer plan de pago a proveedores. Botella pidió entonces 1.107 millones de euros. Si no los llega a recibir, hubiera tenido, por tanto, un déficit al cierre del año de unos 140 millones.

Quiebra Madridec

A todos estos síntomas de despilfarro heredado y deficiente gestión financiera  se suman las evidentes consecuencias de la existencia de una ingeniería contable y una estructura fantasma que las soportaban. A finales de este año, los madrileños tendrán que asumir otros 400 millones de euros por la disolución de la empresa Madrid Espacios y Congresos (Madridec), una sociedad creada por el anterior alcalde y ahora ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, que, según el actual Ayuntamiento, fue gestionada con criterios “políticos y no profesionales”, una afirmación que en otras latitudes hubiera generado un auténtico escándalo, con comisión de investigación y un largo etcétera, y que, sin embargo, por aquí ha pasado sin pena ni gloria.

A la quiebra de Madridec se le suma el agujero de la Empresa Municipal de la Vivienda, y la petición ahora de otros 350 millones para proveedores, en un suma y sigue trepidante que mantiene a la alcaldesa agarrada a todos los resortes que el Gobierno de Mariano Rajoy parece estar dispuesto a poner encima de la mesa para evitar que la situación llegue a mayores.

Ese es, precisamente, el salvavidas que permite al Ayuntamiento evitar su hundimiento, ya que su rating financiero, a la vista está, no parece pasar por sus mejores momentos. 

A diferencia de lo ocurrido con Detroit, nadie estaría dispuesto a permitir que Madrid deje de pagar sus deudas, y sería naif a día de hoy creer que un Gobierno del PP va a permitirse el lujo político de que su bastión por excelencia se derrumbe en la insolvencia. Y seguramente en su día, antes de que un Gobierno norteamericano nacionalizara empresas (¡como los comunistas!) o se derrumbara la mítica Lehman Brothers, en Detroit ningún responsable político jamás se hubiera imaginado que la ciudad llegaría hasta donde hoy ha llegado. El paso del tiempo, la incompetencia política y la mala gestión de unos determinados responsables lo hicieron posible.

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