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Yo sí anticipé la crisis


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Joaquín Ortega

Periodista. Participé en el arranque de varios medios digitales informativos y estuve en el mundo de la comunicación y la política, pasando por dos ministerios. También colaboro en la revista GQ.


Escrito el 19 de diciembre de 2013 a las 8:42 | Clasificado en Economía

Los volúmenes políticos de nuestros “ex” son, en parte, una muestra de lo que en psicología se llama “sesgo de la retrospección” y de “ilusión de sagacidad”.

Wall Street. (Wikipedia)
Wall Street. (Wikipedia)

En estas navidades, cuatro libros coinciden en los stands del “hot” político de las librerías, y no precisamente en régimen de casualidad. Las memorias sobre los acontecimientos más duros de la crisis económica según el ex presidente Zapatero, que por la expectativa generada provocó seguramente la casi coincidencia en el tiempo del segundo tomo de Aznar, de los recuerdos de Pedro Solbes, y de un “extraño” entre todos ellos, que es el de Felipe González. Sobre todo este contenido sumarial de los últimos 15 años pende una pregunta maldita: el vaticinio de la crisis, la nula capacidad para poner medidas que la frenaran, o si alguno sí lo sabía, por qué no hizo nada para atajarla.

Muchos esperan de estos testimonios políticos anticipos de fragmentos de la historia reciente, recovecos que ayuden a entender lo que ha pasado. Pero lo que habrá y mucho es lo que en psicología se denomina “sesgo de la retrospección”, o cómo los hechos sucedidos, las consecuencias a un acontecimiento y su necesidad de comprenderlos, acaban modificando, o sesgando, el recuerdo que tenemos del acontecimiento principal y de los hechos que lo configuraron. Este fenómeno afecta a nuestro cerebro sin que nos demos cuenta, y muchas veces las víctimas suelen serlo de manera inocente.

Entender un mundo complejo

En un extraordinario libro de Daniel Kahneman, “Pensar Rápido, Pensar Despacio”, el autor nos muestra la gran cantidad de trampas y de trucos que nuestro cerebro se auto-inflige para salir airoso de la compresión de un mundo excesivamente complejo, para asumir las consecuencias de lo que ocurre sin hundirnos en la desmoralización total. Y si para eso los acontecimientos deben cambiar a posteriori en nuestra memoria, pues hágase. Ese proceso de reestructuración de acontecimientos y recuerdos, puestos en un relato global coherente, lineal y causal, es lo que al parecer hacemos todos los días para estar en paz con nosotros mismos, con la gran diferencia de que a los ciudadanos no se nos paga una adelanto para ponerlo por escrito y publicarlo por una gran editorial.

Este sesgo ha hecho que muchos economistas, alguno ahora muy mediático, cargue sus opiniones contra los políticos y la gestión del sistema financiero cuando, en su momento, dejaron negro sobre blanco que todo estaba bajo control y que no había que temer nada. Alguno incluso desempolva papeles que demostrarían que predijo el cataclismo.

¿Qué hace existir a Wall Street?

Uno de los apartados más reveladores del libro de Kahneman es el que trata sobre Wall Street. Y arranca con una pregunta muy simple que el autor realiza a un gestor de inversiones: “Las acciones que usted vende todos los días en el mercado, ¿quién se las compra?”. A lo que el aludido responde: “Alguien como yo”. Entonces, ¿qué motiva que comprador y vendedor, ambos con un mismo perfil, mismos objetivos, misma información etc. crean, cada día, que van a ganar algo haciendo lo que hacen?

En teoría, la bolsa se rige por una teoría estándar admitida por todos los participantes. La idea fundamental es que el precio de las acciones de una determinada compañía incorpora dos elementos: todo el conocimiento público existente sobre la empresa (beneficios, facturación, planes en desarrollo, contrataciones, asuntos regulatorios, etc.) y las predicciones de futuro que todo eso va a tener en el precio de la acción. Si subirá o bajará. En una parte esencial, la bolsa es el futuro en cuerpo presente.

Por eso es tan complicado para los periodistas hacer una vinculación directa entre los acontecimientos del día y el cierre de los mercados. Generalmente, son los acontecimientos del futuro los que están condicionando el cierre de los mercados de hoy, pero esas predicciones no han salido en el informativo y no son conocidas por el público. Son estimaciones en papel confidencial sobre la mesa de algún analista o consultora. Sólo accidentes inesperados y notorios del día pueden afectar a este juego de sesuda anticipación (léase 11-S).

Misma información, distintas conclusiones

En este escenario de predicciones, no todos los analistas coinciden al interpretar los datos. Algunos interpretan las cosas de una manera y otros de otra. Y esto provoca que un determinado gestor de inversiones llame a otro para comprar (cree que las acciones van a estar más caras y por tanto quiere comprar barato) y a otro gestor vender (porque cree que las acciones estarán más baratas y quiere vender caro). La bolsa se basa día a día en la presunción de que los valores de las empresas no son correctos, sino proclives a bajar o a subir.

Si las acciones realmente valieran lo que deben valer, ni subirían ni bajarían. No habría mercado. Sin embargo, en ciclos de 24 horas, valores de Iberia, Acciona, Endesa o Santander, suben y bajan, comprados y vendidos por profesionales del mismo perfil técnico, manejando casi siempre la misma información, reinterpretando día a día nuevos datos que den pistas sobre cambios en el futuro.

Ilusión de sagacidad

Sin embargo, uno de los ejercicios evaluadores más relevantes de este apartado sobre Wall Street es el que el autor bautiza como “ilusión de sagacidad”, o lo que es lo mismo, esa percepción que tienen el profesional bursátil de creer que él sabe lo que los demás no saben. Que su criterio a la hora de interpretar la información es el correcto. La decisión ganadora que impulsa a comprar o vender. El convencimiento que tiene a creer que todo es gracias a su talento, su experiencia y su validez como profesional.

Para probar la existencia de esta ilusión de sagacidad, Kahneman y su equipo pudo evaluar los resultados de inversiones realizadas por veinticinco asesores financieros de una misma firma durante ocho años consecutivos. Su objetivo era determinar si había entre ellos diferencias notorias en su aptitud. Si alguno de ellos obtenía regularmente mejores resultados año a año, demostrando así que había elementos objetivos para la satisfacción de sus clientes, y de sus jefes, en términos comparativos.

Los resultados del estudio fueron contundentes: “No se encontraron correlaciones consistentes que indicasen diferencias de aptitud. Los resultados se asemejan a lo que se esperaría de un juego de dados, no de un juego de inteligencia”.  La conclusión que el equipo investigador trasladó a los ejecutivos de la firma era que lo que sus profesionales competentes desempeñando una tarea seria consideraban como tener años buenos, (y por ello eran premiados con bonus), respondía, en realidad, a un patrón estadístico de buena o mala suerte, y no de aptitud. Cortesmente, la firma objeto del estudio asumió los resultados y siguió con su rutina como si nada hubiera ocurrido.

Ignorar que lo ignoramos

La causa psicológica que justifica esta ilusión es, evidentemente, que las personas que hacen estas inversiones tienen cerebros privilegiados, en comparación con el común de los mortales. Son gente muy inteligente que consulta datos económicos, previsiones, balances, y un sinfín de variables con siglas y conceptos muy complicados de entender, incluso para mentes privilegiadas semejantes si no están familiarizadas. Desafortunadamente, toda esta ingente cantidad de información profesionalmente analizada no es suficiente para vaticinar el futuro o el éxito de una empresa. Pero, según concluye Kahleman, “el analista parece ignorar esta ignorancia”.

Además, y volviendo al sesgo de la retrospección, siempre habrá una manera de explicar qué acontecimientos fallaron y en qué momento preciso lo hicieron, en qué momento las predicciones quedaron en papel mojado. Ese momento en el que la política dejó de ser lo que era y pasó a mimetizarse con el trabajo de los economistas expertos y las fieras del mercado, los cuales “ignoraban su ignorancia”, y dejaron la voluntad de las decisiones a merced de unos datos que, pese a su enorme complejidad y dificultad para entender, no explicaban el presente ni anticipaban el futuro.

Y bajo esa “ilusión de sagacidad” se toman y se justifican decisiones públicas dolorosas para los ciudadanos, hasta que, por una cuestión de suerte, y no de aptitud, las circunstancias acaben mejorando por sí solas. Con el tiempo, una gran editorial podrá publicar la memoria de que todo lo pasado tiene una explicación, y será coherente, y comprensible, lógica y justificable. Creerlo o no, ya será una cuestión de prejuicios.

 

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