La arquitectura contemporánea nos muestra unas evidencias de que algo no va bien. Asistimos de forma prolija a la construcción de edificios descontextualizados, copiados de aquí y de allá y vacíos de alma y espíritu. Clonaciones producidas en absurdos laboratorios de no ideas, de no lugar y de no personas, vendidas como arquitectura de vanguardia.

Reflejos del modelo global impuesto de una forma autocrática y ausente de sensibilidades culturales y ambientales, en la que la rapidez y la producción en serie priman sobre otros paradigmas. Mismos materiales, mismos diseños, mismas ciudades. El ambiente intenta ser homogeneizado y desprovisto de los valores singulares que lo han caracterizado históricamente.

[do action=”destacado”]La obsolescencia programada de todos los productos que consumimos afecta de igual manera a la arquitectura.[/do]

La obsolescencia programada de todos los productos que consumimos afecta de igual manera a la arquitectura. De forma preocupante calculamos nuestros edificios para una vida de 50 años, con el consumo de materia prima y energía que supone el derribo y la reimplantación de un edificio nuevo. Este es el factor más insostenible de todos los que afectan al diseño y la construcción.

En contraposición encontramos la arquitectura vernácula. Casas, santuarios, murallas, lonjas que han perdurado a través de los siglos, sin apenas mantenimiento y sufriendo terremotos y guerras. Además poseen una indiscutible identidad, ya que han pertenecido a un lugar determinado, han sido construidos con materiales naturales cercanos y han sabido dialogar con su entorno. La arquitectura vernácula condensa la cultura e idiosincrasia de la realidad en la que se erige. El entorno pertenece a ella y ella al entorno.

La sabiduría de padres a hijos y el método prueba y error, prolongado por siglos, dan como resultado modelos y tipologías casi perfectos que solucionan los problemas de uso, de confort y de estética. Hay en los moradores un sentimiento de apropiación sobre estos modelos arquitectónicos. Estos lugares, cada vez más escasos, mantienen su identidad y una serena belleza.

Pero no se debe caer en el error de pretender que la única identidad arquitectónica se encuentra en el pasado. Lo que se perdió en el camino ya no se puede recuperar y ahondar en una actitud nostálgica solo nos llevará a perder la energía necesaria para afrontar el reto que tenemos ante nosotros. Existe, además, un factor que todo lo suaviza y engrandece: el tiempo.

La Torre Eiffel es un caso muy curioso y que debe provocar la reflexión. El 14 de febrero de 1887, más de 50 intelectuales y artistas de Francia, con Dumas y Maupassant entre otros, firmaron un manifiesto ante la aberración que les parecía erigir “la inútil y monstruosa Torre Eiffel”. En la actualidad, este alarde de ingeniería sin utilidad no es solo símbolo e identidad de París sino de toda Francia.

Probablemente, cuando llegaron los conquistadores españoles a Quito y edificaron las construcciones que componen hoy el centro histórico, los oriundos que asistieron al levantamiento de iglesias y casas debieron quedar horrorizados ante semejantes estéticas exógenas a su cultura y a su entorno.

[do action=”destacado”]El hecho es que la arquitectura contemporánea se ha constituido como una tendencia única y global, y que la identidad arquitectónica está en seria crisis.[/do]

Sin embargo, el paso del tiempo y unas adecuadas restauraciones lo han convertido en patrimonio de la UNESCO. Esto nos puede llevar a una paradójica idea de que si mantenemos la República del Salvador durante 300 años pudiera llegar a convertirse en objeto de estudio arquitectónico, e incluso sus edificios estar catalogados y protegidos. Pero no nos debemos desviar del tema ni entrar en demagogias. El hecho es que la arquitectura contemporánea se ha constituido como una tendencia única y global, y que la identidad arquitectónica está en seria crisis. La recuperación de esta no pasa por crear un nuevo estilo, con ornamentos recuperados de épocas pasadas, o con paradigmas fruto de una escuela de pensamiento.

La solución parte del compromiso individual de cada agente que participa en la materialización de edificios, ciudades, pueblos y paisajes. Debemos promover la revolución del grano de arena. Cada uno somos responsables en nuestro pequeño ámbito de influencia de repensar la arquitectura. Son nuestra sensibilidad y nuestra libertad las herramientas para recuperar una arquitectura sincera y con identidad propia.

Cerebro y corazón unidos por la fuerza creativa.

Fuente: La identidad en la arquitectura

Autor: 

Publicado por Yorokobu

Este artículo ha sido publicado en Yorokobu, revista sobre innovación, inspiración, tendencias, emprendedores, creatividad y las cosas positivas que ocurren en el mundo y nadie cuenta.

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