En la Conferencia de Munich de 1938, tratando de evitar una nueva guerra, el primer ministro británico, Arthur Neville Chamberlain, y su homólogo francés, Edouard Daladier, aprobaron la incorporación de los Sudetes (pertenecientes a Checoslovaquia) a Alemania… cuando Reino Unido y Francia quisieron darse cuenta, Hitler ya estaba a las puertas de Varsovia. Las críticas a la labor de Chamberlain y sus problemas de salud le obligaron a presentar la dimisión el 10 de mayo de 1940. Winston Churchill era nombrado Primer Ministro de un gobierno de coalición entre conservadores, liberales y laboristas.

Desde su primer discurso ante la Cámara de los Comunes dejó claro lo que les esperaba:

No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor

Churchill, con sus discursos arengando a sus compatriotas, se convirtió en la cabeza visible de la resistencia británica ante las hordas alemanas. Después de mucho sudor, demasiadas lágrimas e imágenes dantescas, los aliados lograban la victoria frente a las Potencias del Eje. En 1945, terminada la guerra, se disuelve el gobierno de coalición y se convocan elecciones. En aquel momento, el índice de popularidad de Churchill supera el 80%. Todo el mundo da por segura la victoria de los conservadores que centran toda su campaña en la figura de su líder. Pero los británicos debieron pensar que aquél que los lideró con éxito en la guerra no era el más adecuado en tiempos de paz. El laborista Clement Attlee, vicepresidente en el gobierno de coalición, ganaba las elecciones contra todo pronóstico.

A pesar de la derrota, Churchill seguía siendo un referente internacional. Asumió su papel de líder de la oposición y echó mano de su ingenio para atacar a Attle:

Un taxi vacío llegó al número 10 de Downing Street y cuando la puerta se abrió salió Attlee

Attlee, además de reconstruir la maltrecha economía, no olvidó el bienestar de los británicos y creo The National Health Servic, que cubría de forma gratuita la mayoría de las necesidades. Para ello, nacionalizó el Banco de Inglaterra y las principales industrias (carbón, electricidad, siderurgia…) cuestión que le reprochó Churchill en cierta ocasión en la que ambos coincidieron en el baño de la Cámara de los Comunes. Churchill se situó en el extremo opuesto de donde se encontraba Attlee y éste le dijo:

Hoy queremos mantener las distancias, ¿eh, Winston?

Y Churchill contestó:

Eso es. Es que sé que cada vez que ves algo grande lo quieres nacionalizar.

Publicado por Javier Sanz

Javier Sanz. Aficionado a la historia. Autor del blog Historias de la Historia. He escrito artículos para Revista Medieval y XLSemanal, colaborado en 'A vivir que son dos días' (Cadena Ser) y, actualmente, en LRV (Onda Cero), Gente Despierta (RNE), La Noche es Nuestra (EuropaFM), Diario de Teruel y el magazine para iPad "UnBreak". Ha publicado "Nunca me aprendí la lista de los reyes godos", ¡Fuego a discreción! y Caballos de Troya de la historia

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