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La ética de una América sencilla


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Carmelo Jordá

Vivo en Madrid, soy periodista y trabajo en Libertad Digital y esRadio, antes lo hice en 20minutos y en Periodista Digital, y antes hace tanto que no me acuerdo. Soy uno de esos que escribe y/o habla de cualquier cosa, así que puedes encontrar cosas mías sobre política, economía, viajes, ebooks... también hago algunas fotos.


Escrito el 31 de diciembre de 2012 a las 9:59 | Clasificado en Cine

Medio siglo después, el primer largometraje de factoría hollywoodiense que trataba el conflicto racial del sur de EEUU sigue teniendo vigencia.

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El pasado día 25 se cumplió el 50 aniversario del estreno de una de las películas más hermosas y conmovedoras de la historia: ‘Matar a un ruiseñor‘.

Basada en el best seller homónimo de Harper Lee, también una excelente novela, la película regala algunos detalles que todo buen aficionado al cine sabe apreciar, desde la hermosa historia excelentemente narrada por Robert Mulligan, a la música de Elmer Bernstein, pasando por una preciosa fotografía en blanco y negro y, sobre todo, por dos de las más impresionantes interpretaciones jamás vistas en una pantalla: la de Gregory Peck como Atticus Finch y la breve, misteriosa e impactante recreación que Robert Duvall hacía de Boo Radley.

Pero además de sus méritos cinematográficos –dejen de leer y corran a verla si no lo han hecho ya-, la película se asoma a unos valores que, más allá de su hollywoodiense y edulcorada presentación, nos hablan de lo que era, y probablemente sigue siendo, eso que despectivamente denominamos ‘América profunda’ y que prefiero llamar “América sencilla”.

La película, y la novela, cuentan la historia de un verano en la vida de unos niños, la propia autora del libro, Harper Lee, su hermano mayor y, casualmente, un pequeño Truman Capote, que fue amigo desde la infancia de Lee. En esos meses veraniegos los tres chicos verán al padre de los dos primeros actuar como abogado en un juicio contra un hombre negro (estamos en un estado del sur, en los años ’50) y conocerán a Boo Radley.

Pero la narración nos ofrece mucho más: muestra a un hombre justo que defiende una causa que puede ser impopular entre los suyos, a unos críos que descubren que ser diferente no te hace un monstruo, o enseña que la dignidad, la decencia y la honestidad no dependen de tu situación económica.

Estos mensajes se insertan en una historia que en el momento en el que se llevó a la pantalla tenía un especial impacto en la sociedad estadounidense: en los inicios de los años ’60 el movimiento por los derechos civiles vivía su momento más importante y ‘Matar a un ruiseñor’ era una de las primeras películas de Hollywood, y probablemente la primera superproducción con una gran estrella a la cabeza, que abordaba sin tapujos la cuestión del racismo y que mostraba, bien que no de forma central, las condiciones de vida y la indefensión de los negros en muchos lugares del sur de EEUU.

Con una perspectiva que quizá se olvida de lo que era la realidad americana a primeros de los sesenta, a ‘Matar a un ruiseñor’ se le ha criticado la ausencia de personajes negros con más peso y que “una película sobre la raza tuviese un héroe blanco”, pero el hecho es que, probablemente, ese hombre blanco que hace lo que debe sí era un icono con el que muchísimos americanos podían identificarse… y se identificaron.

Lo cierto es que el personaje de Atticus Finch y el propio Gregory Peck encarnándolo se han convertido en verdaderos iconos americanos, inmortalizados incluso en forma de sello: cuando el servicio postal de EEUU dedicó un homenaje al gran actor la imagen fue la del buen abogado de ‘Matar a un ruiseñor’.

El personaje tuvo un enorme impacto incluso a otros niveles: ya casi en el final de su vida Peck emprendió una gira por todo EEUU dando charlas en teatros y escuelas en las que dialogaba con el público. En muchas de estas conferencias, recogidas en el documental ‘Una conversación con Gregory Peck’, había personas del público que le decían que se habían convertido en abogados siguiendo el ejemplo de Finch.

No es extraño, por tanto, que ‘Matar a un ruiseñor’ aparezca en prácticamente todas las listas de películas sobre derechos civiles o que el propio Barack Obama le rindiera un homenaje en el pasado mes de abril: con su emocionante y hollywodiana historia es, junto al libro en el que se basa, una de las obras de ficción que más han contribuido a que esos ciudadanos de la “América sencilla” formasen una imagen de lo que podían y debían ser como abogados, como padres y, en suma, como personas.

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