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Ali y el poder de las ideas


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 23 de junio de 2013 a las 17:34 | Clasificado en Deportes

Muchos pensaban que no lo conseguiría, que el joven Cassius Clay, un charlatán boxeador de Louisville, no podría con el titánico y sanguinario Sonny Liston. Pero demostró que, más allá de los puños, del estilo o de la resistencia, estaban las ideas, las convicciones.

Muhammad Ali en uno de sus combates (Foto: benyupp | Flickr)
Muhammad Ali en uno de sus combates (Foto: benyupp | Flickr)

Sobre el cuadrilátero siempre fue único. “Todos sabían que llegaría lejos”, aseguraba el veterano doctor Ferdie Pacheco. No sólo se movía como una mariposa para acabar picando como una abeja. Antes incluso de subir a la lona ya había inoculado a sus rivales un veneno de difícil cura. Su confianza en sí mismo, su orgullo implacable, sentía que sobre el ring todo estaba bajo su control. Así era Cassius Clay, un hombre de férreas ideas que acabó por convertirse en leyenda bajo el nombre de Muhammad Ali.

Fue él quien, tras conquistar una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, supo nadar para, en mitad de la ola de racismo que inundaba Estados Unidos, convencer a un grupo de millonarios blancos de Kentucky para firmar un contrato, viajar a Miami y allí convertirse en el rey de reyes junto a su entrenador Angelo Dundee en el gimnasio de la calle 5, el ‘Fifth Street Gym’.

Una democracia entre sacos de boxeo

“Aquel lugar era una democracia en mitad de la segregación racial” que asolaba norteamérica, cuentan muchos de los testigos que vivieron el nacimiento del mito. Allí, a diferencia de lo que ocurría en restaurantes, hoteles, piscinas o autobuses públicos, poco importaba el color de la piel. Allí el respeto se ganaba sobre el ring, con los puños. “Para entrenar allí necesitabas tener talento, ambición y ganas de ser alguien”, aseguraba su mítico entrenador.

En la ciudad de Miami, Cassius se trasladó al centro neurálgico de la comunidad negra: Overtown. Comenzó a conquistar a los que, como él, se sentían desplazados de una sociedad que les marginaba sin razón alguna. No obstante, en la década de los ’60 la situación comenzaba a cambiar. El caso de Rosa Parks, que se negó a cederle su asiento en el autobús a un blanco en Alabama en 1955 despertó las conciencias de muchos y dio vida a un movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos que fue cobrando fuerza.

Al año siguiente, la Corte Suprema estadounidense declaró ilegal la segregación racial en todos los lugares públicos y en Nueva Orleans se puso punto y final a la distinción por el color de la piel en las escuelas públicas. Enormes avances sociales que encontraban su contrapartida en las acciones del movimiento de extrema derecha Ku Klux Klan que, aunque con menos apoyo social ya que había perdido gran parte de su miembros, actuaba con más violencia que en las décadas pasadas.

El 15 de septiembre de 1963, un ataque sobre la Iglesia Baptista de la calle 16 de Birmingham, Alabama, acabó con la vida de cuatro chicas negras. Así fue como la facción más radical del Ku Klux Klan mermó la resistencia de una ciudad a la que el propio Luther King había denominado como el “símbolo más duro de la resistencia por la integración”.

Esta acción criminal llegó días más tarde de la multitudinaria marcha del 28 de agosto de 1963 en Washington D.C., encabezada por Martin Luther King, donde el pastor de la iglesia baptista que lideró el movimiento en defensa de los afroamericanos en Estados Unidos pronunció su famoso discurso “I have a dream”. “Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial”, aseguraba a los que se congregaron en la capital en pos de una sociedad más justa.

De Cassius a Muhammad Ali

Ninguno de los allegados a Cassius Clay desveló si el púgil había o no escuchado el discurso de Luther King. Es más, hubo quien se atrevió a decir que lo que Muhammad Ali hizo más allá del cuadrilátero, sus provocaciones en el ámbito político y religioso, fueron solamente fruto de sus convicciones. Al parecer, no era consciente de todo lo que era capaz de provocar con cada uno de sus desafíos al poder establecido. De hecho, por aquel entonces, su leyenda aún estaba por escribir.

Al margen de su camaradería con la prensa, durante los meses previos al combate que le enfrentaría a Sonny Liston por el título mundial de los pesos pesados, el joven púgil de Louisville protagonizó una serie de acontecimientos que podrían haber dado al traste con su carrera. Aunque seguía alimentando a la prensa con historias inventadas y rimas sobre ‘la belleza’ de sus rivales, Cassius comenzó a aparecer en sociedad con Malcolm X.

Esta relación desembocó en la conversión del boxeador al Islam. Cassius Clay cambió su nombre por el de Muhammad Ali cuando se adhirió a la Nación del Islam, una organización religiosa y cultural defensora de los principios islámicos para así favorecer la independencia de los afroamericanos de Norteamérica. Pero este nuevo escenario no agradaba a los promotores de la pelea con Liston que sintieron la tentación de cancelar la velada.

La esperanza renació en el ring

La minoría negra ya había dado un golpe sobre la mesa. Ya había demostrado a toda la nación que no estaba dispuesta a soportar durante mucho más tiempo esa situación de injusticia motivada por el color de la piel. Sin embargo, Muhammad Ali todavía no había demostrado nada sobre el ring. Si bien es cierto que había mandado a la lona a varios de sus contrincantes, todavía no se había enfrentado a un reto al que debería medirse alguien llamado a marcar un antes y un después en la historia del boxeo.

Y cuando ese instante estaba a la vuelta de la esquina, sus convicciones políticas y religiosas casi lo tiran por la borda. Pero finalmente se mediría al todopoderoso Sonny Liston, un expresidiario sin escrúpulos que llegaba a la cita con el título mundial de los pesos pesados bajo el brazo después de haber vencido en 35 combates, 24 de ellos por KO. Nadie creía capaz a Ali de vencer al ‘Gran Oso’. Pero no solo eso, sino que eran muchos los aficionados que temían que ese fuese el final de Ali.

Pero él sabía perfectamente lo que hacía. En las semanas previas había acosado literalmente a su rival hasta el punto de que muchos le acusaron de padecer cierto trastorno mental y los médicos corroboraron que estaba en su sano juicio. Muhammad Alí había creado un personaje de sí mismo para asustar a Sonny Liston y, al parecer, la estrategia había dado sus frutos. Eso unido a la velocidad que demostró durante todo el combate y a la certeza de sus golpes hicieron el resto.

Ni siquiera las artimañas del ‘Gran Oso’ surtieron efecto. Y es que Liston retornó al ring en el cuarto asalto con el cloruro cérrico que en su esquina le habían aplicado sobre los cortes que tenía en la cara. Con esa sustancia trató de alcanzar los ojos de su adversario para así provocarle una irritación tal que no pudiese ver. Pero Ali, completamente cegado y gracias al aliento de su entrenador, regresó al cuadrilátero en el quinto round donde peleó sin ver absolutamente nada. Así fue como acabó por minar completamente la moral de su rival que tuvo que abandonar el combate en el séptimo asalto.

Cuando todos pensaban que no tenía ninguna posibilidad, Muhammad Ali demostró que todo era posible. Como más tarde diría su entrenador, Angelo Dundee, “El boxeo era un imán para las emociones y la identidad racial. La gente pensaba ‘este es uno de los nuestros’ y se identificaba con los boxeadores”. Casi sin quererlo, el joven púgil de Louisville alentó a toda la minoría negra para acabar con la segregación racial.

Los votantes dicen...
  1. JorgeCabal dice:

    Gran ensayo acerca de mi ídolo personal y fuente de inspiración para millones en el mundo.

  2. […] Sobre el cuadrilátero siempre fue único. “Todos sabían que llegaría lejos”, aseguraba el veterano doctor Ferdie Pacheco. No sólo se movía como una mariposa para acabar picando como una abeja. Antes incluso de subir a la lona ya había inoculado a sus rivales un veneno de difícil cura. Su confianza en sí mismo, su orgullo implacable, sentía que sobre el ring todo estaba bajo su control. Así era Cassius Clay, un hombre de férreas ideas que acabó por convertirse en leyenda bajo el nombre de Muhammad Ali. Seguir leyendo. […]

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